Celulares y odio: ¿Enemigos del afecto?

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Diversos prestidigitadores actuales, en sus múltiples variedades y recurriendo a sus innegables seguidores, coinciden en que el Siglo XXI es como una astilla clavada entre dos engranajes -¿o rolineras del tiempo?- que no son otros que el pasado y el futuro. ¿Como durante el Renacimiento?. No. Como el Siglo XXI. Y pudieran estar en lo cierto.

La velocidad con la que avanzan la ciencia y la tecnología, es abismal, impactante, avasallante, arrolladora. Es una alianza que, día a día, engendra innovaciones, amamanta la cibernética y hace posible su vigencia sostenida en lo que es y representa para la humanidad: "la ciencia que estudia los sistemas de regulación automática y compilación de data de los seres vivos, y los aplica a sistemas electrónicos y mecánicos que se parecen a ellos. Pero que, a la vez, permite el acceso en forma inmediata a cualquier tipo de información actualizada a nivel mundial en todos los campos del saber". En otras palabras, pone en mano del hombre la llave del conocimiento infinito.

Hoy ya no hay fronteras. Las noticias y el acontecer humano son preocupación de todos los que se posan sobre la Tierra. Minuto a minuto, o lo que llaman hoy, "en tiempo real", la información llega, se hace presente en el conocimiento humano, sin dilación, en el momento cuando se espera por su presencia.

Sin duda alguna, las fronteras hoy son sólo barreras imaginarias que dividen a los humanos y a los países, pero ¿por cuánto tiempo más?. ¿ Quién se atreve a ocuparse del futuro y a ignorar que, ante la fluidez y la velocidad de la comunicación, desaparecerá la distancia del conocimiento, porque será inevitable la interdependencia humana?. Hacia allí se avanza.

En el campo científico y tecnológico, gracias a la velocidad del procesamiento y transmisión cibernética de la información, ha sido posible que los procesos de investigación y difusión que hace 50 años tardaban años para concluir o ser trasmitidos, hoy se manifiestan en minutos o segundos. La conclusión es la presencia de un desarrollo científico y tecnológico fuera del alcance de cualquier imaginación.

La capacidad de almacenamientos de data en los equipos personales de computación es enorme. También lo es la posibilidad de navegar: permite acceder a todo tipo de fuente de información, como a disponer de contactos directos con la fuente.

Entre las demás bondades de ese impactante desarrollo, de igual manera, hay que citar en su innegable revolución tecnológica comunicacional, la maravilla de los teléfonos celulares. Sí, de los mismos equipos que ya no son sólo aparatos telefónicos. Porque pasaron a ser indispensables herramientas de trabajo, aptos para el almacenamiento de data, de variados controles y ubicación; de ayuda memoria y muchas otras funciones. Tales aparatos, entonces, cargados de propiedades tecnológicas y comunicacionales, se han convertido en compañeros insustituibles para el día a día del ser humano.

El propósito de toda esta revolución tecnológica, se deduce, es que sea para beneficio del humano; en ningún caso, para perjudicarlo en el más eficiente proceso de interrelación social. Lamentablemente, no hay bien que su mal no traiga.

De hecho, en el devenir de los años hay dos situaciones que parecieran no tener relación entre sí. Pero ambas, sin duda alguna, causan estragos en la socialización familiar y humana en general. Porque no hay hecho más dañino para esa necesaria interrelación entre los seres queridos que los celulares y el odio.

En el caso del odio, por ejemplo, evaluado y tratado sólo desde una visión humana, hace posible y factible una realidad en la que no se perdona familia, amor o amistad. Ciertamente, no tiene relación con la tecnología. Pero sí, sin embargo, con el daño disociador que, en forma similar, puede causar el vicioso y desmedido uso de los aparatos celulares.

En el hogar, el celular no es un visitante; es un residente permanente, de compañía sometedora a la ignorancia en forma irrespetuosa de los seres queridos. Si bien es cierto que ese equipo se trata de un instrumento ganador por sus aportes a la convivencia colectiva y al aprovechamiento de su utilidad, no menos verdadero es el daño que estácausando en la relación familiar, como entre los amigos. Es terrible. El uso desmedido de estos aparatos, descuidando descortésmente a la gente en el entorno, obliga al distanciamiento. Lo impone.

