Cuando nos olvidamos de quienes somos

José Antonio Puglisi's picture

Los venezolanos se han olvidado de su identidad. Cada día, la imagen ciudadana queda un poco más distorsionada, más distante de su realidad. La división política sembrada por más de 15 años ha ido calando en las costuras de un país, removiendo sus bases y erosionando su superficie, hasta lograr crear una caricatura de sí misma que es incapaz de reconocerse ante el espejo. De ahí, que los venezolanos que, desde hace años viven en el exterior, consideren irreconocible el espíritu de sus compatriotas y busquen, casi de forma desesperada, algún puente que sea capaz de vincular el pasado con el presente y, juntos, comenzar a construir un futuro.

La misión, sin embargo, no es fácil. Durante los últimos años se ha sustituido el diálogo por la violencia, el entendimiento por la confrontación y el apoyo en la búsqueda de los intereses individuales. Se ha caído en un vacío tan profundo, que nadie parece capaz de recordar cuándo fue la última vez que la nación se abrazó en un sentimiento único, ese que, no tantos años atrás, era característico de las fechas decembrinas o en cualquiera de esas excusas que se encontraban para compartir como una gran familia. Eso, aunque sea doloroso admitirlo, sólo persiste como un lejano recuerdo.

Ahora, la realidad es distinta. La rivalidad entre los venezolanos ha pasado de una mera confrontación por equipos de beisbol, a la política y, desde ahí, ha contaminado a casi todos los sectores de la población. De ahí, que una simple conversación sobre cómo se pasarán las próximas fiestas de fin de año puedan ser un motivo de disputa entre quienes aseguran que celebrarán su reforzamiento en la Asamblea Nacional y quienes apuntan que, gracias a la incapacidad del Gobierno, tendrán que hacer malabares para encontrar la comida para preparar la cena.

La separación social, así como un virus latente, no ha parado de integrarse en el sistema nervioso de los venezolanos, mientras que las condiciones socioeconómicas no ayudan a encontrar una cura. En este sentido, se tiene a un ciudadano bombardeado por los mensajes políticos, mientras que, en el día a día, se enfrenta al temor de la inseguridad, a la escasez de alimentos y bienes de consumo, a la indignación de contar con un sistema sanitario nefasto y, como si fuera poco, a unos ingresos que, antes de la quincena, se han esfumado junto con sus aspiraciones de crecimiento social. Una bomba de tiempo que, mientras lleva a muchos a la migración, a otros los ata a un círculo vicioso de violencia y disentimiento, donde solo vence el más fuerte.

Los venezolanos se han olvidado de quienes son. Poco parece quedar de ese pueblo que era admirado por toda América Latina y que, durante tanto años, llevó orgulloso la antorcha del progreso y el desarrollo en la región. Sin embargo, no todo está perdido. La esperanza radica en que, si el venezolano logra despertar de su letargo y abandonar esas utopías que compró hace 16 años, podrá quitarse las cadenas que le oprimen, tomar una gran bocanada de aire y, con su espíritu indomable y carismático, emprender con rapidez el camino abandonado. Reencontrarse consigo mismo y, al reconocerse, volver a sonreír.