Lucho Gatica... Somos...

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"Después que nos besamos/ con el alma y con la vida/ te fuiste por la noche/ de aquella despedida/ y yo sentí que al irte/ mi pecho sollozaba/ la confidencia triste/ de nuestro amor, a ti/ Somos un sueño imposible que busca la noche/ para olvidarse del mundo/ de Dios y de todo/ Como en nuestra quimera/ doliente y querida/ dos hojas que el viento/ juntó en el otoño/ Ay, somos, dos seres en uno/ que amando se mueren/ para guardar en secreto/ lo mucho que quieren/ Pero qué importa la vida/ con esta separación/ Somos dos gotas de llanto/ en una canción/ Nada más que eso somos/ nada más". Intérprete: Lucho Gatica. Autor: Mario Clavel

El Congreso de Bolerología ya ha quedado atrás. De vez en cuando recibo una postal de Diotima en la que me cuenta de todo y de nada. Aunque no hemos vuelto a vernos, fuimos muy amigos. Somos.
- ¿Somos? - Me preguntó aquel día, cuando fue a despedirme al aeropuerto.
- Somos- respondí
- Somos – dijimos - y nos dimos un largo abrazo.
Diotima había adivinado con una sola palabra la razón por la cual me acerqué a los boleros. La verdad, no me acerqué. Yo acudí simplemente al llamado del bolero Somos. En este justo momento lo estoy escuchando. La interpretación de Gatica es excepcional, estaba en su mejor hora. Y los versos de Mario Clavel trascienden al bolero hasta llegar a situarse en los umbrales de la filosofía. Al escucharlo siento lo mismo que aquella vez cuando llegué a las palabras de ese bolero sin mediar razón ni lógica. Ocurrió, como todas las cosas interesantes de la vida, en el momento menos esperado.
Fue ese día, víspera de Navidad, cuando decidí romper relaciones con una editorial cuyo director había tenido hacia mí un comportamiento muy desleal. Son esos los momentos en que cada autor maldice su escritura y promete no volver a escribir más, por lo menos por mucho tiempo. Pero ya es sabido que quienes han escogido este oficio de escribir no siempre son dueños de sus actos. De pronto, cuando uno menos lo espera, somos llamados por algo o alguien y como un soldado a la guerra, o como un bombero a apagar un incendio, o como el médico cuando se dispone a dormir y recibe el telefonazo de un enfermo, no tenemos otra alternativa que aceptar el cometido señalado.
Regresaba ese día a casa desde la Universidad en la que impartía los cursos de Bolerología Teórica 1-2-a. El de Bolerología Social Aplicada 2-1-b era impartido por una profesora joven recién llegada. El curso de Bolerología Política 3-4-d, que yo también debía realizar, fue suspendido por escasa asistencia de los estudiantes. Para el próximo semestre el Consejo de la Facultad decidió, con una sola abstención, la mía, inscribir en el currículum un curso de Introducción a la Bolerología Sistémica 4-4-e el que por supuesto, yo deberé impartir. Pero ese día me disponía a hacer buen uso de mis breves vacaciones de fin de año, y para comenzarlas no estaba mal un vaso de tinto acompañado de música. No importa cual sea, me dije, sin saber cuál era el CD que estaba puesto. Resultó una selección de boleros que yo había comprado en mi última visita a México.
Escuché sin mayor atención algunos de ellos. Entonces de repente apareció Somos.

