La conversión de un republicano que ahora no menosprecia el COVID-19

Gina Montaner's picture

Sucedió el mismo día. El pasado 15 de octubre, cuando en televisión nacional el presidente Donald Trump le restaba importancia a un evento en el jardín de la Casa Blanca que provocó la rápida propagación del COVID-19 en su entorno, uno de sus asesores, el ex gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, admitía que se arrepiente de haber minimizado las graves consecuencias que puede tener el virus.

Ambos cayeron enfermos en aquella nutrida reunión con motivo de la nominación a la Corte Suprema de la jueza Amy Coney Barrett, donde los invitados se comportaron como auténticos negacionistas del virus: casi todos sin mascarillas y burlando la distancia social con besos y abrazos que constituían todo un desafío a las recomendaciones del Centro de Control de Enfermedades (CDC).

Ya se sabe que en aquel convite al menos una docena de personas contrajo el coronavirus. Al poco tiempo, no sin antes pasearse por el país y dar mítines, Trump fue hospitalizado y durante su convalecencia los médicos le suministraron un arsenal de tratamientos experimentales. Unos días después, proclamó triunfante que se sentía como “Superman” y que el virus había sido para él una “bendición”.

Mientras el presidente protagonizaba su convalecencia como un “reality”, más discretamente Chris Christie ingresó en un hospital de Nueva Jersey, movido, al igual que el mandatario, por el temor a sucumbir a un virus que puede ser letal. A fin de cuentas, los dos pertenecen a grupos de riesgo al tener sobrepeso, colesterol alto, condiciones de pre diabetes o diabetes. Además, el coronavirus afecta más a los hombres que a las mujeres y la edad es otro factor importante: Trump es septuagenario y Christie, con al menos una operación de reducción de estómago en su haber, está en el umbral de los 60.

La recuperación de Trump se televisó a bombo y platillo. El presidente calificó su mejoría de “milagrosa” (en realidad los medicamentos que lo salvaron son producto de la ciencia) y dijo sentirse como en sus mejores tiempos. En cambio, la convalecencia de Christie fue de muy bajo perfil. Pero, tras haber salido del hospital, en una entrevista concedida al New York Times y por medio de un comunicado, el ex gobernador ha relatado su calvario y también su inesperada conversión.

Casi simultáneamente, mientras Trump se negaba a responder claramente si se hacían tests de COVID-19 cada día, Christie contaba que había asistido a la celebración en la Casa Blanca y había trabajado con el presidente y su equipo en la preparación de los debates porque confiaba en que todos se hacían pruebas a diario. Fue más lejos al admitir que había sido un “ingenuo”, seguro de que aquella exclusiva reunión constituía un “espacio seguro”.

A la vez que el mandatario no asumía responsabilidad alguna por la transmisión del virus entre un grupo de personas privilegiadas que ignoraron con desdén los principios más elementales de la prevención sanitaria en medio de una cruenta pandemia, un Chris Christie algo más manso de lo habitual se mostraba arrepentido de no haber usado mascarilla ni haber observado la distancia social.

Lo triste es que para llegar a tan obvia conclusión —le habría bastado con tenerles algo de respeto a dos eminencias como los doctores Anthony Fauci y Deborah Birx— Christie tuvo que pasar siete días en la unidad de cuidados intensivos debatiéndose entre la vida y la muerte. Toda una lección de humildad hasta para los más soberbios.

Por supuesto, al tratarse de un hombre poderoso y del círculo del presidente, también recibió tratamientos que no están al alcance de la mayoría de los enfermos que están batallando contra el COVID-19 en los hospitales. Eso, sin duda, contribuyó a que alguien tan vulnerable como él consiguiera sobrevivir.

Es evidente que Christie lo pasó muy mal. Su declaración, en la que urge a todos que sigan las normas del CDC, destila el ánimo de alguien que, como le sucedió a Pablo de Tarso cuando se dirigía a Damasco para perseguir a los cristianos, sufre una epifanía y pasa de la oscuridad a la luz.

No creo que Chris Christie (político de muchas mañas y pocas buenas) sea un hombre transformado, pero ya no es el mismo que compartía chanzas con el presidente.

Es lo que tiene escapar a “los heraldos negros que nos manda la muerte”. Le vendría bien leer al gran César Vallejo, que tanto sabía del estado de la melancolía. @ginamontaner.

Gina Montaner