Zapatero a tus zapatos

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Cada día, menos asombro. Es la Venezuela de hoy. La del pan que aparece y desaparece, gracias a los cargamentos de harina que llegan de Turquía. La de los circos con enanos gigantes, y animales que se resisten a extinguirse.

No sorprende, entonces, que haya niños con los mismos nombres que se les “presentaron” en las jefaturas civiles. Muchos, inclusive, casi han nacido en las calles del país, por lo que es normal que se les vean en las calles venezolanas.

Nadie se “cambió” el nombre por haberse convertido en adolescentes sin haber podido comer tres veces al día. Hoy son la viva estampa del muchacho que aspira a ser el nuevo hombre -o mujer-, aunque, no habiendo aprendido a saber cómo se llega hasta allí, entonces, se tiene que ocupar de otra nada fácil actividad social: acceder al desayuno o al almuerzo rebuscando entre los desperdicios, urbanos o rurales, que debe disputarse con perros abandonados por sus dueños, o las ratas que pululan en ese medio ambiente.

Tampoco sorprende que el nuevo concepto en el servicio de transporte de pasajeros, sean las novedosas “perreras”, una especie de “jaulas” en las que la ciudadanía que no dispone de unidades propias, se juega tiempo y vida por la indisponibilidad de adecuados y legales sistemas de seguridad para llegar al sitio seleccionado.

Mientras tanto, las autoridades viales que, según la Ley de Tránsito Terrestre se les conoce como Vigilantes de Tránsito -en donde los hay- terminan convirtiéndose en simples “mirones de palo”, conscientes como están que prestar tal servicio en dichas condiciones, equivale a una flagrante violación de las más elementales normas de seguridad.

Tales normas, sencillamente, han sido reemplazadas por la permisividad y, como acontece con el bachaquerismo” comercial, con la aceptación de que el “perrerismo vial” se da porque hay que impedir que el servicio de transporte se extinga. El servicio, de hecho, está supeditado a la decisión de que, algún día, el Gobierno Nacional anuncie finalmente qué va a hacer con el precio de la gasolina. Hasta que eso suceda, los transportistas promueven nuevas formas de generar ingresos, y los usuarios, por su parte, se encomiendan a la opción religiosa de su creencia, para que la flamante “perrera” llegue sin dificultades al sitio final de la ruta.

Porque ya terminaron convirtiéndose en rutina colectiva el hambre y el transporte en “perreras”, entonces, tampoco sorprende que Venezuela ya sea un país de relumbrones, de duchas mediante el uso de “totumas”, de uso de leña en las cocinas familiares por la desaparición del gas en cilindros o bombonas, de abundancia de desperdicios por la inexistencia de personal y unidades de recolección de basura.

Pero, además, de presencia fugaz del servicio telefónico y de internet, dependiente de la pobre calidad del servicio eléctrico, como del arrogante predominio que continúa exhibiendo la delincuencia organizada que, a su mejor gusto, desmantela instalaciones y cableados públicos o privados.

Desde luego, capítulo aparte entre este cuadro de causas de insatisfacciones humanas, de motivos permanentes para restarle importancia a la alternativa de sorpresas, se plantea lo que está sucediendo con los servicios médico asistenciales y de educación. Tampoco sorprende. Sencillamente, es la coronación de un proceso de desatinos, equívocos, desaciertos y de un ocioso proceso administrativo normal entre quienes, por supuesto, perdieron la brújula de la racionalidad puesta al servicio de un país que les ofreció la posibilidad de ejercer la seria responsabilidad de gobernar.

Pero mucho menos sorprende que, a la par de esa complejidad de dificultades, antes que dedicarle tiempo, conocimientos, voluntad y sabiduría a las soluciones, lo que les inquieta sea la dedicación a cazar alternativas para dialogar, en atención a la medida del condicionamiento político del momento, y que le conviene para seguir flotando entre promesas.

"Dialogar", alternativa que ofrecen los alcances de la política para solucionar todo tipo de desencuentros cuando no hay acuerdo entre partes que actúan en un ambiente de discordias, se convierte ahora en el nuevo motivo de la ocupación administrativa de quienes están al frente del Estado.

Se recurre al diálogo cuando se han agotado todas las vías posibles sin resultados satisfactorios. Y se sobrentiende, además, que cuando se apela al diálogo, es indispensable tener la disposición y convicción de ceder en algunas cosas, para poder ganar en otras. Se suscita un “toma y dame”, para construir acuerdos. Se negocian primero los asuntos con menores diferencias entre las partes, y luego se avanza en forma ascendente, hasta llegar a los de mayor dificultad.

