No hay que perder la esperanza

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Duele apreciar que un país otrora próspero, alegre y lleno de oportunidades, sea hoy un lugar de muchos problemas para vivir, y que se haya constituido en un laberinto de complicaciones, carencias e inseguridad.

La odisea comienza al despertar. Porque se inicia la subsistencia cuando lo primero es averiguar si se dispone del servicio de agua para saber si es o no posible ducharse, o si, por el contario, hay que recurrir a la premonitoria recomendación del ya fallecido Hugo Chávez, de valerse de un tobo, una ponchera o de una totuma para poder hacerlo. En todos los casos, el asunto es depender de un mal servicio de agua o, en su defecto, de la eventual disponibilidad del preciado líquido.

Pero tal aventura, desde luego, reviste de otra connotación. Y es que está supeditada al sitio donde se vive, es decir, en una vivienda unifamiliar o en un edificio residencial y multifamiliar. En muchos edificios, para evitar la discrecionalidad del trabajador residencial, inclusive, los habitantes han tenido que imponer un horario en la expedición del servicio, para poderlo rendir lo más posible, y lo sorprendente: evitar discordias familiares entre los residentes.

Antes de saber si se dispone de la garantía del servicio del agua, obviamente, se debe haber constatado si sucede otro tanto con el servicio de electricidad y, por supuesto, con el de gas. De su existencia y posibilidad de uso, depende que la familia pueda disponer de la ventaja de procesar -o no- alimentos que, a su vez, los habrá en el hogar si en el mismo existe posibilidad de comprarlos, de acuerdo a lo que permitan los ingresos y salarios menguados, propios de lo que hace posible la desenfrenada hiperinflación que se hizo presente en el país en noviembre de 2017, es decir, 24 meses antes, y que, según voceros oficiales, ha venido desapareciendo.

Tal presunta desaparición está asociada al rol que ha venido desempeñando la dolarización, cuya fuerza, sin embargo, no supera una dura y demoledora verdad: la inflación no cesa en su arrogante y permanente escalada, como capacidad de generar costos en el sistema de vida familiar, al igual que en el arte de obligar a hacer malabarismos familiares para medio alimentarse con una arepa rellena de lo que se tenga. Llegar hasta allí y poder preparar con algo, para darle forma y figura al contenido de una lonchera -cual cajita feliz- para el almuerzo en el trabajo, es un triunfo. ¿0 acaso no es así?.

Pero superar ese encadenamiento de aventuras individuales y familiares, plantea otra realidad que no puede desestimarse ni minimizarse. Y es que, finalmente, antes de salir a enfrentar la calle, la despedida de rigor ahora está dirigida a quien te quede de la familia, porque no ha sido arrastrado por la diáspora, para pasar luego a persignarte y rogarle al Salvador, para que te ayude a regresar sano y salvo al hogar, antes de que oscurezca.

Ante este festín de calamidades, extensivas a los escasos ingresos, ahora se le ha sumado el insólito tarifario por servicio de aseo urbano con montos tan altos que, en la mayoría de los casos, el monto mensual por el citado servicio, excede al que se debe pagar por concepto del alquiler del inmueble. En el caso de los municipios Baruta y Libertador, por ejemplo, se han efectuado quejas por estos cobros desmedidos sin recibir ninguna solución que no sea pagar y pagar, o sólo refiriéndolos a la municipalidad.

La única repuesta de la Alcaldía o de la municipalidad ha sido la de que, de no cancelar, los vecinos no obtendrán la solvencia del Aseo Urbano. Pero, además, sin ésta, no podrán renovar la patente de industria y comercio. Es decir, eres coaccionado a pagar un absurdo, en beneficio de una empresa privada supuestamente, o se corre el riesgo ser clausurado por insolvente.

En cuanto a los Centros Comerciales, se han convertido en lugares de paseo y distracción visual, donde se cuenta con cierto grado de seguridad y se pueden llevar los niños sin que el paseo tenga costo alguno. Las compras, obviamente, son muy escasas, pero permiten soñar viendo las vitrinas de los negocios y, a lo sumo, tomarse un café o comerse una pizza entre cuatro personas, dos triángulos para cada uno, si es que pueden.

