Venezuela sufre hoy pero no le teme a su mañana

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No hay un solo día que la prensa internacional, principalmente latinoamericana, europea y norteamericana, no le dedique análisis y espacio informativo en abundancia a analizar y tratar de interpretar lo que está sucediendo en Venezuela.

Cada enfoque, sin embargo, sigue sometido al mismo esquema: lo que acontece, es una consecuencia -casi absoluta- de la tragedia colectiva en la que se han convertido una concepción gubernamental “poderista”, y su innegable influencia en una sociedad que, habiendo cambiado, se resiste a entender al país y su entorno, en su evolución y niveles de exigencia individual a su liderazgo y dirigencia.

El control del poder en Venezuela, desde luego, no es un accidente. Es un objetivo trazado después de 20 años de sometimiento al peso influyente de la cuarta revolución industrial global, como al comportamiento contradictorio que evidencia una parte influyente de quienes, como en la década de los sesenta, se plantearon conducir a la Nación desde una visión salvadora y reivindicadora del 80% de la población eternamente empobrecida.

En otras palabras, el país dejó de ser un espacio para la convivencia y la consecución de objetivos que le garanticen bienestar y avance social a cada uno de sus habitantes, y ha pasado a convertirse en un sitio en el que convergen intereses e interesados en propiciar un sistemático quebrantamiento de la armonía colectiva, asumiendo que su control del poder es una posibilidad de mayor duración a la que hoy se asocia con cambios electorales.

Es cierto, los venezolanos aprendieron a dirimir sus diferencias políticas a partir del ejercicio del voto. Y su comprensión del alcance de dicha metodología, sin duda alguna, continúa siendo un recurso que se sugiere, recomienda y se ofrece como una alternativa funcional, para que, a partir de la participación –que no de la representación- se active la incorporación proactiva del individuo en libertad. Sin embargo, la citada participación, como se consagra y se justifica en la vigencia constitucional, definitivamente, ha terminado convirtiéndose en la justificación de la concentración del poder con base en un rebuscado método autocrático.

Dicho de otra manera, la Nación venezolana ha terminado convirtiéndose en un santuario de la concentración del poder, de la administración del Estado y del desconocimiento de los valores propios de los países que hablan y creen en la libertad, mientras se multiplica otro sembradío: el de la consolidación del individualismo estructurado por el incontenible avasallamiento de las redes sociales, la minimización de la importancia de los partidos políticos y la frenética adoración de las figuras que se perfilan como los nuevos caudillos del Siglo XXI.

Fuera del país, la voz, el análisis y la interpretación es posible, a partir del aprovechamiento de la férrea defensa que se hace a diario del derecho humano a la expresión, como a la información y al discernimiento. Internamente, el empeño por desconocer e ignorar tales valores mediante la progresiva liquidación de los medios de comunicación social, como de la anulación del liderazgo emprendedor de la ciudadanía que pregona y practica el ejercicio de la libertad desde su desempeño, sin embargo, ha abierto otro camino.

Es aquel en el que la propia sociedad reniega de su obligatorio sometimiento a la voluntad de quien ejerce el poder, pero que, además, es capaz de cuestionar, descalificar y rechaza también de la antítesis del autócrata, a la vez que le plantea y exige identidad con los problemas que les agobian, con la misma autoridad que lo hace con quienes se autodenominan opositores.

Ya no es posible diseñar estrategias económicas o productivas en el país, a partir de la errónea creencia de que Venezuela puede retornar a los estándares que exhibía hasta la década de los noventa. Y todo es así porque, sencillamente, desde el ejercicio del poder se incurrió en el intento improvisado de convertir en hechos las ambiciones falsamente salvadoras de los activistas del Foro de Sao Paulo, y concluyeron en la Nación económica, social, política, cultura y moral de hoy. Es decir, en el modelo de un desastre impulsado desde la emotividad, mientras que la racionalidad se ponía al servicio del desarrollo de la corrupción, y la oferta de la estructuración de una nueva base institucional pública concluía en un disparate destructivo general.

Es innegable, Venezuela sufre lo que vive hoy. Por todo aquello convertido en instrumento al servicio de una minoría que ahora apela a la irracionalidad para justificar equívocos, sabotajes y fracasos. También, sin duda alguna, por las innegables dificultades a las que deberá hacerle frente, cuando, sin recursos humanos y financieros, se lance a rescatar lo rescatable, a construir sobre ruinas, como a administrar sin los vicios del pasado, cada uno de los aportes que, seguramente, harán los venezolanos que hoy comparten la incidencia destructiva, pero que rechazan toda posibilidad de claudicar. No obstante, esa misma Venezuela y sus habitantes que insisten en resistir, en perseverar en favor de la Nación, no le temen al futuro. Tampoco al empeño dirigido a fortalecer la sumisión y el sometimiento colectivo.

Sí es necesario, en todo caso, que las nuevas voces de la conducción, o que pretendan hacerlo, admitan que tampoco la Venezuela que ya ha comenzado a hacerse presente, puede seguir siendo una extensión de costosas innovaciones, improvisaciones y atrevimientos gerenciales.

Debe ser una manifestación de voluntades particulares y organizadas al servicio del país, y nunca más de los constructores de nuevas variables del populismo enfermizo latinoamericano. Aunque para ello, desde luego, sea necesario e imprescindible ser –o construir y admitir- la expresión de una nueva concepción del liderazgo y la conducción. En consonancia con la Nación que nunca más podrá ser como la de ayer, porque el reto es que sea la del futuro. Hija del aprendizaje del costoso error histórico de la transición entre los Siglos XX y XXI, y expresión de una sociedad distinta a la que, por diversos motivos, se ha venido negado a superar su sometimiento a la adoración de causas convertidas a lo largo de los años de supuesta gloria para unos, pero también de exclusión y sometimiento para la mayoría de los hijos del país.
Egildo Luján Nava

Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)