El canal humanitario y la reconciliación tienen que darse ya

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Venezuela entra hoy en una nueva etapa de su devenir histórico. Es el efecto de un hecho electoral sobrecargado de un sinfín de extraños detalles; también de particularidades absolutamente ajenas a lo que se debería estar convirtiendo en nuevas luces para unos treinta millones de ciudadanos.

Dichas luces no podrían ser otras que el de una respuesta esperanzadora, capaz de motivar la puesta en escena de todas las actitudes y disposición de su población, para revertir la situación de crisis humanitaria que vive y la sufren sus habitantes.

En Latinoamérica, salvo por razones de tragedias naturales, nunca antes uno de sus países, sin haber tenido que vivir los rigores de una guerra, había coronado tal situación de sufrimiento general, y de un injustificado empobrecimiento.

Venezuela es ese país. Hoy forzosamente obligado a depender de un canal humanitario que permita alimentarse y nutrirse a millones de sus habitantes; a su ciudadanía. Hoy comprometido a dar pasos en serio para que la reconciliación poblacional deje de ser un elemento de distracción, y se convierta en un propósito de todos los que tienen su fórmula “para salir del paquete en que estamos metidos”.

Venezuela, entonces, es una muestra de lo que, en menos de dos décadas, dejó de ser la nación de mayor esplendor y posibilidades en la región, para convertirse en un sitio que ahora deposita en sus futuras generaciones la alternativa del aprovechamiento real de sus actuales esperanzas. Porque hoy duda de la voluntad de su liderazgo y de su dirigencia para, antes que confrontar, demostrar que hay disposición a construir entendimiento ciudadano, resembrar la esperanza y comenzar a reconstruir la confianza.

Inclusive, a la vez que acusa y señala despectivamente a la inmigración valiosa que, con esfuerzo y sacrificio, ayudó a echar las bases para construir una parte importante de lo fabulosa que fue la Nación hasta hace poco, siente con pena que una parte de su población haya tenido que salir en huida para escapar del hambre y de la violencia que se ha desatado contra la libertad, la propiedad y el derecho a la vida, entre otros.

Los hijos y nietos que se han marchado, llevando en sus venas sangre y origen venezolano, entonces, no pueden ser señalados ni acusados. Por el contrario, se les debe admirar y respetar en su decisión al recurrir al coraje de atreverse a dar un paso existencial, no renegando de su país. Sí de quienes olvidaron la obligación generacional de impedir que sucediera lo que sucedió; de convertir la obligación de llevar a Venezuela a ser mucho más que petróleo. Mejor dicho, un ejemplo de esfuerzos gerencialmente bien concebidos, audazmente convertidos en resultados de alcance competitivo, dentro y fuera del territorio nacional.

0fende e indigna que aquellos que hoy presumen de ser los timoneles de este golpeado país, se expresen despectivamente de los que se han marchado de la tierra que los vio nacer. Que casi celebren su ausencia, a sabiendas de que una mayoritaria parte de ellos, se trata de millones de jóvenes, de compatriotas académicamente bien preparados, que en cualquier país del mundo, estarían siendo protegidos por constituir reserva emergente en condiciones adecuadas y apropiadas para superar las dificultades del presente, conquistar las alternativas del futuro.

El nuevo ciclo histórico que se abre con un capítulo electoral -y sin entrar a considerar su legitimidad o no- no mejorará la situación que agobia a pobres y ricos, por igual. Por el contrario, pudiera convertirse en un activador continuo del agravamiento de los problemas.

En lo político, el panorama es tétrico. Y todo está asociado a la predominante desconfianza que se ha cultivado en el ánimo participativo del ciudadano en los procesos electorales. Porque los responsables de las tendencias ideológicas, antes que activar el interés por actuar y sumar interés en masificar la incorporación del antiguo y nuevo votante, sencillamente, procuran es la conversión del ciudadano en un difusor de opiniones en contra de lo que él considera que es un acto cargado de suspicacias y de dudas.

La situación económica del país no se puede calificar de otra forma, sino como la de una nación quebrada, arruinada y desabastecida. Además, obligada a tener que convivir con una serie de sanciones económicas internacionales, además de una serie de amenaza de embargos, amén de potenciales decisiones dirigidas a bloquear sus fronteras. También de no estar en condiciones de recuperar su producción interna de bienes y servicios, hoy parcialmente destruidos y en terapia intensiva.

