La Iglesia católica avanza como el cangrejo

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Si fuera cierta la extendida creencia popular de que los cangrejos caminan hacia atrás (en verdad se desplazan de lado), habría que aplicarla a la Iglesia católica.

Según el primado papal, Jesucristo le encomendó al apóstol Pedro difundir su iglesia y se convirtió en el primer Papa. Desde entonces, los sucesivos jerarcas de la Iglesia de Roma han trazado los preceptos a seguir. Uno de los más discutidos en los últimos tiempos ha sido el celibato.

Tras el retiro de Benedicto XVI, apegado a la línea más conservadora, ha sido su sucesor, el Papa Francisco, quien ha avivado el debate en una época en la que cada vez es más difícil despertar entre los jóvenes la vocación del sacerdocio.

A diferencia de otras Iglesias como la protestante, que permite que los pastores se casen, en una era en la que los milénicos y la generación que los sigue se definen en su mayoría como agnósticos o ateos, el voto de castidad no es la mejor arma de proselitismo. Sin duda, Francisco es consciente de que un aire remozado y más acorde a los tiempos ayudaría a revitalizar seminarios que se vacían.

Desde que llegó al Vaticano de su Argentina natal, Bergoglio ha insinuado la posibilidad de que el sacerdote no tenga que renunciar a la parte carnal de la existencia. Una tímida propuesta que ha encontrado resistencia en su entorno. Tanto que, en esta última ocasión, con motivo de la publicación del documento “Querida Amazonía”, el Papa ha renunciado, o al menos lo ha esquivado, a defender su propuesta.

Preocupado por la falta de sacerdotes dispuestos a incentivar la eucaristía en un lugar tan remoto como la Amazonía, Francisco tuvo en mente ordenar a hombres casados para ejecutar este cometido. Incluso se aventuró a la idea de otorgarles a mujeres la capacidad de ser diáconas para impartir algunos sacramentos.

Poder viajar con la familia podía ser un aliciente frente a la solitaria alternativa de sacerdotes célibes en una parte del mundo en la que la vida ya de por sí es difícil.

Finalmente, este primer paso que podría haber abierto la puerta a cambios trascendentales en la Iglesia, se ha dado de bruces con la negativa del ala ultraconservadora que ve peligrar el celibato.

Y Francisco, que en su momento contó con el respaldo de su antecesor para ocupar la silla papal, no se ha atrevido a romper esquemas en una institución milenaria cuya esencia ha sido la de oponerse a la evolución de los tiempos.

Pero el inmovilismo no ayudará a aliviar la alarmante escasez de sacerdotes. Si de lo que se trata es de diseminar el Evangelio, este documento de 52 páginas carece de estímulos que atraigan a jóvenes con aptitudes religiosas. No debe ser la Amazonía el único rincón del mundo que inquieta al Vaticano. A fin de cuentas, hasta en las grandes capitales cada vez es más infrecuente ver sacerdotes y monjas.

Si para el sector más progresista de la Iglesia católica esta vacilación del Papa Francisco representa un balde de agua fría en lo que concierne a una mayor flexibilidad respecto al celibato, en lo relativo a la importancia de las mujeres en el seno de la Iglesia, sencillamente es como vagar en el desierto.

El planteamiento más osado es proponer que una mujer pueda ser diacona. Poco más. En el escalafón de la Iglesia las monjas no tienen el estatus del sacerdote a la hora de administrar los santos sacramentos. Y en los conventos y abadías siguen siendo las ciervas no solo de Dios, pero también de los curas, limitadas a ser sus asistentas.

La Iglesia católica aspira a perdurar y para ello no debe desaprovechar devotos, sino multiplicarlos. Es evidente que resistirse a avanzar le está pasando factura. El Papa Francisco lo sabe, aunque no se atreva a decirlo en voz alta. @ginamontaner.

Gina Montaner

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