Importante citar que los Centros Comerciales también han sido amenazados de cierre, toda vez que los propietarios o arrendatarios de los locales se niegan a cancelar las macro-tarifas de aseo urbano. De igual manera, además, se les prohíbe que ellos, en forma organizada, contraten por su cuenta, el bote de basura que, de hecho, sale mucho menos oneroso que el que presta el servicio público.

Este comienzo de semana entramos en diciembre, mes de alegrías y reencuentro con familiares, amigos, y tristezas, bien por la ausencia de los seres queridos fallecidos, como por los que han huido del país en busca de seguridad y mejores condiciones de vida e ingresos. Ya las familias han olvidado la bella costumbre del intercambio de regalos, limitándose, cuando se puede, a hacerles un regalito a los niños con la anuencia del Niño Jesús.

Los pinos de Navidad y nacimientos ya apenas son una referencia; el costo de los adornos y materiales son inalcanzables. Las bolas de los Pinos cuestan eso, las bellas tarjetas de Navidad también han desaparecido del mercado, obviamente, por lo alto de sus costos y que ya el servicio de correo público no existe.

No se puede concluir este panorama navideño, sin incluir un comentario sobre la dolarización, luego de que el Banco Central de Venezuela la admitiera de reojo y convirtiera en moneda de curso legal en el país, no supeditada a la restricción cambiaria. Prácticamente, todo el comercio y servicios, absurdamente, sin incluir los salarios, están tasados en dólares que pueden ser convertidos a bolívares de acuerdo a la tasa de cambio del momento.

Es increíble cómo han aparecido tantos dólares en el mercado. El ingreso de remesas enviadas por los casi 5 millones de venezolanos que están dispersos en el exterior, son enviadas por sus familiares. Ya se calculan en tres mil millones de dólares al año, y es una de las responsables del fenómeno. La otra versión, que circula fuera de las fronteras, es que Venezuela se ha convertido en una gigantesca máquina lavadora del narcolavado. Pero, sea como sea, el hecho cierto es que la moneda que manda en el mercado, es el dólar.

Sería interesante, como medida gratificante para todos los venezolanos en esta época decembrina, que las autoridades monetarias se atrevieran a regularizar la situación de la moneda, sea dolarizando, eurizando o rublorizando. Lo importante es estabilizar el valor de la moneda y, simultáneamente, ajustar los salarios, acorde con el valor de la misma. Hoy el salario mínimo promedio mensual en América Latina, calculado en dólares, es $ 350. Y es por eso por lo que resulta insólito entender cómo es que en Venezuela, es $ 7 el salario mínimo mensual; menos de lo que gana en un día en los otros países. De hecho, ya ese salario sólo se lo cancelan al empleado público. En el sector privado, dicho salario, como tal, no existe, porque la remuneración es mucho mayor, al ser complementado con bonos u otras formas de remuneración para mejorar el ingreso del trabajador.

El regalo de Navidad que quisieran todos los venezolanos, sin duda alguna, sería que, finalmente, se llegara a un acuerdo conciliatorio que permita la recuperación del país. Que la Mesa de la Unidad de las 4-G, la de los partidos minoritarios, la fracción dirigida por María Corina Machado y Antonio Ledezma, se pusieran de acuerdo en un solo bloque con un convenio escrito. Asimismo, que lo hicieran como un solo cuerpo, tanto con el Gobierno, como con las Fuerzas Armadas.

Teniendo en cuenta que dialogar y negociar “no es todo o nada”, hay que transigir y conciliar en todos los espacios en los que sea factible hacerlo. Venezuela tiene que ser una sola. Se puede ser fanático de los Leones del Caracas, de las Águilas del Zulia, de los Navegantes del Magallanes o de los Cardenales de Lara, por mencionar algunos de los equipos, pero somos todos venezolanos. De igual manera, también podemos jugar como hermanos, y sin convertir la diferencia deportiva en motivo de hostilidad. Entonces, hay que ocuparse de aprender a convivir y a respetarnos.
Sí es posible hacer el bien y sin mirar a quién.
¡FELIZ NAVIDAD!
Egildo Luján Nava