Pretender que un pequeño país que cohabita en el concierto internacional, pueda hacerle frente por sí solo a amenazas internacionales y nacionales, es absurdo. Adicionalmente, para empeorar el panorama, sirve de escenario de una serie de sistemáticas protestas sociales por la inocultable mala calidad de los servicios públicos. Y porque enfermarse o verse cualquier ciudadano obligado a acudir a un centro público de salud, equivale a correr el posible riesgo de fallecer.

Es imposible no recapacitar y concluir en que la salida de esta difícil situación, está en el entendimiento entre los propios venezolanos. La sociedad está saturada, desesperada y no cree en nadie. Los denominados oficialistas y los que se autocalifican opositores, existen y no pueden desconocerse entre sí. Por otra parte, los que estén esperando ayuda externa o interna de última hora, sólo tienen que recordar que en los entierros, las familias y amigos acompañan al muerto hasta el cementerio, pero ninguno se entierra con él. Y esa máxima popular es tan válida para el ciudadano civil, como para quien exhibe un uniforme institucional desde el seno del Estado.

No hay que desconocer las ventajas que ofrece entender y organizarse mental y físicamente, para capitalizar las opciones del futuro. Ya lo que pasó, pasó. Y Venezuela está hoy deambulando en el centro de una tormenta perfecta de grado máximo de peligrosidad. Es decir, al barco y a todos sus tripulantes hay que salvarlos. Al Capitán del barco, se le perdió el dominio del timón, además de no percatarse que la unidad que conduce se quedó sin combustible. También que a la vez que la tripulación pudiera haber quedado ciega y sorda, los pasajeros se contagiaron con una virosis de locura colectiva.

Hay que hacerle frente a esta realidad que se insiste en subestimar y minimizar. Corresponde aceptar que la Patria y la familia, máximos valores de todo ciudadano, se están perdiendo. Pero, además, que los que se ocupan de sacarle provecho al tenebroso ruido de los tambores de la guerra, trabajan a diario para que las diferencias sigan profundizándose, y que las grietas que hoy abundan entre los nombres y apellidos de los venezolanos, se sigan incrementando

La solución está en manos de todos los venezolanos, Siguen siendo llamados a pensar y actuar obedeciendo a lo que sustenta su apego y amor por el país, en razón del cual se dice que se actúa.

Los resultados electorales y las pretensiones de obtener cargos públicos únicamente por poder, en este momento sólo lograrán ampliar el distanciamiento existente. Hay que recapitular, descartar proyectos personalistas, y asumir, con humildad y sindéresis necesarias, que la aún vigente Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, señala el camino apropiado y adecuado para alcanzar soluciones en paz, tratando de apartar los rencores y odios que tanto daño han hecho.

Precisamente, con base en esas alternativas, es que la Organización No Gubernamental Asamblea Nacional Constituyente Originaria (ANCO), ha venido proponiendo su tesis alternativa a las múltiples ya expuestas y que han demostrado su infuncionalidad, ante la situación general que se ha planteado en los últimos años.

Para ANCO, es el pueblo, son los ciudadanos quienes tienen que trazar el camino de todos, realizando y asistiendo a una gran consulta nacional entre los integrantes de la sociedad. Se trata del soberano que ejerce su soberanía y define el camino para solucionar la actual crisis nacional.

Es, en fin, el componente social facultado por su derecho que luego convoca a una "legítima" y popular Asamblea Nacional Constituyente, integrada por ciudadanos electos popularmente de todo el país, sin ventajismo, ni parcialidades. Y que luego serán precisamente los llamados a reformar íntegramente la Constitución, con objetivos que se traduzcan en un avance, y no en otra variable de los retrocesos actuales.

A ellos, desde luego, les corresponderá garantizar la descentralización del país, la doble vuelta electoral, la independencia de los poderes públicos y el Banco Central de Venezuela. Asimismo, priorizar la educación y la salud, el respeto a la propiedad privada, la eliminación del gobierno empresario, el respeto y protección a la libre empresa, entre otra importante cantidad de reformas.

Propuestos los cambios y la necesaria evolución convertida en objetivo de la legitimidad institucional, vendría el sometimiento a la aprobación del soberano en nueva consulta. Y, finalmente, convocar a unas elecciones nacionales con la concurrencia de todos los partidos políticos a nivel nacional, y con la esperanza de que dichas organizaciones y sus dirigencias hayan entendido que su función principal es la de servirle al soberano, y no servirse del ejercicio de la responsabilidad asignada. Además, postular a sus candidatos para que ejecuten sus funciones correspondientes, en cada uno de los cargos a ocupar.
Egildo Luján Nava

Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)
Egildo Luján Nava