1.
Desde mis tiempos más jovenes me ha gustado ese bolero. Lucho Gatica lo cantaba como recitando y haciendo pausas de modo que era fácil entender las intenciones poéticas del autor, el argentino Mario Clavel. Ese día, sin embargo, me llamó la atención, más que antes, un verso: “Somos dos seres en uno, que amando se mueren”. Hice girar de nuevo el CD. En ese momento escuché que Norma, mi mujer, me llamaba. “Espera un momentito” –respondí- “Estoy escuchando un bolero ontológico”. Luego, olvidé el bolero. Había ciertos temas existenciales que resolver entre Norma y yo, por ejemplo sí esa Navidad cenaríamos pavo o ganso. Al fin, luego de una larga y profunda discusión teológica, nos decidimos por un pato. El mundo estaba en orden y yo me había declarado dispuesto a no escribir una palabra más, de modo que podía dedicarme a leer una ruma de novelas postergadas. Pero en medio de la noche no pude más. Me levanté como un sonámbulo y volví a escuchar Somos. Estoy condenado, me dije. El enigmático sino de la vida me ha ordenado escribir sobre este maldito bolero. En fin, serán un par de páginas y nada más. Así han comenzado casi todos mis libros, con un par de páginas y nada más. Somos fue el comienzo de un trabajo apasionante, aunque quizás digno de mejores causas. No importa, ya que para decirlo en tono de bolero, “el destino lo ha querido así”. Después de Somos comencé con otro bolero, otro, y otro. Al llegar al final me di cuenta que algunos conceptos emitidos en Somos debían ser revisados. Entonces borré el Somos. Y ahora estoy de nuevo, al final como al comienzo de esta historia, escribiendo sobre Somos.

2.
La verdad es que Somos condensa la temática de casi todos los boleros de la historia universal. La razón está en el título:
Somos es el ser del nosotros, a diferencia del soy y del eres que es el ser individual, y del sois y del son, que es el ser de los demás: los otros y los ellos. En cualquiera de los casos, el Somos nos remite al ser, y el ser es el tema central de la filosofía occidental desde que hay filosofía occidental. Ese es el punto común que tienen los boleros con la filosofía: el ser y su existencia. O mejor: el ser en su existencia. O mejor aún: la existencia en el ser. Y todavía mejor: el ser de la existencia. En cualquier caso, es el ser que nunca está siendo solo y que para ser requiere ser un Somos. En cierta medida, en los boleros el ser es el Somos, de donde se puede deducir que en su esencia -suponiendo que los boleros tengan una esencia- los boleros son profundamente anticartesianos. En contra del pienso luego existo, el postulado de los boleros es, más bien: somos luego soy. Eso quiere decir que el ser no es un “en sí” sino una relación que se hace siendo. Siendo en ..... : ese “en” es muy importante.
El primer problema ontológico que tenía que resolver a través del bolero Somos era, por lo tanto, la ubicación exacta del ser del Somos. La respuesta me la dio el mismo bolero, y en sus primeras líneas. El ser del Somos se revela en toda su magnitud cuando ya no es. El Somos aparece como un deseo de ser lo que fue y ya no es, hecho que se reconoce cuando lo que ya ha dejado de ser, a través como dice el bolero, de una despedida, no sólo ya no es, sino tampoco está. Luego el Somos asoma a la vida como continuación de un haber sido, o como consecuencia de una unidad perdida la que sólo se reconoce cuando el otro pasa a formar parte de un nos-otros. El Somos será siempre un somos nuestro, un nos-otros que nos hace nuestros y otros a la vez.
El Somos siempre ha sido.
El reconocimiento del Somos surge como resultado de esa maravillosa capacidad humana de convertir el pasado en un presente: atributo casi divino. Es, si se quiere, esa capacidad que me hace estar contigo en la distancia. Distancia que no es sólo geográfica. Puede ser la distancia en el tiempo la misma que nos hace ver en nuestra vida la presencia imaginada del ser ausente: seguir viviendo en un Somos que no está, pero que, sin embargo, es. Más aún: cuando el sentimiento ha abandonado los sentidos, ha comenzado quizás el momento del amor, que es el verdadero Somos. Por ejemplo, si yo quiero, puedo escuchar la melodía de Somos sin oírla, basta recordarla para que en mí aparezca, aunque no como imagen sino como acorde. Esa capacidad que tenemos para escuchar sin los oídos, para ver sin los ojos, es la que nos permite amar.
Para amar, entonces, hay que saber callar a tiempo.
El amor surge después de la palabra, cuando escuchamos las palabras dichas sin los sentidos pero con los sentimientos. Es por eso también que el amor, al ser en muchos casos un sentimiento, no tiene sentido. Lo que en ningún caso significa una designificación de la materia; ya que eso somos. Al fin y al cabo, para que el amor sea post-material requiere de la materia para emerger hacia la vida. En esa misma dirección podemos decir que el sentimiento surge de los sentidos, pero para que sea sentimiento tiene que emanciparse del lugar de origen, y eso es lo que permite, a su vez, amar en la distancia.
Quien no puede amar en la distancia (o desde la ausencia) -sea la distancia del espacio, o la del tiempo- no puede amar.

