¿Eran venezolanos los músicos del Titanic?

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El Titanic, trasatlántico británico, al final de su construcción, fue el más grande del mundo. Lamentablemente, naufragó al sufrir una catástrofe marítima durante su viaje inaugural desde Southampton a Nueva York.

Partiendo en su fatídico viaje, el 10 de abril del año 1912 y cinco días después, luego de chocar con un iceberg en el Océano Atlántico el 14 de abril a las 23:40, se hundió en menos de 3 horas frente a las costas de Terranova. Sucedió durante la madrugada del 15 de abril de 1912, y a bordo llevaba 2208 personas entre pasajeros y tripulación, de los cuales sólo sobrevivieron 711.

Luego de la terrible tragedia, los sobrevivientes narraron dramáticas situaciones y el pánico que sufrieron a bordo. No obstante estar naufragando y obviamente desesperados, pasivamente, un conjunto de músicos en cubierta, ignorando la dramática y peligrosa situación, continuó interpretando su música con alegría, hasta perder la vida durante el fatídico accidente.

En el Titanic venezolano, no obstante su terrible situación socioeconómica, la preocupante ingobernabilidad -y en vísperas de un dramático colapso funcional- los voceros del país se comportan como los músicos del Titanic. Lo hacen ignorando la situación que se vive; inclusive, tocando y bailando. Mejor dicho, cada quien halando hacia su lado.

Ya han transcurrido 20 años en esas condiciones. Se hunde el barco, y, antes que acordar cómo salvarlo, se han ocupado en diseñar, mantener y avivar permanentemente una lucha constante, egoísta; por conservar el mando, "El poder", en ciertos casos; en tomarlo y no compartirlo, en otros.

Tristemente, la nave continúa hundiéndose, a la vez que se impone el bailoteo. Domina la resistencia y la negativa a llegar a ningún arreglo o convenio. Por su parte, la tripulación también opta por lo más fructífero, en respuesta a su visión y concepción del hecho: pelear entre sí.

Unos consideran que hay que defender al Capitán, para que continúe al mando de la unidad que se hunde, sin importar que no haya demostrado pericia, capacidad y experiencia para impedir llegar hasta la gran tragedia.

Por el otro lado, una mayoría de la tripulación y de los pasajeros, se las ingenia por imponer su tesis, de que, sin cambio de Capitán y de su tripulación, es imposible vencer la adversidad. Hay que cambiarlos y darle la oportunidad a quienes constituyen la respuesta de salir de lo evidente e inminente: el hundimiento.

En fin, todos ignoran que ya el barco está a punto de naufragar, y que cuando eso suceda, no habrá nada por salvar.

Imposible impedir que no se produzca lo que percibe la población venezolana: esta dramática situación ha llevado a Venezuela a una situación de ingobernabilidad, como de ruina económica, con las funestas consecuencias que sufren a diario sus ciudadanos.

Si es imposible llegar a un acuerdo interno entre las partes, se impone, entonces, la tesis de que es indispensable convenir una inmediata mediación internacional, sobre todo de países dispuestos a actuar con imparcialidad, y a convertir su voluntad participativa en un ejemplo de seriedad.

Se hace necesario e impostergable un acuerdo de gobernabilidad, como del nombramiento de un gobierno de transición. La liberación de los presos políticos no puede seguir siendo un recurso para el chantaje y la burla de las voluntades ajenas, sobre todo de los que aportan su serio comportamiento de evitar que Venezuela termine convirtiéndose en la Siria del Caribe.

No hay que temerle a las concesiones. Tampoco a esa certera expresión de que la naturaleza de la justicia transicional implica sacrificios en materia de justicia, en busca de beneficios en materia de paz.

Sí: hay que hacer las concesiones que sean necesarias, estabilizar la gobernabilidad y admitir, en un gesto de desprendimiento racional, que la única meta debe ser un cambio de gobierno, con base en la celebración de unas elecciones libres, transparentes y realmente democráticas. Asimismo, promovidas, organizadas y coordinadas por una institución electoral que garantice resultados ajustados a la verdad, y no a la necedad del aprovechamiento de falsos demócratas, peores ciudadanos, amantes de triquiñuelas.

Un proceso electoral en esos términos, desde luego, no puede quedar en manos de cualquiera. Es el momento de la asistencia de las instituciones que unen y reúnen a las naciones, y aportan sus buenos oficios para evitar que los desentendimientos concluyan en tragedias humanas.

Tal participación foránea, sin duda alguna, tiene que convertirse en soportes de las mejores propuestas para permitirles a los ciudadanos venezolanos la definición de su destino.

Si tal participación no hiciera posible la formalización de ese necesario entendimiento y acuerdo, sin duda alguna, todos los involucrados, en mayor o menor grado, estarían justificando y propiciando una intervención externa drástica de parte de la comunidad internacional.

Llegar hasta allí, de igual manera, puede traducirse en el desarrollo de escenarios más complicados, en vista de que la diáspora venezolana no cesa. Y eso equivale, además, a la interesada promoción exportadora de aquello que se ha hecho presente en los nuevos análisis del “caso venezolano”: la exportación de corruptelas, vicios, guerrillas y terrorismo.

Los últimos días se han convertido en una causa de angustia política en Colombia, con sus inevitables efectos en Venezuela. Ellos no quieren prolongar su experiencia de 60 años de guerra civil ni convertirla en una extensión, a partir de la manera como se solucione la situación que hoy vive su vecino venezolano. Tal realidad habla por sí sola, y debería pasar a convertirse en un motivo de mayor fuerza para que haya una solución en Venezuela.

El Titanic venezolano continúa arriesgándose a vivir su propio naufragio. Y si todavía predomina la errónea apreciación de que, aun en proceso de hundimiento, puede haber música con desenfreno, entonces, casi 30 millones de ciudadanos están a merced de una irresponsable jugada de posiciones grupales, cuyo único y verdadero motivo es convertir el territorio nacional en un ámbito para la guerra y la destrucción.

No se le debe ofrecer respaldo ni indiferencia a quienes, día a día, les hacen el juego al dolor. Y lo hacen avivándolo. O, como en abundantes casos, con base en el aprovechamiento del lenguaje que se sembró en tierra venezolana durante los últimos 20 años, y alrededor del cual, de parte y parte, se danza alegremente, obedeciendo a la infantil convicción de que aquí hay paz para exportar.
Egildo Luján Nava

Egildo Luján Nava