Crisis del coronavirus: La enfermedad y el remedio

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En estos días de encierro necesario y responsable sobra el tiempo –me temo que demasiado– para escuchar a los políticos en prolongadas ruedas de prensa de las que se salva poca información sustancial.

Ocurre en España, donde el gobierno socialista a duras penas puede contener una gravísima crisis que se traduce en miles de muertes por una falta de previsión que está provocando un clamor popular.

Y también sucede en Estados Unidos, con un presidente capaz de contrariar los datos fehacientes que el doctor Anthony Fauci, inmunólogo eminente, facilita en comparecencias públicas esforzándose por ser la voz de la razón.

A finales de la pasada semana los estadounidenses se enfrentaban a un dato en extremo preocupante: el país ya alcanzaba el mayor número de casos de coronavirus, superando a China e Italia. Con Nueva York como epicentro de la pandemia que se extiende, los enfermos y las muertes comenzaban a teñir el mapa del vasto territorio. Desde los hogares donde los ciudadanos se resguardan de este letal avance, los mensajes de los políticos parecen habitar en un planeta lejano de la dura realidad de los mortales comunes.

Ocurre en el Reino Unido, donde el populista Boris Johnson, que el pasado viernes dio a conocer que ha contraído el COVID-19, hace unas semanas defendía medidas laxas para no frenar la economía.

Sin embargo, un informe científico del Imperial College de Londres echaba por tierra la propuesta desde Downing Street de que las personas de la tercera edad se aislaran en sus casas mientras el resto de la población se exponía al virus con el objetivo de desarrollar “inmunidad de grupo”. El estudio calculaba que con semejantes políticas las muertes podían ascender a 260,000. Y por esos días las morgues comenzaban a llenarse, lo que obligó al primer ministro a adoptar medidas más draconianas mientras ahora permanece en cuarentena.

Sucede en Estados Unidos, donde el presidente Trump parece refugiarse en una suerte de negacionismo mágico al difundir por Twitter, “La cura no puede ser peor que la enfermedad”. De naturaleza impaciente, antepone la urgencia de reanudar los trabajos y la dinámica económica a una situación que, de acuerdo a los expertos, exige el confinamiento de la mayor parte de la población para evitar más contagios y decesos.

Haciéndose eco de este mensaje, el vicegobernador de Texas, Dan Patrick, exhortó a las personas mayores a sacrificarse si era necesario para salvar la economía: “Los que tenemos 70 años o más, nos cuidaremos nosotros mismos. Pero no sacrifiquemos al país”. El señor Patrick se ofrecía como voluntario en la inmolación de la tercera edad con tal de que Wall Street recupere el pulso económico.

En esta reclusión que se prolongará lo que tenga que durar por el bien de la sociedad, toca escuchar estos discursos abstractos a costa de las vidas de personas que con el sudor de su trabajo han contribuido a la economía de la que tanto hablan lo tecnócratas sin corazón.

Es tan de otra galaxia pretender erigirse como salvadores de los índices económicos sobre la pila de muertos de carne y hueso. Es tan de otro mundo venir a decirnos la “alegría” que significaría que el país haya recobrado la “normalidad” en Semana Santa. O sea, en cuestión de días. Nos arengan desde espacios envasados al vacío. A mil años luz de la angustia reinante en el salón de la casa que no abandonamos hace días jugando al escondite con la muerte.

Hablemos de lo realmente importante: los amigos en Madrid que saben que por un buen tiempo no podrán ver a sus padres y les dejan en las entradas de sus viviendas las provisiones necesarias para sobrevivir en el confinamiento.

Los nietos en Nueva York que desde un cristal animan a sus abuelos enfermos a ganar esta cruenta batalla.

Esos momentos del día en que las personas que nos dieron el regalo de la vida nos aseguran por teléfono que están bien y se preocupan por nuestro bienestar. El deseo de abrazarlos fulmina como un rayo las intenciones de los demagogos que confunden la enfermedad con el remedio.

Con los valores esenciales no se frivoliza. Es lo que nos hace personas de bien. @ginamontaner.

Gina Montaner

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