¿Personalismos buenos y personalismos malos?

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La pregunta sólo puede tener sentido en sociedades como la venezolana, en cuyo seno floreció, con numeroso auditorio, una teoría empeñada en bendecir a un César salvador. La fama de los manejadores de la teoría y el tiempo durante el cual repitieron su mensaje desde una dorada cúpula, contribuyeron en la formación de una sensibilidad capaz de congeniar con la existencia de un personalismo regenerador y de echarse con confianza en sus brazos, sin imaginar que en la unción de un Mesías republicano se ocultaba la descalificación de sus adoradores. De lo contrario, carecería de sentido una reflexión sobre un fenómeno desterrado de la mayoría de las sociedades del continente, con dolorosas excepciones como la de Cuba todavía arrodillada a los pies de un anciano anacrónico e inclemente.

La teoría miró hacia el pasado para encontrar sustento en el desfile de los mandones del siglo XIX, pero con la pretensión de explicarlos. Sus voceros no se atrevieron a criticarlos de veras, debido a que un argumento orientado a la legitimación de la más evidente de sus encarnaciones no podía darse el lujo de arremeter contra los antecesores. Tejieron una ciencia de las comprensiones y las disculpas, haciendo de la vista gorda frente al horror que significaron los personalismos hasta cuando comenzaron ellos a cantar las letanías del dictador de turno. En consecuencia, no cupieron en sus páginas las violencias de José Tadeo Monagas contra la Constitución, llevadas hasta el extremo de entregar la sucesión presidencial a su hermano para remplazarlo él mismo más tarde, mientras sucedían escandalosos casos de corrupción, prisiones sin cuento, ataques desmedidos contra los partidos políticos y contra la libertad de prensa. Tampoco la vanidad enfermiza de Guzmán, rey de la egolatría y del saqueo del erario durante tres décadas, vocero de un desprecio olímpico del pueblo y de sus representantes. Mucho menos la ignorancia de Crespo rodeado de una vergonzosa corte de los milagros y bañado en el mar de sangre que protegía su trono. Ni siquiera una línea sobre Cipriano Castro, mezcla de paladín y saltimbanqui en cuyas manos se perdió la poca decencia y la poca coherencia de los orígenes republicanos. Había que explicarlos, según los sabios del positivismo, se debían examinar "científicamente" sus conexiones con la masa y las cualidades que aprovecharon para manipular a las instituciones, dejando de lado el repertorio de sus vicios, de sus elocuentes limitaciones como mandatarios, de sus manos sucias de robar y de matar.

Todo para refugiarse en el regazo de Gómez. Luego de mirar con sospechosa profesionalidad a los antecedentes, proclaman la aparición del "hombre fuerte y bueno", del "gendarme necesario", del César democrático" que asciende a la cumbre por mandato de las leyes de la sociedad y por las taras congénitas de un pueblo que lo esperaba para que lo iluminara con su linterna, para que le permitiera acceder a una etapa superior del proceso histórico. Los supuestos científicos del gomecismo pontifican durante más de treinta años sobre los portentos de la bestia política ante la que se rinden, sin mirar hacia sus partes oscuras, disimulando el cúmulo de sus miserias, como hicieron con los hombres de presa y con los sujetos mediocres que lo precedieron. Probablemente ninguno de los personalismos de Venezuela se parangone con el de Gómez en materia de crueldad y depredación, de indiferencia y estulticia, pero no faltan en el país de nuestros días sus adoradores, los contadores de sus cuentos y los celebradores de sus anécdotas. Gracias a tales conductas se puede calcular el daño que una teoría como la de los positivistas del siglo XX les hace a sus destinatarios, partiendo de una apreciación tendenciosa y unilateral de un asunto como el personalismo, tan importante para la sociedad.

En realidad, no existe la alternativa de una comprensión que oculte el daño causado por el personalismo a la colectividad. En especial si consideramos que la cuenta no termina con Gómez. Se prolonga en el opaco tránsito de Pérez Jiménez y en la hegemonía del mandón de la actualidad, a la cual no le han faltado maquilladores como los del Benemérito. No con tantas letras ni talentos, pero con parecido empeño. En ellos continúa una historia lamentable que ha tenido contrincantes de sobra y los encuentra ahora en una sociedad curada de espantos, aunque no lo suficiente como para considerar a la mandonería que hoy padecemos como una abominación que nos conecta con los peores tiempos del antirrepublicanismo antiguo. Se supone que estos tiempos son mejores, en comparación con los de Monagas, Guzmán, Crespo, Castro, Gómez y Pérez Jiménez, pero tenemos que probarlo cuando haya ocasión.

eliaspinoitu@hotmail.com