Generalmente, es conveniente contar con unos mediadores de conflictos que sean aceptados por las partes, para que terminen convirtiéndose en los testigos y garantes de que los acuerdos se cumplirán. Es decir, para que suceda como hecho real lo que no ha sucedido en el caso venezolano.

En Venezuela, nuevamente se pone a prueba la capacidad de asombro de sus ciudadanos, a partir del planteamiento político sobre la recurrencia a la posibilidad de un monólogo disfrazado de diálogo y sin dar ninguna señal de buena voluntad, sino de un comportamiento represivo al máximo. Y, para variar, otra vez asoman el nombre del señor José Luis Rodríguez Zapatero como articulador o mediador en representación del Gobierno.

Un transparente buen diálogo siempre será la mejor vía para superar conflictos como el venezolano. Y únicamente se le convierte en un recurso político útil si las partes concurren con honestidad y ánimo de resolver los problemas, para beneficio de todos. Y en el caso nacional, esto no ha sido así. Todo porque no ha habido sinceridad ni honestidad en los encuentros.

Los diversos diálogos que se han promovido, no han sido otra cosa que cuadriláteros de boxeo, en los que las partes sólo han querido dar un "knockout" fulminante al contrario. Además, tampoco se ha dispuesto de buenos mediadores. Cuando los hubo, incluso, en uno de los casos en los que estuvo la Iglesia Católica, todos los integrantes renunciaron.

Sin embargo, no lo hizo el flamante Rodríguez Zapatero, aun cuando fue un testigo de excepción ante lo sucedido: la inutilidad y las opacas intenciones de los participantes, especialmente los del Gobierno. Ellos, se recuerda, nunca dieron señales importantes de buena intención y voluntad de transigencia, especialmente en el caso de liberar los presos políticos y, sin retaliaciones, de permitir el retorno de los venezolanos que permanecen en el exilio.

Nuevamente, hoy se atenta contra la capacidad de asombro de la ciudadanía, cuando algunos países insisten en el diálogo. Es el caso de España y de su Presidente, Pedro Sánchez. Este, perfectamente identificado con la clara jugada que se conduce desde las entrañas del Partido Socialista 0brero Español, y a las que pertenecen los dos, lo propone. Y, como era de suponer, el Gobierno venezolano asoma como su comodín mediador, por enésima vez, al Señor Rodríguez Zapatero. Es decir, a un mediador que se ha ganado el repudio nacional e internacional, por haber expuesto ante los ojos de los interesados un cuestionado comportamiento que evidencia su clara parcialidad, en beneficio de quienes se mueven libremente en la corriente política en la que él es arte y parte.

Si es verdad que el Gobierno venezolano quiere diálogo, hoy deberían estar presentes tres componentes: el Gobierno, los partidos políticos opositores, y los representantes de la Sociedad Civil organizada. Es decir, de esa nueva y calificada parte que representa más del 80% de la población, y la cual plantea y defiende tesis no necesariamente coincidentes con el Gobierno y los partidos políticos que dicen adversarlo.

Para realizar un diálogo verdadero, hay que nombrar mediadores imparciales, bien sean de organizaciones multinacionales, países o personas de aprobación mutua. En un nuevo intento, en fin, sólo deben participar los representantes del Gobierno y los de la Sociedad Civil que no representen a ningún partido político, para evitar cualquier interés de carácter personal, partidista o electoral.

La Sociedad Civil como tal, conformada por una mayoría abrumadora, ha perdido confianza en el Gobierno y en la dirigencia partidista. Los Partidos políticos, necesarios en toda democracia, tendrían que dedicarse a reencontrar sus objetivos. Estos no deben ser otros que trabajar para el bienestar ciudadano y dejar de funcionar exclusivamente como maquinarias electorales. Además, tendrían que prepararse para participar, luego de reorganizado y estabilizado el país, en unas elecciones libres y democráticas, reguladas por un nuevo, legítimo e imparcial Consejo Nacional Electoral.

Dicho de otra manera, tendrían que conducirse obedeciendo al esfuerzo para superar progresivamente las diferencias alimentadas por odios y revanchismos, y procurar dejar atrás las causas de los asombros. El país está cansado de que se insista en continuar avivando las 24 horas de cada día en favor de un radicalismo que opera como la más insuperable posibilidad de procurar soluciones para Venezuela.

Definitivamente, el diálogo no puede continuarse citando como una negación en sí misma. Es una alternativa útil y válida, desde el punto de vista político. Su rechazo no se le puede seguir blandiendo como la imposibilidad de admitir que sí es posible alcanzar resultados satisfactorios, aun cuando esté presente -y pese- lo que por muchos años seguirá siendo un duro recuerdo de una triste y lamentable historia de la Patria.
Egildo Luján Nava