El Inevitable Recuerdo de Pinochet 1973-1990

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Hay quienes afirman que si las lecturas de la historia universal no giraran alrededor de un conflicto, sería dedicar tiempo a algo aburrido. Es decir, hay “buena” historia porque nunca ha dejado de haber conflictos en alguna parte del globo terráqueo. Bien sea por razones religiosas, por disputas en torno al ejercicio y control poder, ideológicas y/o territoriales.

Además, las historias se hacen mucho más atractivas cuando en cada conflicto, independientemente del motivo o de su magnitud, del o los pueblos involucrados, siempre tuvieron un norte definido u objetivo en su -o sus- razones por la disputa.

En el caso de lo que está sucediendo en Venezuela, se proyecta con un componente inexplicable: se ha convertido en un tema de carácter mundial. Pero, además, ha involucrado a la casi totalidad de las principales potencias, sin que se pueda poder definir una sola explicación coherente o lógica de las verdaderas razones que provocan el conflicto.

Como tales, podrían señalarse intereses geopolíticos, recursos naturales de mucho valor y cuantía, corrupción, ansias de poder o una mezcla de todas esas razones.

Internamente, la pugna está claramente definida entre dos bloques. Uno lo representa una parte que lo llaman gobierno o régimen, y que se ha mantenido en el poder durante 20 años, con muchos cuestionamientos de legitimidad y hasta de integridad. El mismo, en sus inicios, y en los primeros diez años en el poder, gozó de gran popularidad y respaldo. En parte, lo logró repartiendo dádivas alegremente, si bien fue perdiendo ese apoyo paralelamente al deterioro económico y al ingreso de divisas hasta el día de hoy.

Actualmente, su popularidad se manifiesta porcentualmente alrededor un 10%, según encuestas nacionales. Y, sin duda alguna, es un efecto de haber transformado a un país rico y lleno de recursos, en el último eslabón de pobreza del continente americano.

Por el otro lado, están los que denominan opositores, integrado por una multiplicidad de partidos políticos, grupos u organizaciones civiles, todos con intereses y objetivos diversos. Pero que han mantenido una lucha permanente contra el régimen, sin haber logrado presentarles a los ciudadanos un proyecto de país único, coherente, razonable y realizable, para lograr una unidad.

Eso ha sucedido pese a contar durante el último quinquenio con el respaldo de una mayoría abrumadora. Sólo que, entre ellos, han prevalecido los individualismos e intereses personales y las distintas organizaciones en lugar de mantenerse unidas con un proyecto común. Lo apreciación ajena es que no han querido entender que en la unión está la fuerza y que el único interés deben ser: los ciudadanos y la recuperación del país.

Ciertamente, a partir del 2019 el panorama ha cambiado: el pueblo soberano, independientemente de los partidos políticos, se ha manifestado abiertamente en desacuerdo con el actual régimen. Y el motivo ha sido el surgimiento del seno del Parlamento, o Asamblea Nacional, de un novel líder, fresco, joven y sin rabo de paja. Que si bien es cierto que pertenece a un partido político, es visto y percibido como un dirigente que goza de respaldo internacional, y es reconocido como legítimo Presidente interino de Venezuela.

Dicho reconocimiento, formulado públicamente por 56 naciones del mundo, la Organización de Estados Americanos, la Unión Europea, ha alcanzado una importante manifestación de apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo, a la vez que se cree que pudiera suceder otro tanto con el Fondo Monetario Internacional y el propio Banco Mundial.

A nivel nacional, dicho dirigente ha hecho posible la generación de una respuesta solidaria de parte de la sociedad civil, además de que ha sabido mantener el respaldo de todos los partidos, sin preponderancia de ninguno.

Es decir, con innegable acierto, ha logrado unir a ese 90% opositor, sin que se le vea como un Mesías, aunque sí como un faro guía, que ha sabido transmitir que su único propósito es recuperar al país de la terrible situación por la que está atravesando actualmente.

Mientras tanto, no deja de desconcertar el hecho de que el régimen cuente con el apoyo de las Fuerzas Armadas y los organismos de reprensión. Eso no sucede con las simpatías de la sociedad civil, que permanece en constante protesta, sumida en toda clase de penurias, sufriendo hambre y carencias.

Se trata de una situación que alerta al resto del mundo, y provoca la aparición de reflexiones entre las que figuran aquellas que prevén un posible desenlace cruento, incluyendo la posibilidad de desatar un enfrentamiento que obligue a fuerzas internacionales a intervenir. Lamentablemente, la conciencia ciudadana y humana de las partes no llega a ningún arreglo por el bien del país.

Es evidente que el pueblo soberano, en su gran mayoría, no quiere al actual régimen y reclama un cambio de rumbo. Pero para que el régimen concluya su mandato, habría que permitirles alguna salida,. Sin embargo, los radicales de ambas partes sólo quieren sangre o cárcel.

Es oportuno hacer referencia a un caso similar ocurrido en Chile. Eso concluyó con el reemplazo y muerte del Presidente Salvador Allende. Parte de la historia de dicho evento, por cierto, incluye la especie de que él puso fin a su vida el 11 de septiembre de 1973, al fracasar en su intento por implantar un gobierno comunista bajo la influencia del presidente cubano difunto Fidel Castro.

¿Sucedió así, realmente.?. Abundan las incógnitas al respecto. Una de ellas, incluso, contempla un argumento que demanda mucho debate. Y tiene que ver con la causa de su muerte: ¿fue suicidio o fue asesinado?.

Lo que nunca fue una incógnita ni un motivo de dudas, es que, seguidamente, ausente Allende, quien asume el mando es el General Augusto Pinochet. El implantó un régimen militar de ultra derecha durante el periodo 1973-1990, en el cual hubo violaciones de derechos humanos, odio, resentimientos y situaciones horribles. Pero, finalmente, llegaron a un arreglo pro-país.

Sin duda alguna, hubo que llegar a acuerdos con un pañuelo en la nariz y dejaron al General Pinochet como Ministro de la Defensa. Luego de unas elecciones presidenciales, hubo una transición a la Democracia. La encabezó el presidente electo Patricio Aylwin. Eso sucedió el 11 de marzo de 1990, poniéndole fin a una terrible y sangrienta dictadura. Pero los que construyeron el acuerdo, salvaron al país. Y hoy, en 2019, Chile es el país latinoamericano que se acerca al grupo de países del primer mundo con mayores posibilidades de pasar a formar parte del mismo. Además, se le identifica como el más próspero socialmente, democrático y estable de América Latina.
Egildo Luján Nava