El tremedal

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Un tremedal, en el ámbito político, es un terreno pantanoso que estanca las iniciativas de cambio. En Venezuela estamos en un tremedal, luego de un empuje dinámico que suscitó muchas expectativas. Un tremedal político no suele hacerse por sí mismo. Es consecuencia de factores diversos que confluyen para acuerpar la charca, es decir el tremedal. Ello no significa, en el caso venezolano, que se afianza la hegemonía roja, pero sí que obtiene lo que más necesitaba: tiempo y margen de maniobra. En realidad, ya no hay vuelta atrás, en términos de retornar a los tiempos populares de la hegemonía. Esos tiempos no volverán. Pero eso no implica, de forma inexorable, que la hegemonía no pueda prolongarse a costa de terminar de sacrificar lo que queda de país.

Cuando uno escucha o lee a un reconocido vocero opositor el afirmar que están dispuestos a participar en unas próximas elecciones, pero con condiciones adecuadas… uno necesariamente confirma que estamos en un tremedal. Porque esas afirmaciones se han venido planteando, una y otra y otra vez, a lo largo de muchos y lastimeros años, y no ha pasado nada definitivo. La hegemonía ha seguido haciendo o, más bien, deshaciendo, lo que le ha dado la gana. Y en la acera de enfrente se ha visto una sucesión de altibajos; con bajos de pública, notoria y comunicacional complicidad con el poder, y con altos de gran valor y compromiso que, por lo general, tienen más apoyo en la base social que en los comandos de dirección.

Así como numerosos autores espirituales sostienen que el desaliento pierde las almas, así también el desaliento pierde las fuerzas de cambio de una nación en crisis generalizada. Pero el desaliento no es sólo la obra perversa de una maquinaria de propaganda y manipulación como la que maneja el legendario G-2 cubano. Tal obra no se debe subestimar porque es real y eficaz. El desaliento no es consecuencia exclusiva de las estrategias de un poder despótico y depredador. Hay más. Hay la incapacidad para comprender la naturaleza del despotismo destructivo que asola a Venezuela: incapacidad que ni siquiera la catástrofe humanitaria ha conseguido atenuar. Hay el aprovechamiento de la criminalidad organizada o espontánea, sobre todo la que proviene de familias de supuesto renombre y cuyos personeros suelen habitar en lujosos pisos madrileños. Hay toda una estructura hegemónica, de composición político-militar que no tiene alternativa al control del poder, y lo saben bien.

Y hay muchas cosas más, algunas visibles y otras encubiertas, que conforman un entramado de intereses, en el cual el pueblo venezolano es carne de cañón, y lo que cuenta es el arrase patrimonial de un país que llegó a ser, a pesar de gran parte de sí mismo, un país con importantes logros y con no pocas perspectivas promisorias. Casi me da pena decirlo, pero a veces encuentro más lucidez crítica hacia Maduro y los suyos, entre gente que apoyó ostensiblemente al predecesor –y muy probablemente le sacó el jugo a ello, con el consentimiento y acaso con el aliento del propio predecesor–, que entre gente que está llamada a liderar la lucha por el cambio efectivo, dada sus posiciones, relaciones, o las percepciones que suscitan, como adalides de un mañana que, lamentablemente, no acaba de llegar.

¿Se puede salir del tremedal político? Ciertamente se puede. Es fácil. No, nada fácil, porque las expectativas de cambio están erosionadas –para decirlo con levedad– y porque palabras como negociación y diálogo, sirven de pretexto para los que siempre están pendientes de sus intereses particulares. Y aclaro que digo “palabras como negociación y diálogo”, porque de las palabras, o en realidad de las palabrerías, nunca se ha pasado a realidades concretas. Nunca en estos años de mengua. La política es en esencia negociación y diálogo. Pero en Venezuela esa política dejó de existir hace mucho tiempo, y pretender lo contrario es una burla sangrienta. La reconstrucción de Venezuela supone avanzar a una sociedad donde el diálogo civil sea la norma política por excelencia. Pero primero hay que salir del tremedal. Y cuanto antes, mejor.
Fernando Egaña

flegana@gmail.com