3.
Somos un sueño imposible que busca la noche.
Ese es el ser del amor cuando en el amor somos. Esa única frase contiene en sí un mundo, el que podemos pasar por alto en un bolero si nos dejamos únicamente arrebatar por el ritmo de su cadencia, su música que por ser música tiene por cometido disolver las palabras en sonidos. Luego, Somos quiere decir que existimos, pero no sólo eso: existimos el uno en el otro, y por esa razón somos. Somos es un plural nosótrico, no vosótrico. Es un solo ser compartido por dos. Dos en uno. Es el reconocimiento de que a pesar de no estar juntos, somos en la imposibilidad de un sueño, de tal modo que, por lo menos en la letra del bolero, la imposibilidad se convierte nada menos en condición de la posibilidad.
Porque un sueño no es sólo lo que soñamos. Un sueño es lo que deseamos. El sueño es, en este caso, el deseo de dos por estar juntos, dos que quieren ser uno, un solo Somos, pero no pueden serlo, y por eso es un sueño, o lo mismo: un deseo que se sueña. Sin deseo no hay sueños. Un sueño no sólo es un deseo del ser. Es, sobre todo, un deseo de ser. Aunque ese ser sea un imposible.
No hay amor más grande que un amor imposible. Por lo menos eso es lo que nos ha dicho la literatura mundial. Mas, ¿qué grande amor, al ser tan grande es posible? Tanto amor como el que a veces tenemos no puede soportar el mundo. ¿O el amor para ser digno de su totalidad ha de necesitar de otro mundo para ser posible? Pues si fuera posible, no tendría la imposibilidad, y si la imposibilidad no se tiene, no hay sueño, y si no hay sueño ¿hay amor? Porque la imposibilidad es, evidentemente, un tener. Y tener lo posible dentro de sí es lo más natural que hay en la tierra. Tener guardada la imposibilidad dentro del alma es casi un don divino.
Ese, el mundo de lo imposible, ya no es nuestro. El mundo de los sueños tampoco es nuestro porque los sueños sólo anticipan el mundo que no vivimos, que es ahí donde efectivamente somos (casi escribí: seremos). La imposibilidad de ser es la condición del ser. Con esa última frase quiero afirmar que el ser vive en (y de) su imposibilidad, por eso somos siendo, y nunca somos definitivamente en el Ser. Y, si aún así, y si aún así se produjera el milagro de que el ser coincidiera alguna vez con el Ser, nosotros dejaríamos de ser un ser-siendo, y eso, dada lo humana que es nuestra condición, significaría dejar de ser lo que somos.
¿Quiere decir que entre vivir y ser hay una contradicción? Si no hay contradicción, hay por lo menos una diferencia. Hay muchos que han vivido sin ser. En cambio nadie ha sido sin vivir. Quiero decir: vivir es una condición del Ser. Ser, lamentablemente, no es una condición del vivir. Un árbol vive. Si un árbol es, es sólo para quien está siendo. No para sí. Aunque no estoy seguro: quizás los árboles también tienen un “para sí”. Lamentablemente, los árboles no hablan. O si hablan, no conocemos su idioma.
El hecho de que el sueño imposible busque la noche y no el día nos está diciendo que el objetivo del deseo yace oculto en algún lugar. Oculto como las raíces de un árbol. Las raíces son el pasado del árbol, pero a la vez su fundamento. La imposibilidad del sueño viene de la imposibilidad de convertir en posibilidad lo que ya fue en el pasado: nuestras raíces. Pero sin esas raíces, no podríamos elevarnos hacia el futuro, donde nuestro sueño es imposible: nuestro sueño ya sucedió. Está en nuestras raíces, en el pasado. Quizás vive todavía en ese momento en que todavía no éramos. Ahí reside el nudo de la imposibilidad. El amor es un intento fracasado por recuperar aquel pasado donde todavía no éramos. Y no éramos simplemente porque no estábamos ya que nuestra forma de ser es la de estar siendo. Esa es probablemente la razón por la que el amor, o el deseo del ser en un Somos, busca la oscuridad, si no la del invierno, por lo menos la del otoño.

