El éxodo venezolano y la intervención americana

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La angustia y la tristeza, su herida: Esta es una reflexión dirigida a los presidentes de Colombia, señor Iván Duque; de Ecuador, señor Lenín Moreno; de Perú, señor Martín Vizcarra; de Chile, señor Sebastián Piñera; y de Argentina; señor Mauricio Macri. También la compartiré con el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), señor Luis Almagro; con la Alta Comisionada para los Derechos Humanos, señora Michelle Bachelet; y con el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, señor Antonio Guterres.
Mi reflexión deriva de una angustia, o mejor, de una tristeza que clava hondas sus uñas en mi espíritu y rasga una herida, que nos desangra.

Hambre, enfermedad y crimen: pústulas de la peste chavista
La calamidad humanitaria venezolana es inédita en la historia de Las Américas. El azote de crueldad y desprecio con el que régimen chavista está mancillando a la nación venezolana es de características bíblicas. Nada semejante habíamos padecido en nuestra corta historia de dos siglos emancipados: ni en tiempos de guerra ni ante las dictaduras militares más oprobiosas y atroces que ha sufrido la región. Nunca un pueblo había sido conducido a una agonía de hambruna, criminalidad y enfermedad tan calamitosas como las que padece el venezolano, ni instituciones culturales, políticas y republicanas habían sido desvencijadas y pervertidas como la manada de delincuentes chavistas lo ha hecho en Venezuela. Lo peor es que el adverbio “nunca” en este caso no sólo es una palabra invariable que modifica a un verbo, a un adjetivo o a otro adverbio, sino a toda la historia de un país y de un continente. El territorio emancipado por el Libertador Simón Bolívar empeorará todos los días, cada día será peor.
Más hambre, más criminalidad y más enfermedad es el destino de Venezuela y América Latina bajo la peste chavista.

Maldito el chavismo que destierra a Venezuela de Venezuela
Acabo de visitar Ecuador. Permanecí en Quito dos días y viví una experiencia de exilio y orfandad pavorosos. En tan sólo una jornada el conductor de taxi que me llevó al canal de TV era venezolano; la barista del café, venezolana; los dos choferes de Uber de la tarde, venezolanos; la vendedora de la corbata que compré, venezolana; el vendedor de sombreros tipo Panamá en el mercado de artesanías, venezolano; el camarógrafo y el sonidista en el canal de televisión, venezolanos; el mesonero de la pizzería, venezolano; y lo peor, el padre, la madre y los dos niños que pedían limosna en la acera también lo eran.
Maldito sea el chavismo que ha desterrado a Venezuela de Venezuela.

América Latina, ¿tierra prometida?
Supuestamente ya hay doscientos cincuenta mil venezolanos en Ecuador que han huido de la esclavitud y la barbarie chavistas. Unos ochocientos mil han permanecido en Colombia y unos setecientos mil han cruzado la Cordillera de los Andes en búsqueda de la “tierra prometida” latinoamericana en Perú, Chile o Argentina. ¿La “tierra prometida”? Cada una de esas maravillosas naciones hermanas tienen sus muy severos problemas sociales, económicos y políticos; recibir el éxodo venezolano no sólo es un acto de gentileza, es un acto de heroicidad, que los venezolanos recibimos conmovidos y agradecidos, pero alarmados porque entendemos las monstruosas complicaciones que tal acto de bondad representa para sus pueblos. La expectativa indica que la situación en Venezuela empeorará y empeorará, estamos ante un régimen despiadado y cruel, cuyas figuras más prominentes son narcotraficantes, criminales de lesa humanidad.
¿Qué haremos? ¿Observar la peor debacle humana de nuestro siglo o evitarla?

Más venezolanos que nunca, pero…
Semejante al Éxodo que buscaba la “tierra prometida” liderado por Moisés para liberar a los hebreos de la esclavitud que le imponían los egipcios, para los venezolanos la única indulgencia que ha procurado esta devastadora huida es la unidad de conciencia cultural, histórica, social y nacional que se ha levantado en torno a ella. Los venezolanos somos más conscientes que nunca de nuestra venezolanidad. Sin embargo, está indulgencia tiene su lado positivo, pero también el negativo, los venezolanos en masiva huida –y pese a que hemos sido recibidos con los brazos abiertos y piadosos– estamos ocupando puestos de trabajo, sirviéndonos de la asistencia social: médica, alimentaria y humana de otros países, en detrimento de colombianos, ecuatorianos, peruanos, argentinos y chilenos que también lo necesitan. No es justo ni para unos y otros.
La crisis social y de política pública es catastrófica para la región, y apenas comienza.

El apocalipsis de nuestro siglo
Venezuela vive a su modo un pandemonio apocalíptico. La gente muere de hambre por comida, por falta de medicinas o por vandalismo criminal en el desorbitado orden de miles al mes. En las cárceles –que por cierto están atiborradas de epidemias decimonónicas: malaria, lepra, tuberculosis y un horripilante etcétera– mueren centenares de reclusos olvidados, al punto que la dictadura ha decidido liberarlos y ponerlos en la frontera colombiana para desatar las furias delictivas en el continente, como hizo Castro en el éxodo de los “marielitos”. La situación es tan delicada como inverosímil. Mientras la criminal y cínica nomenklatura chavista se da banquetes carísimos con el chef Nusret Gökce (Salt Bae) como lo hizo el tirano Maduro, Venezuela y el continente colapsan.
¿Lo permitiremos? Más bien, ¿lo seguiremos permitiendo?

Madurez política, ¿la tenemos?
La lamentable xenofobia contra los venezolanos crecerá sin lugar a dudas. Puestos de trabajo, condiciones sociales y facilidades humanitarias tienen costos que los pueblos hermanos de América Latina no deben asumir ni pueden costear. Venezuela es un país rico asaltado por una manada de criminales de la peor y más indigna ralea. No se justifica el horror que está viviendo a manos de unos despiadados. Una intervención militar humanitaria para liberar a Venezuela salvaría a millones de latinoamericanos de la catástrofe y la ruina que se aproximan. Se necesita mucha firmeza, decisión y madurez política, sobre todo esta: madurez política. ¿La tienen los gobernantes latinoamericanos de la actualidad? Nunca antes en la historia de Las Américas desde su fundación había sido tan necesaria una acción de este tipo. Mientras antes mejor. La raza cósmica, como nos llamaba Vasconcelos, corré peligro. Salvémosla, hagámoslo en conjunto.
Es la decisión social y política más importante desde la Independencia, ¿la tomaremos? @tovarr
Gustavo Tovar-Arroyo