La Escalera del Hambre: Billetes de 10, 20 y 50 mil Bolívares

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En el cerebro de ningún venezolano, cabe la insensatez de los anuncios del Gobierno, y menos de las consecuencias de las citadas decisiones.

El aviso oficial sobre la aparición de un añadido de papel moneda al vigente cono monetario con billetes de alta denominación de diez, veinte y cincuenta mil bolívares, es una burla para la ciudadanía. Y así lo consideran al ver que la impresión de un billete sin poder adquisitivo, es más costosa que lo que representa el sueldo para quienes disponen de trabajo formal.

Dicho salario ya no permite aguantar o enfrentar el hambre y la desesperación de quien lo percibe: sólo representa un desmesurado aumento en el costo de vida, además del castigo por los insuficientes ingresos y su menguado poder adquisitivo.

Lo más desconcertante de esta situación es que el Gobierno, reflejando reiteradamente un castigo en todas las encuestas con un elevado rechazo oscilante porcentualmente entre un 85% y un 95%, evidencia que ya ni el otrora mayoritario partido de gobierno, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) lo respalda. La deserción dentro de dicho partido es evidente. Se puede afirmar que el rechazo es casi total.

En el concierto internacional, la opinión negativa es similar. Así lo ha manifestado un conjunto de 60 países. De dicha cantidad, más de 50 de ellos ha desconocido al Presidente Maduro, y reconocido como Presidente Interino al Presidente de la Asamblea Nacional, Ingeniero Juan Guaidó.

La situación económica venezolana está a punto de colapso y paralización. El Gobierno, por su parte, lejos de buscar una solución a la situación, consecuencia de un inadecuado sistema administrativo e "ideológico", además de una desenfrenada corrupción, continúa haciendo absurdas e incumplidas promesas. Y lo hace sin rubor alguno, manteniéndose en una lucha contra todo lo que representa advertencia, observación o sugerencia. Porque su objetivo es otro: perpetuarse en el poder y, de ser necesario, por la fuerza. De ahí que, para él, lo normal sea antagonizar, confrontar dentro del país o fuera del territorio. Lejos de buscar acuerdos o acercamientos, insulta, amenaza e implementa un asedio constante contra la sociedad civil, y los propios poderes de la República que, por elección universal, están en manos de la oposición.

Es lo que sucede con la Asamblea Nacional, y, por supuesto, el Tribunal Supremo de Justicia y la Fiscalía. Estos dos últimos legítimos operan desde el exterior. Y a la Asamblea Nacional, que la declararon inconstitucionalmente en desacato, con base en dicha sanción inexistente en la Constitución vigente, representa hoy un objetivo político claramente definido: su desmantelamiento.

Bajo los términos descritos en cada objetivo que se deja entrever en anuncios y acciones, desmantelarla se traduce en privar ilegalmente a los representantes electos por la sociedad, es decir, a los Diputados de la oposición, de su inmunidad parlamentaria. A la vez que, a partir de dichos procedimientos, se les atribuyen delitos y dictan autos de detención al gusto de quien goza de la ventaja del dominio interno en el ejercicio del poder.

Esta situación, que se le ha hecho sentir a 25 parlamentarios, es comparable al uso de un tornillo sin fin: sin parar, porque no tiene un punto de culminación, se le hace girar, una y otra vez, a sabiendas de que siempre habrá justificaciones para no detener dicho mecanismo que se impone al margen de la Ley.

Por su parte, la realidad que describe el proceso económico del país, es realmente catastrófica. El sector industrial y el agroalimentario operan a un nivel del 20% de su capacidad de producción. Y mientras que se les exhorta a operar en esos términos y condiciones, la producción se coloca en los canales de distribución, en donde la capacidad de compra de los consumidores lo ha destruido y minimizado la hiperinflación.

Hoy, ante los ojos de los consumidores, con base en esa respuesta productiva del 20% de las instalaciones, la impresión es que hay una oferta y abundancia suficiente para satisfacer las necesidades familiares. Sin embargo, tal oferta no guarda relación alguna con un salario mínimo mensual por individuo que, si acaso, se ubica en diez dólares mensuales.

