El día después

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En nuestro país, los números son entidades vivientes. Nos hemos acostumbrado a vivir entre números y sus fechas: el 23, el 12, el 23, otra vez. Todos, en el fondo, buscan otro día que para muchos es uno nuevo y para otros, el día después. En ese sentido, Axel Capriles en su libro Las Fantasías de Juan Bimba, un ensayo sobre la forma de pensar del venezolano, afirma que nosotros “pasamos repentinamente de un estado de ánimo a otro, con las explosiones emocionales y antagonismos que pueden ser solventados por un simple abrazo, y que hacen que nuestras recurrentes crisis siempre se vean pasajeras”. Es decir, todo se puede morir o nacer en una fecha y si no, tranquilo, existirá otra. En todo caso, el nunca es el hoy, quizás por ello la paciencia, la ilusión y desespero, son tan efervescentes como comunes en nosotros, pues, estas actitudes y emociones viven en el hoy, que es antes del día después.
Sin embargo, es de saber también que cualquier día después, cuando llegue, será vivido bajo lo que fuimos ayer y lo que nos preparamos para el hoy. Será esa nueva actitud o la misma, la que determinará cómo será el futuro, bien sea con libertad o sin ella, en democracia o sin ella. En este sentido, todo puede cambiar en el futuro si yo cambio, o nada cambiar para seguir igual. La diferencia estará en mí, y en cómo construya el hoy.
Los días después de cualquier evento importante en la vida generan emociones cruzadas. Luego de la boda, el divorcio, la separación, el nacimiento de un bebé o la muerte de alguien cercano, se pone a prueba al ser humano, inevitablemente, en el día después. Ese día, casi siempre se acaba la reflexión y comienza la acción, la cual determinará el futuro de muchos días después. Es así como por ejemplo, luego de la Segunda Guerra Mundial, ya los porqués de cómo se llegó allí no tenían sentido para muchos, el resolver lo básico para vivir era la prioridad por encima de cualquier diferencia.
En estos días, se cumplen 72 años de la fecha en que el presidente Harry S. Truman creara el Plan Marshall, cuya ayuda humanitaria fue de 13.000 mil millones de dólares, (hoy serían unos 100.000 millones de dólares), que fueron destinados a la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, (la OEA, a comienzo de febrero de 2019 recaudó en media mañana el 10% al día de hoy de ese plan para ayuda humanitaria a nuestro país). Sin embargo, a aquellas celebraciones victoriosas de la post guerra les siguieron sentimientos de desolación el día después. En la misma Alemania, donde 20 millones de personas perdieron su hogar, se escuchaba un chiste macabro que recogió algo de la naturaleza humana de siempre: “Disfruta de la guerra, la paz será terrible” y efectivamente, fue espantosa. La lucha se convirtió en un todos contra todos, en medio de la necesidad de reconstruir un continente que había perdido más de 60 millones de personas y destruido el 80% de sus ciudades. Descubrir que muchos ciudadanos habían colaborado con el enemigo, lo robado despiadadamente, la venganza, la estigmatización de la población, reconstruir la ciudad para que vivan mejor los que la destruyeron, fueron consignas comunes. Sánchez Biosca en su libro: El pasado es el destino, describe que: “Luego que los alemanes fueron liberados de la terrible dictadura se dedicaron a humillar y castigar a su misma población”. Es decir, los días después de la guerra o de la dictadura, el odio, la venganza y la frustración se mezclaron con las ganas de avanzar, la esperanza y el no volver atrás. Sin duda, semejante coctel implicaba poseer un alto grado espiritual de coherencia para avanzar como sociedad.

