Cuba, el País de Nunca Jamás

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Poco después de conocerse la noticia del fallecimiento de la célebre bailarina cubana Alicia Alonso, recibí un mensaje de un buen amigo: “Murió en el País de Nunca Jamás”.

Mi amigo consiguió salir de Cuba poco después del éxodo de Mariel y hasta el día de hoy tiene una pesadilla recurrente en la que aparece nuevamente en La Habana, donde fue perseguido por su orientación sexual y por ser un “desafecto” al régimen. Para él, lo que dejó atrás es un triste limbo habitado por un pueblo estancado y sin posibilidad de dar el salto hacia la prosperidad que va acompañado de la iniciativa individual.

La Cuba que defendió hasta el final Alicia Alonso es la de un canto del cisne agonizante pero terco en su propio estertor. El País de Nunca Jamás sin horizontes a los que asomarse y con dirigentes que les han impedido a los cubanos crecer y desarrollarse. Una suerte de distopía política de los Niños Perdidos que el autor escocés J.M. Barrie creó para su obra Peter Pan.

Resulta irónico que la prima ballerina de Cuba, y una de las más recalcitrantes defensoras de la dictadura castrista, muriera casi centenaria en ese País de Nunca Jamás en las mismas fechas en las que el Subsecretario Para América Latina y el Caribe de la cancillería mexicana declarara, “Cuba representa para México un emblema de la lucha por la libertad, un recordatorio permanente de que estas medidas como el bloqueo económico ya no corresponden a la realidad actual”.

Eso dijo el señor Maximiliano Reyes en una entrevista con motivo de la visita oficial a la nación azteca del recién nombrado presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel. El subsecretario de estado del presidente Andrés Manuel López Obrador parece ignorar que le daban la bienvenida al gobernante de una dictadura. En realidad, le trae sin cuidado la represión de un régimen que hace palidecer a lo que en su día el Premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa calificó de “dictadura perfecta”, haciendo alusión al férreo control que mantuvo el PRI durante 71 años en México.

Es debatible si el embargo de Estados Unidos a Cuba ha sido una medida eficaz. Sin embargo, lo que es incuestionable es que el modelo totalitario que los hermanos Fidel y Raúl Castro instauraron en 1959 pertenece a un pasado nefasto que se ha eternizado.

Parece mentira que, en estos tiempos, en los que felizmente ya quedan pocos defensores a ultranza de la revolución cubana, un gobierno que fue electo en las urnas con la promesa de acabar con la corrupción, la injusticia y la opresión que tanto daño le han hecho a la sociedad mexicana, reivindique frívolamente un régimen despótico. Desafortunadamente, los populismos tanto de izquierdas como de derechas enaltecen a los caudillos. Me temo que las palabras de Maximiliano Reyes son el reflejo de ese club de groupies que continúa admirando a la dinastía de los Castro.

Díaz-Canel, que gobierna bajo la sombra vigilante de Raúl Castro y el puñado de viejos comandantes que aún vive, es el chico de los recados que ha de viajar por el mundo mendigando la cooperación con países dispuestos a echarle una mano a la asfixiada economía cubana. Ahora tocaba ir a México con la misión de reforzar alianzas, en vista de que en Venezuela el chavismo naufraga en su propia miseria y cada vez le cuesta más subsidiar a La Habana.

Claro está, también está la amistad con Putin, otro hombre fuerte instalado en el Kremlin que cuenta con fans tanto en el ala del alt-right como en el extremo de los revoltosos bolcheviques. Cuba necesita desesperadamente la ayuda de socios económicos que alivien momentáneamente la crisis que atraviesa y que periódicamente se recrudece.

Las ideas del subsecretario Reyes y del presidente mexicano son las que chirrían con la realidad actual por desnortadas. Ellos también quedaron atrapados en el País de Nunca Jamás. @ginamontaner.

Gina Montaner

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