Dicho en otros términos, los anaqueles del comercio están llenos, pero los bolsillos de los consumidores están vacíos Los estudios sociales indican que cada familia promedio de cinco integrantes, necesitan mensualmente volúmenes superiores que no pueden cambiarse, incluso, con añadiduras al cono monetario vigente. Si acaso, lo que este conjunto de genuflexiones numéricas y conceptuales describen, es que la inflación en Venezuela rebasa el derecho a alimentarse y a trabajar.

Mientras tanto, la producción petrolera responsable casi en su totalidad de los ingresos nacionales, ha caído en su producción a niveles de hace 60 años, por debajo de los 700.000 barriles diarios, comparativamente con los 3.5 millones diarios que se producían hace 20 años. A esas cantidades, hay que restarles los indetenibles envíos a Cuba y los pagos en petróleo a China y Rusia, todo lo cual ha dejado con insuficientes ingresos de divisas y sin combustible al país.

Este deterioro ha sido progresivo durante los últimos 20 años y más intensamente durante los últimos diez. Lamentablemente, el Gobierno, lejos de asumir su responsabilidad en lo erróneo de su procedimiento, corregir y procurar soluciones, insiste tercamente en que todo lo que ha estado sucediendo se debe a las sanciones internacionales impuestas en el transcurso de los últimos 8 meses. Los ojos del mundo, por su parte, han venido registrando que el hambre, la escasez y el deterioro económico venezolano data de muchos años.

La oposición partidista venezolana también tiene su cuota de responsabilidad en relación al gran deterioro nacional. Lejos de presentarse monolíticamente unida, centrando sus objetivos en función de los intereses nacionales y del rescate del país, ha impuesto mezquinamente los intereses partidistas y personales. También ha logrando su desprestigio y falta de credibilidad en ese 85% de la ciudadanía mayoritaria de oposición que hoy rechaza al Gobierno, y no oculta su suspicacia y desconfianza ante todos los partidos políticos, tanto de la oposición como del Gobierno.

Ahora bien, ¿cómo se resuelve esta situación ?. El país está quebrado y maniatado económicamente, en tanto que el pueblo está cayendo en hambruna desesperada. La oposición cuenta con el reconocimiento internacional y el respaldo del 85% de la población. En contraposición, el Gobierno está al frente del mando y cuenta con la fuerza de la represión y uso de la violencia de las armas. Pero el odio campea libremente en ambos bandos.

Obviamente, hay que desatar está telaraña de desencuentros. Y no hay otra forma de hacerlo que apartando los intereses personales, partidistas, ideológicos y los odios. Todos deberían ponerse la gorra de venezolanos y convertirse en portadores de la franela vinotinto, y centrarse en el interés de salvar el país. Dejar de pensar en eso de "todo o nada". La dirigencia tiene que aprender a escucharse. Y, desde luego, eliminar las acusaciones comunes en la mesa de negociación, mientras se practica una voluntad sincera de concentrarse en la construcción de soluciones.

El país es bondadoso. También cuenta con recursos materiales y la disposición de suplidores internacionales y de financistas de buena voluntad, decididos a ofrecer apoyo financiero, siempre y cuando en Venezuela prevalezca la justicia, la unión y la Democracia.

No se puede permitir que, por las ambiciones desmedidas de unos pocos, más de 30 millones de ciudadanos continúen sufriendo y que un país potencialmente rico, según el balance probado de sus recursos naturales, siga en el camino de este gran deterioro.

Finalmente, es indispensable hacerle un llamado a las Fuerzas Armadas Nacionales, para que cumpla con su deber constitucional de salvaguardar a la Nación y a sus ciudadanos. Pero, además, que lo haga sin parcialidades políticas y con fiel cumplimiento del mandato constitucional. Actuando de esa manera, dicha institución recuperaría la honorabilidad de la que gozó en otros momentos, y el respeto de todos los venezolanos.

Egildo Luján Nava