Ahora bien ¿por qué esa reconstrucción y ayuda económica hizo a la Europa de hoy? (en los cinco años que duró el Plan, Europa vivió el periodo de máximo crecimiento económico de su historia). Los historiadores dicen que los jóvenes políticos debieron decidir entre dejar las cosas como estaban, para que no se olvidara el dolor, recoger los restos y hacer museos, o comenzar de cero en todo, dejando el odio, la venganza y los orgullos nacionalistas atrás, generando un cambio de actitud individual con impacto social que no los volviera a llevar donde comenzó el desastre. La coherencia entre la palabra y acción determinaría a la Europa, del después; es así como los jóvenes políticos, decidieron por lo último: comenzar de cero.
Pensar entonces en el día después de nuestro momento histórico, implica al igual que la Europa de la post guerra, un cambio desde cero. Intentar mantener o decidir qué somos y para ello la incoherencia en el hoy puede darnos algunas pistas de lo que podría suceder. No hablaré de la trivialidad de vender efectivo, las infracciones de tránsito, ni de comprar por Amazon algo en Dollar Tree por un dólar y venderlo aquí en 30 dólares, menos del hecho de ir a una marcha de protesta en la mañana, y en la tarde, ir a “raspar” en algún restaurant la tarjeta internacional aprovechando la tasa oficial, beneficiando con esta habilidosa jugada financiera (en una semana por esta vía el Gobierno recibió cerca de un millón de dólares) a quien es la causa de la protesta matutina. No, no me refiero a eso, me refiero a decir si seremos “Maisanta” o “Juan Bimba” (Juan Bimba según Axel Capriles es el típico venezolano gentil, gozón y chévere, el vivo criollo, tramposo individualista y anárquico, mientras el Maisanta, el general Pérez Delgado, es la personalidad carismática, valiente, temerario, desafiante y soberbio). Aquí cabe destacar lo que en la psicología humanista de Paul Goodman existe como axioma y que define este impacto desde lo individual a lo social: “El todo es mayor que la suma de sus partes” que sintetiza que un individuo no solo es la suma de sus experiencias, su pasado, sino que también es la suma de todo eso que influye en su percepción y comportamiento de la sociedad, es decir, si muchos son iguales a algo, la sociedad tiende a hacer ese algo. El país es como es, porque el país es usted y soy yo.
Sin duda, el día después implica algunas tareas: qué hacer con las incoherencias, las ambiciones desmedidas, la viveza criolla, la soberbia y los resentimientos. Al respecto, la historiadora Ruth Capriles, en: El libro rojo del resentimiento, plantea que “los venezolanos somos por naturaleza niveladores de diferencias, integradores y que la intolerancia y hostilidad que hoy signa nuestras relaciones surgieron de un liderazgo político que estímulo y se apoyó en las diferencias y resentimientos para acumular poder. Es decir, no nos pertenece y es esa emoción simbólicamente manipulada la que ha creado una polarización agresiva de parte y parte, con la que en el día después debemos lidiar empezando por romper con la fijación del pasado, un pasado que ya es imposible cambiar, dibujando con ello que el futuro deseado no logrará sus frutos si guarda escondida una psicología de víctimas y victimarios.
Para finalizar, les cuento que el Plan Marshall se implantó casi cuatro años después de terminada la guerra. Para ese entonces, los 16 países que recibieron esa ayuda humanitaria ya habían avanzado en ser lo que son hoy. Esa ayuda que duró cinco años aceleró ese crecimiento pero no fue determinante en su cambio hacia el futuro. Cada ciudadano puso lo suyo en función del todo de esa reconstrucción. Hoy, nuestro país tiene la oportunidad de comenzar de cero y con dinero fresco, sin edificios derrumbados por bombas ni ciudades destruidas. Tienen sus ciudadanos la oportunidad de dejar de ser el “Maisanta” o el “Juan Bimba” de antes, para convertirse en otro ciudadano, uno que hoy no existe y que puede ser posible, uno al que la viveza criolla, la venganza, la incoherencia no sean su carta de presentación. Es, sin duda, un momento único para hacer posible el sueño del país que desde hace años hemos imaginado, eso depende de mí y de usted para que sea posible si desde ya actuamos distinto a como todo nos llevó a estar en el día antes del después. @fritzmarquez360
Fritz Marquez