Agridulces navidades

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Las navidades venezolanas tienen un sabor agridulce. A pesar de que los resultados de las elecciones daban la esperanza de comenzar el 2016 con una nueva fórmula nacional, la apuesta firme del oficialismo de consolidarse a cualquier precio en el poder hace que las perspectivas sean, de nuevo, poco alentadoras. La Navidad, por lo tanto, es un breve tregua antes de que, aprovechando los últimos días en control de la Asamblea Nacional, el Gobierno movilice su maquinaria que permita la ingobernabilidad por parte de los nuevos diputados electos.

Otro aspecto que entorpece la celebración son las secuelas del fracaso revolucionario. El venezolano se sigue enfrentando a unos serios problemas de desabastecimiento y de escasez que hacen que la cena navideña sea más una preocupación que un motivo de alegría y encuentro. Lamentablemente, la pésima gestión de los últimos 17 años ha sido capaz de arruinar, no solo la economía nacional, sino incluso esas viejas tradiciones en las que había mesas llenas de hallacas y pan de jamón que se compartían, sin ningún tipo de prejuicio, con los más necesitados.

Tampoco se puede pasar por alto los problemas que existen para adquirir los regalos, ya que al escaso poder adquisitivo de la población se suman dos grandes inconvenientes: una inflación incontrolable que, usualmente, despunta con más fuerza durante las fechas decembrinas, así como una ausencia de productos que están vinculados, principalmente, a los intereses comerciales de grupos adeptos al gobierno que controlan la importación y que se benefician de los sobreprecios. Asimismo, el control cambiario juega un papel de gran peso, siendo el primer freno para que las empresas consigan fuera de las fronteras lo que se ha dejado de producir en el país (quizá siendo una de las fechas en las que más pesa la salida de Mattel de Venezuela).

Ahora, con unas navidades que no se asemejan a las que disfrutaban todos los años los venezolanos, el país intenta disfrutar en familia, presumiendo de normalidad, pero con las mesas y las billeteras más vacías. Una situación de la que solo se salvan quienes, en contra de los intereses nacionales, sacan la mejor tajada del gobierno y se enriquecen a costa de los padecimientos del resto de la población. No por casualidad, en la prensa internacional siguen apareciendo casos de corrupción venezolana en la que se vincula a los representantes de PDVSA con una red de sobornos.

La Navidad venezolana tiene un sabor agridulce, pero solo los ciudadanos tienen la receta para endulzarla con su carisma y, posteriormente, trabajar para un cambio que sea capaz de ofrecer una futura Navidad llena de prosperidad y un deseo de unidad que no tenga espacio para los colores o la ideología.