Familiares y amistades ya no se hablan; no se relacionan. Las partes dependen del envío de mensajes de texto. Y aun cuando hasta luce común que sí se produzcan reuniones, acercamientos físicos para el disfrute de una comida, por ejemplo, no obstante, lo que antes era un encuentro familiar cuasi sagrado, ya no cuenta. La compañía se proyecta en un acercamiento que no lo es, porque lo que priva es el silencio y la manipulación continua de un aparato que lo absorbe todo. El Rey Celular lo dice y determina todo. Los integrantes de la familia, sencillamente, dependen de la obligatoria concentración en la manipulación de un instrumento que vierte, recibe, absorbe e impone la importancia -o no- de un mensaje.

En fin, la convivencia es con un celular; con la determinación rectora que proviene de un chat portador de un mensaje de texto, cuyo peso e importancia y utilidad será de mayor o menor importancia, si su presencia se hizo posible por Instagran, WhatsApp, Facebook, etc. La relación familiar o entre amigos, definitivamente, ya no es la misma. Se ha perdido el contacto. Se esfumó el calor humano. También la relación íntima entre los seres queridos. Ha nacido un nuevo comportamiento: el de los humanos que adoran y miran el piso. El de una especie humana que ignora y desecha poco a poco el vínculo de hablarse apelando también al uso de los ojos, porque éstos, definitivamente, prefieren ocuparse en la “captura” del día; de la tendencia del mensaje que nació con un propósito, y que fue digerido con un aderezo propio de quien prefiere su interpretación subjetiva, indistintamente de que sea una falsedad.

Como consecuencia, y conscientes de este virus tecnológico que causa aislamiento y distanciamiento, ha comenzado a tomar fuerza en distintas partes del mundo el surgimiento de un antivirus. Es el de los círculos sociales que denominan "celular free societies". Que no son otras que sociedades libres de celulares. De la que constituyen individualidades que se niegan a usar celulares cuando no es imprescindible, para no perder el cariño, el contacto directo y personal. ¿El lema?: “Cuando estés reunido, habla, ríete, comunícate y no permitas que tu celular se interponga”.

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Así como es importante erradicar el odio de la vida humana, el sentimiento más perverso del ser humano, asimismo, hay que ser cuidados para, sin restarle importancia y utilidad al uso de un celular, permitir que los avances tecnológicos impongan su voluntad y aíslen a sus usuarios.

En Venezuela, mientras los niños cubrían sus primeros años de estudio, alguna vez también era obligatorio aprender de un pequeño libro cuyo título lo decía todo: "El Manual de Carreño". Allí se describían normas de comportamiento, reglas de etiqueta, de comportamiento racional y propio de una persona debidamente formada, procedimientos para una buena educación y convivencia social. Si se quiere, era el elemento complementario de una cátedra que se identificada como Formación Social Moral y Cívica. Fue en la ocasión cuando Venezuela se convirtió en el sitio de nacimiento de un nuevo ciudadano. Hoy, como parte del recuerdo, todo ha sido absorbido, desvirtuado, deformado y hasta aniquilado por los alcances de una norma que nació bajo el amparo y las sombras del populismo: la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y los Adolescentes (Lopna).

Cuando Venezuela deje de ser lo que es, sin duda alguna, será valioso todo esfuerzo que se dirija para rescatar la formación del nuevo ciudadano para un nuevo país. Familia y colegio, mediatizados y sometidos por el uso desenfrenado de instrumentos para el aprovechamiento desvirtuado de la información, tendrán que convertirse nuevamente en aliados en favor de la verdadera educación que deberá impartirse. Entonces, quizás pudiera nacer otra manera de impedir –y de evitar- que el odio y los celulares terminen anulando la siempre útil vigencia del núcleo familiar.
Egildo Luján Nava
Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)