El inexplicable amor por el pueblo

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Cuando la socialdemocracia encontró asiento en Venezuela y terminó convirtiéndose en una organización partidista de renombre y arranque en su vigor para captar seguidores, lo que jamás imaginó el resto de los mortales criollos que no se sentían comprometidos con el culto individual a dicho pensamiento, es que tal grupo terminaría fracturándose. Pero, además, que dicha expresión social cargada de una innegable ideología novedosa e impactante, no funcionaría ante las exigencias particulares de su dirigencia.

Y todo porque se trataba de una manifestación adosada a la creencia de que no era posible que ella, a pesar de su volumen de alto y amplio alcance social, resultaría capaz y suficiente de darle respuesta real a sus objetivos. Esto no era otra cosa que su conversión cuasimágica para, a partir de su pensamiento y visión de la pobreza, hacer del pueblo un modelo de transformación, de cambio, de evolución, progreso y bienestar, pero sin dejar de ser pueblo. Porque, según sus promotores, cuando el pueblo deja de serlo, entonces, adquiere la connotación de ser cultor del bienestar, de la riqueza, de la renta y de la propiedad. En fin, un servidor incondicional del capital, de la propiedad, de la plusvalía, del rentismo y de la alienación, entre otros desvíos o desvaríos, equivalente en su conjunto al gran responsable de las miserias: el capitalismo.

Bastó que después, entre petróleo, derivados del crudo y libertad para el derroche, se hicieran presentes en Venezuela los vencedores de Fulgencio Batista. Y, entonces, es cuando el pueblo se manifiesta como ídolo motivador de un entusiasmo febril capaz de hacer posible una multiplicidad de variables sociales, incluyendo la incorporación de la subversión para dinamizar y diversificar la conquista del bienestar popular.

Tan innovador lució el planteamiento que, de repente, ya no fue sólo el culto al pueblo lo que motivó a una población juvenil entusiasmada con la idea de imponer una revolución, sino que, además, se concibió la convicción de que a partir de una viable posibilidad vencedora, nada impediría que semejante logro se consolidara en el continente, apuntalada por las bondades del populismo que comercializarían hábilmente Víctor Raúl Haya de La Torre y Juan Domingo Perón.

Pero lo que fue entusiasmo y sueños, respuesta idílica para sacar al pueblo del foso, no pasó de ser una razón para que el mundo pudiera entender a qué se debió que, en su momento, también había sucedido la también fractura del Bolcheviquismo en Rusia, el fracaso del comunismo en la región y el fortalecimiento de las causas del hambre, de la destrucción de la producción y de la productividad, de las motivaciones de la población convertida en verdadera miseria humana al servicio del fanatismo ideológico.

Es decir, en un pueblo que no pudo salir de la condición y razón que se justificaron para conquistar el poder en nombre suyo, pero que sólo sirvió para que sus supuestos líderes se hicieran del dominio del poder político, y del alma y los sueños de una población que terminó convirtiéndose en carne de cañón.

Cualquier argumento que se usó a partir de allí, aderezado por la utilidad del pragmatismo político válido para dos guerras mundiales, desde luego, siempre tuvo al llamado pueblo y su rol de propósito evolutivo en plan de producto promotor ideal para la exportación. Sin embargo, nunca pudo operar como bien exportable y victorioso. ¿Y por qué?: Sencillamente, porque nunca funcionó para que el pueblo, causa de la promoción y de la motivación del alma del llamado comunismo, dejara de ser pueblo, pasara a ser ciudadanía activa y comprometida con el sano y eficiente uso de la libertad.

Obviamente, lo que no muy lejos no alcanzó siquiera a no necesitar de los humanos para hacer ganador el modelo socialdemócrata, terminó convirtiéndose en un fraude político. También en una mentira histórica y una referencia permanente de que todo aquello que se inspira y se trata de distribuir bajo el esquema de que es así como el pueblo sólo puede evolucionar, es decir, bajo la égida del comunismo, no pasa de ser una burda falsa.

Y si es eso lo que ha sucedido cada vez que se ha apelado al pueblo para hablar de revolución, de progresismo, de victoria social, ¿por qué sorprende que, en pleno Siglo XXI y en un país petrolero llamado Venezuela, la pasantía social por el comunismo habría de terminar en resultados diferentes, incluyendo una transformación humana y ciudadana?. Imposible.

El país hoy, sencillamente, es una innegable expresión de la aventura política que comenzó con un mensaje de presunta verdadera voluntad transformadora de la condición de vida de un pueblo de innegables posibilidades económicas. Pero que luego no pasó de ser una variable caricaturesca del uso mal dirigido e improvisado de más de 30 millones de personas en plan de conejillo de indias, en la conformación de un proceso experimental financiado por las ventajas de la riqueza petrolera, para concluir con más hambre, más miseria, menos posibilidades de vida, agobiado y condenado a cargar, entre sombras y rabiosamente , la convicción de que el país está hoy pagando -y muy alto- el precio de una aventura política, cuya pasantía histórica se proyecta como una verdadera tragedia.

Tal tragedia, no obstante, mientras que desde las trincheras gubernamentales se le presenta como el efecto de un legado presuntamente innovador, transformador a plenitud, y como referencia de lo que es supuestamente un ejemplo de avance político en esta parte del Continente, allá, en el alma del pueblo venezolano, se le presenta como lo que siempre fue: una farsa.

Una gigantesca mentira inspirada y apuntalada en una serie de propuestas de cambio, pero que no fue capaz de superar el más reducido de los fines al que Gobierno alguno puede aspirar a conquistar para favorecer a su pueblo: honrar el compromiso de que, con el Socialismo del Siglo XXI, no se reeditaría la histórica demostración de que no sucedería ni se repetiría el burlesco evento promovido por la triada de Lenin, Stalin y Trosky.

Venezuela y su propia triada, atendiendo a los principios del calco fracasado en que se terminó convirtiendo la ineptitud, la improvisación y el arte de promover verdades a partir del uso ostentoso de la comunicación unidireccional, hoy se percibe como otro ejemplo de lo que es procurar el ejercicio del poder para hacer de un llamado pueblo, un instrumento que también es útil para no desnudar la vocación humana por la adicción al menosprecio ciudadano.

Sin duda alguna, es otra forma de amar a ese mismo pueblo en nombre del cual se actúa y todo se justifica. Incluso, hasta el empleo desenfrenado de la mentira para negarle su derecho a vivir, aunque sea entre migajas, que es absolutamente condenable, dado el principio universal de que la consciente negación del derecho a vivir, es otra variable del crimen.

¿Cómo es que, realmente, se ama al pueblo?. Es de suponer que para un político que vive de esa proyección del amor, no le está permitido moralmente recurrir a sus formatos subjetivos para explicar después a qué se debe que cuando al pueblo que se le defiende y por el que se dice luchar, nunca fue posible atender y ayudar a mejor vivir. Y todo porque el pueblo, realmente, lo que para presuntas dirigencias en el fondo y en su alma es, sin duda alguna, no es otra cosa que lo que la historia de los pueblos ha identificado cuando los cita: materia prima ideal para producir mentiras y fracasos.
Egildo Luján Nava