4.
(Somos) dos hojas que el viento juntó en el otoño, dos hojas que el viento junta, producto del simple azar, o contingencia. El viento es el tiempo que nos impulsa hacia delante en el otoño. Ser en el viento es ser en el tiempo. Ser en el viento del otoño es avanzar hacia el invierno de nuestra vida. ¿Por qué las hojas del Somos no las juntó el viento en el verano, o por lo menos en primavera? La respuesta es que tanto el verano como la primavera son las estaciones de la materia viva. La primavera es el momento en que estallan las flores, cuando la alegría de vivir es tan grande que apenas hay tiempo para preguntarnos del porqué de las cosas. La primavera hay que vivirla en dirección al verano, cuando en medio del calor, bajo el sol, la materia de los cuerpos busca su fusión sin preguntar razones. El viento del otoño en cambio es ya el tiempo del pensamiento. Cuando la luz comienza a descender anunciando su imposibilidad, pensamos en la luz que poco a poco se nos va. Al recordar el tiempo que ya no es, tomamos noción del tiempo, sabemos de donde venimos, sabemos hacia dónde vamos: hacia el frío del invierno, que es la muerte. Comenzamos definitivamente a ser más en el pensamiento que en la materia que somos.
Amar es pensar en el amor, y el pensar es lo que más cerca está del ser. El amor ha sido siempre otoñal. Las hojas se las lleva el viento, y sabemos ya que esas hojas ya no serán. Nuestra imposibilidad de ser se convierte poco a poco en la más grande de las posibilidades puesto que sabemos que el retorno de la primavera no será posible y que el verano ya no viene, aunque a veces todavía brille el sol que comenzamos a amar casi con religiosa devoción. No quiero que el viento del tiempo se lleve la hoja que a mí se ha unido en el otoño y ese no-querer-que-tú-te-vayas, sabiendo que vas a morir, sabiendo que voy a morir, es el amor del ser que quiere ser porque poco a poco ya no es.
Ay, somos dos seres en uno que amando se mueren. Que amándose mueren.

5.
Que amándose mueren.
En el otoño, el viento trae consigo el extraño rumor de la muerte. En el otoño somos el ser que va hacia la muerte.
El viento que es el tiempo, el viento del tiempo, nos lleva hacia nuestro propio fin. Sabemos ya que nuestro amor es imposible porque vamos hacia ese fin que también será el fin de nuestro amor. Porque amando nos estamos muriendo y muriendo nos estamos amando. El viento del otoño nos lleva hacia el invierno, es la muerte del otoño. Esa muerte lleva a amar lo poco que aún tenemos. Y solamente podemos saber lo que tenemos –qué ironía- cuando lo que tenemos anuncia su fin. La imposibilidad del amor crea así su propia posibilidad. Todos los amores, frente a la muerte, son amores imposibles. Pero a la vez, porque sabemos que muere, nace el amor. Es esa la imposibilidad de la posibilidad, nuestra única posibilidad, la única que tenemos. Es la misma que lleva a las hojas del otoño a juntarse unas con las otras: así es su modo de ser. El invierno se acerca arrastrando consigo el frío de la muerte. Ya nos queda muy poco calor. Por eso buscamos la tibieza juntando los cuerpos unos con el otro. Sabemos ya que la única forma de ser uno es siendo un Somos. Nuestros seres se juntan. Somos dos en uno. Comienza el amor, justo allí cuando anuncia su ocaso. Somos dos seres en uno que amando se mueren. Que se mueren amando. Que aman porque mueren. El amor es la última gracia concedida a los mortales. A los que amando, mueren.

