Quien le pega a su familia se arruina

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Pareciera que los que se autocalifican de opositores en Venezuela, durante los 21 años que han dedicado a la lucha contra la destrucción y deterioro del país, no han podido ni podrán tener éxito en rescatarlo. Tampoco en alcanzar su recuperación, motivado a que se resisten a entender que, para obtener éxito en el loable y urgente propósito de corregir lo que ya es un desastre nacional, es indispensable erradicar el culto a los intereses personales y mezquinos, además de ajenos a aquellos que conforman el interés colectivo nacional, como de mantener la necesidad de luchar unidos.

Se trata de dos décadas en las que el deterioro nacional avanzó como un "comején" (insecto que come y destruye todo), logrando desarticular y corromper todas las instituciones, los servicios públicos y la economía nacional, además de impulsar una diáspora de más de 5 millones de ciudadanos que, por primera vez en la historia venezolana, han tenido que huir prácticamente en estampida a países vecinos u otras latitudes en procura de seguridad, calmar el hambre y satisfacer las necesidades mínimas de subsistencia.

Hablamos de un desplazamiento humano, que, consecuencialmente, ha causado grandes problemas en los países vecinos de la región, que no estaban -ni están preparados- para recibir abruptamente a cientos de miles de compatriotas, la mayoría de ellos en condición de indigentes.

Lamentablemente, esa gran mayoría de venezolanos que conforman el gran frente opositor, en ningún momento han logrado ponerse de acuerdo en la constitución de un frente común. Obviamente, que los partidos políticos como organizaciones civiles tendrían que ser los llamados a organizar la sociedad para lograr sus objetivos. Pero sus dirigentes, anteponiendo intereses y ambiciones personales, sólo han logrado contribuir con la promoción de un caos, la propia destrucción de las instituciones partidistas, y el rechazo colectivo.

Comenzando este 2020, el único y legítimo organismo poder público, la Asamblea Nacional o Poder Legislativo, representante del pueblo y reconocido por casi 60 países, como por una abrumadora mayoría ciudadana opositora, ofreció un triste espectáculo que fue rechazado por una mayoría interna y externa. Se trató de un burdo espectáculo promovido por un pequeño grupo de parlamentarios opositores, en connivencia con la bancada gubernamental y piquetes de las Fuerzas Armadas. Ellos impidieron la entrada a las instalaciones de la institución de la bancada mayoritaria opositora.

Lo hicieron arrebatando y usurpando el poder de la Asamblea y forjando la elección de una nueva Junta Directiva, apoyándose en el argumentando de tener el quórum necesario y la mayoría que presuntamente les facultaba para llegar hasta allí. Lo cierto: no solamente no pudieron hacer valer ningún derecho de acuerdo a lo que establece la norma, al no poder demostrar el cumplimiento de la disposición legal, sino que, además, tampoco gozaron de soportes elementales como el Acta ni la Lista de Asistentes que demostraran que, en realidad, que no se estaba en presencia de un reprobable Golpe de Estado.

Esto, sin duda alguna, sólo es posible que suceda cuando se anteponen ambiciones y mezquinos intereses al interés nacional, sin importar el país y sus ciudadanos. Es la conducta que se construye en la sombra para permitir la intromisión extranjera, la pérdida de soberanía. Pero, además, que el futuro de la Nación sea decidido en el extranjero de acuerdo a oscuros intereses polarizados entre grandes naciones como Rusia, China y los Estados Unidos de Norteamérica, entre otros tantos.

En este contexto de distribuidores de intereses, asistidos por quienes convierten a Venezuela en una de las barajitas comprables en un juego internacional de Monopolio, se suscita un hecho en el que, como se da el Medio Oriente, África, Centro y Sur América, como otros tantos países posibles entre material o barajitas de intercambio dependiendo del valor asignado, se generan usurpaciones, violación a los derechos humanos, guerras internas o cualquier otros argumentos que luego, en nombre de cualquier causa, hasta pasar a ser la justificación ideal para promover intervenciones.

Los venezolanos no pueden convertirse en ficha fácil para entrar en ese juego perverso. Sin pecar de inmodestos, se puede afirmar que se dispone de un bello y rico país tropical, con reservas minerales y acuíferas enormes, además de extensiones de tierras agrícolas, grandes posibilidades turísticas de todo género en bellezas naturales y una población valiosa, inclusive, en gran medida repartida por todo el mundo con deseo de regresar a su país cuando éste le ofrezca seguridad y futuro.

Innegablemente, “lo tenemos todo”. Pero, por una absurda torpeza y bastardos intereses personales, no quieren darse cuenta que sólo unidos, remando todos en una sola dirección, y con esfuerzos mancomunados, “podemos ser una gran Nación”.

En este 2.020, el país tiene que despertar, descartar ideologías absurdas y falsos regímenes comunistoides. Es decir, ideologías que, como resultado, sólo han demostrado, destrucción, corrupción, guerras con ofertas engañosas, hambre y miseria.

En Venezuela, todos somos necesarios. Pero hay que unir esfuerzos y evitar ser barajitas en ese perverso juego de “monopolio". Ser puede ser parte del juego; desde luego que sí. Pero como jugadores con capacidad de comprar. Con actitudes y comportamiento de perdedores, Venezuela, durante el transcurrir errático del tiempo, ha perdido territorio: por el Sur, en la frontera con Brasil; por La Guajira, con Colombia. Y ya está a punto de perder La Guayana Esequiba. De continuar en esta dramática miopía y obedeciendo a este estúpido proceder, se corre el riesgo de perder todo el Territorio Nacional.

Teniendo todas las ventajas de las que goza el país, permítannos mantener activas las esperanzas alrededor de que esa eterna ambición de ser una potencia, se convierta en una realidad. Países más pequeños que no disponen de las reservas naturales y bondades climáticas y posibilidades naturales de que goza Venezuela, como es el caso de Japón, Inglaterra, Holanda y casi todos los países de la Comunidad Europea, entre otros tantos en el mundo, son ya potencias desarrolladas.

No hay que continuar prestándose para seguir siendo engañados y divididos. El camino que se debe transitar, es uno sólo: educación, trabajo, orden y justicia. Sin duda alguna, ese cuarteto de recursos al servicio del avance y del progreso, conforman los únicos jinetes de la victoria y del éxito.
Egildo Luján Nava