Retos en la pandemia: La brecha social

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La COVID-19 ha amenazado eso que llamamos normalidad desde todo flanco concebible, y uno de los muchos efectos secundarios es el darnos cuenta de que “normal” no es sino una construcción social y cultural. El estado de bienestar alcanzado por algunas sociedades contemporáneas de occidente, y que ha servido como modelo a seguir para muchos países alrededor del mundo, ha visto develada una de sus no tan amables caras, una que cuestiona casualmente ese bienestar al probar que solo es provisional.
En un artículo en “The Economist” de hace una semana, se lee que esta pandemia está echando al traste logros respecto a la disminución de la pobreza en el mundo. El número de pobres a nivel global había estado disminuyendo de manera estable en las últimas tres décadas, pero la COVID-19 ha hecho que esa tendencia se revierta y ahora esté en un rápido ascenso. Esto genera preocupación respecto a si de hecho podrán recuperarse los avances en este particular, dada la incertidumbre en la que nos encontramos frente a esta pandemia y los cambios permanentes en la normalidad contemporánea que pueda traer como consecuencia.
Emprendedores, trabajadores de la industria de la hospitalidad, de la construcción, y de tantas otras cuyos ingresos dependen de que la gente esté en la calle, consumiendo productos, solicitando servicios, de que todos puedan circular libremente. De hecho, un informe del Banco Mundial de abril pasado calcula la caída de un 20% en las remesas a nivel mundial para este año, respecto al año pasado, como consecuencia de la crisis económica provocada por la pandemia. Resultado del cierre (preventivo) de millones de negocios, del confinamiento de millones de personas que no pueden trabajar, producir para sí mismos, mucho menos para enviar ayuda económica a sus familiares en los países de origen.
Este es un ítem que hasta hace menos de una década no era de mucha importancia para la mayoría de los venezolanos, pero que hoy enciende las alarmas de millones de hogares en el país. El alud de migrantes venezolanos esparcido por el mundo se ve, como todo el mundo, en la difícil situación de no producir en la medida en que lo hacía, dada la afectación en la actividad económica del país en el que se encuentren. La parada ha sido global.
Aun cuando no sea garantía al 100%, en los países con sistemas económicos más robustos, donde la economía formal representa la fortaleza de ese sistema, existen mejores opciones para afrontar los efectos del confinamiento y parada de la economía. En nuestro país, uno de ingresos bajos, la brecha entre los que tienen opciones para sobrellevar la situación de crisis, satisfaciendo más que las necesidades básicas, y los que no tienen ni siquiera para estas ya era grande antes de la pandemia. El envío de remesas por parte de los migrados a sus familiares en casa representa un ingreso que permite a estas familias sostenerse y cubrir sus gastos (de alimentación mayormente) en el día a día.
La crisis económica inducida por la pandemia representa una doble crisis para el venezolano. Por una parte, sus familiares migrados están más propensos a perder sus puestos de trabajo, ven sus posibilidades laborales reducidas, lo que les pone en situación de vulnerabilidad en un contexto social y cultural ajeno que incluso puede llegar a ser hostil. Por la otra, dejan de percibir la ayuda que les permitía aguantar la situación crítica en el país. Así, la brecha social se profundiza para venezolanos dentro y fuera del país.
Una consecuencia casi inmediata ha sido el retorno de migrados debido a la situación económica en los países vecinos. Su partida y su trabajo ayudaban a la economía familiar y de allí a economías locales a lo largo y ancho de Venezuela. Sin embargo, regresan a un país que ya estaba en crisis antes de la COVID-19, donde la brecha social ya era grande. Ahora, cuando hasta la “normalidad” cambia, es válido preguntar cuán más profunda se hará esa brecha social. Más importante aún, preguntarnos respecto a la manera en la que haremos los venezolanos para sortear la crisis, para reducir la brecha, sin depender de ese paternalismo congénito en el que se naturaliza el subsidio de bienes de consumo diario o incluso hasta hacer una petición para que nos “den” acceso libre a señal de TV satelital y se pierde la perspectiva respecto a formas creativas y funcionales de repensar las crisis y nuestro contexto. Hay un gran reto allí. @medina_anderzon

Anderzon Medina Roa