6.
Pero que importa la vida con esta separación
Lo que no quiere decir que la vida no tiene importancia sino que la vida no puede ser vivida a partir de la escisión del Somos. Pero ¿de cuál separación? ¿La del dos del uno? ¿O la del uno del dos?
Dos seres en uno, dice la canción. El ser del Somos es la condición del ser del Uno y no a la inversa. Luego, si el ser del Uno ya no existe en el ser del Somos -que no es lo mismo que el ser del otro, porque el Somos no son dos sino dos devenidos en uno, o sea, el Somos es un uno: una singularidad- el uno deja de existir en el Somos. Pero el Somos, ya lo hemos dicho, es la forma, no una forma, es la forma del ser del ser. La separación entonces no es la separación de dos seres sino de un Somos que a la vez es un solo ser. El ser de cada uno no es singular. Somos siempre en..... Así como el ser no es un “en sí”, sino porque el ser es un Somos, dejar de ser un Somos es dejar de ser un ser. El ser es el Somos. Es, en suma: el ser en su relación con el Ser, a través del dos en uno, que eso es el Somos: eso es lo que somos.
Es el Somos “quien” hace posible la presencia del yo. Pero el yo no es un ser. El yo es una forma abstracta del ser del Somos. La desaparición del Somos es, en este caso, la propia desaparición de la vida de un ser. Pero qué importa la vida con esta separación, no es entonces un grito lanzado al vacío. Sin un amor, vale decir, sin un Somos, la vida no se llama vida, sin un amor: no tiene fuerza el corazón. Así dice un antiguo bolero. La vida sin un amor no tiene nombre: es la deducción que hicimos una vez, Diotima y yo. Y si la vida no tiene nombre, a nadie puede importar vivirla puesto que se trata de una vida sin mención.

7.
Somos dos gotas de llanto, en una canción
Al final de la canción, el ser anuncia su derrota. El ser del Somos comienza al avanzar el otoño a disolverse en sí mismo revelándose su verdad en la forma más radical posible. El ser del Somos es siempre una transición que avanza hacia otra forma del ser- siendo de modo que la condición natural del ser es su agonía, la que en el otoño será visible.
No me refiero a las marcas que el viento del tiempo va dejando sobre nuestros rostros; ni siquiera a la vejez ni a su objetivo final: la muerte. Me refiero a la transformación del ser en sus formas, las que podemos testimoniar porque las hemos visto o escuchado. La transformación del ser de una canción en un sonido, por ejemplo, cuando las palabras pierden sus signos y siguen, como ocurre en algunos boleros, el simple tono de la música. Porque las palabras en un bolero se encuentran casi siempre puestas al servicio de su elemental melodía.
Un bolero es una entidad intermedia asomada entre la música y las palabras. El poema, palabra pura, sigue ese son y lentamente, poco a poco, la palabra se convierte en música. Por eso los boleros son tristes. Cada bolero es un adiós dicho con muy pocas palabras. Los boleros son metáforas del amor. El amor vive a su vez en el Somos. Al fin solo somos dos gotas de llanto en una canción. Nada más: eso somos.
Un día cualquiera, nosotros, que nos queremos tanto, desapareceremos de la faz de la tierra, quedando de nuestras vidas una pena inmensa que llorosa se disuelve en la posteridad de un bolero cuyos acordes seguirán sonando, traídos y llevados por el viento del tiempo.
Así simplemente: como las hojas caídas del otoño. Eso somos.
Fernando Mires

Fuente: https://polisfmires.blogspot.com