Contra la deshumanización de la comunidad negra

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Christian Cooper, que es un amante de los pájaros, se conoce como la palma de su mano una zona apartada de Central Park, en Nueva York, conocida como The Ramble. En este rincón del famoso parque aficionados como Cooper pasan horas observando a las aves, cuyas especies distinguen cuando las divisan con sus binoculares.

El pasado lunes su paseo habitual en tan particular paraíso cobró un giro inesperado. Gracias a los videos que hoy se hacen virales en las redes sociales, Cooper se salvó de ser encasillado en dañinos estereotipos. O, lo que habría sido más grave, se libró de ser acusado injustamente de un delito que nunca cometió.

A estas alturas, tanto en Estados Unidos como en el extranjero ha circulado el momento en que una joven blanca increpa a Cooper, que es un hombre afroamericano, cuando este le pide cortésmente que respete la norma de mantener a su perro atado en un área donde está prohibido que esté sin correa.

La mujer lo enfrenta y aparentemente llama a la policía para denunciar que un hombre afroamericano la está grabando y acosando en el parque. Cooper no se acerca a ella en ningún momento e insiste en que debe obedecer las regulaciones y atar a su perro, a la vez que el histerismo de la muchacha va en aumento.

Una vez que millones de personas vieron el video del incidente –el cual acabó con la mujer colocándole la correa al perro y Cooper siguiendo su caminata en busca de pájaros exóticos–, nuevamente se reavivó una espinosa cuestión: el racismo que día a día enfrentan principalmente los hombres afroamericanos, cuyas vidas corren peligro por cosas tan simples como un ademán, una vestimenta particular o un paseo en el vecindario equivocado.

Sobre tan desagradable episodio, a raíz del cual la joven en cuestión ha perdido su trabajo en una compañía de finanzas, Cooper dijo en una entrevista que no iba a permitir ser víctima de lo que denomina la “intimidación racial” que muchos blancos ejercen, con el propósito (consciente o inconsciente) de “deshumanizar” a un individuo afroamericano. Las imágenes dejaron al descubierto la intención de la mujer de erigirse como la víctima por la mera presencia de un hombre negro, sin siquiera admitir que era ella quien infringía la ley y no el señor que cortésmente le pedía que cumpliera el reglamento.

Christian Cooper, con un título en ciencias políticas de Harvard y que ha sido editor de Marvel Comics, habla con serena propiedad de los prejuicios tóxicos que condenan a los hombres afroamericanos a ser percibidos como tipos sospechosos. Es tan persistente el racismo en el ADN de los blancos, que incluso alguien como él, con aspecto de intelectual bohemio más interesado en el zumbido de las aves que en los murmullos de las personas, le resultó una presencia amenazante a una mujer que no le iba a permitir que la dejara en evidencia por su falta. Difícilmente habría llamado al 911 si un hombre blanco la hubiera amonestado de igual manera.

Por una vez, la maniobra de demonizar a alguien por el color de su piel le salió mal a quien pretendía fingir ser una presa frente al supuesto lobo feroz. Pero esa innecesaria discusión pudo haberse convertido para Cooper en una pesadilla, tal y como les ha sucedido a tantos hombres negros.

Solo en los últimos meses un joven murió acribillado en Georgia cuando hacía jogging en un barrio de blancos. Y en Minneapolis estallaron las protestas (que se extenderon por todo el país) por la muerte de un hombre el 25 de mayo que pereció asfixiado cuando estaba tendido contra el suelo mientras un policía lo pisaba en el cuello con la rodilla. Con zozobra, un activista afroamericano decía en CNN que el peso de la historia que se repite puede más que la esperanza de que el racismo se erradique.

Christian Cooper, que ha tenido la generosidad de pedir que no haya un ensañamiento general contra la mujer que se cruzó en su camino y ha aceptado sus disculpas, ha dado en el clavo: nada ni nadie le va a arrebatar su humanidad por ser un hombre negro. Tras el contratiempo ha regresado a su rincón favorito en Central Park, donde con sigilo se detiene a escuchar el cantar de los pájaros. @ginamontaner.

Gina Montaner