La miopía de los observadores internacionales

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Las elecciones son uno de los aspectos que más condicionan el destino del país. Venezuela afrontará, en diciembre de 2015, unos comicios electorales que definirán cuál será la nueva estructura de la Asamblea Nacional. Un cambio que determinará el panorama político del país y que representa una prioridad para los representantes del gobierno (quienes buscarán mantener la mayoría de los diputados) y de la oposición (quienes intentarán convertir todo el descontento nacional en una fuerza electoral que les permita dominar, por primera vez, la Asamblea Nacional).

Ante la importancia del proceso electoral, es imprescindible la presencia de observadores internacionales que permitan garantizar, en la medida de lo posible, la transparencia de la jornada, así como la veracidad de los resultados emitidos por el Consejo Nacional Electoral (CNE). Sin embargo, la visita de los representantes de otros países y de Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) debe ser implementada de forma estratégica para lograr romper con posibles fraudes electorales que puedan ocurrir desde las horas previas a la votación, así como en el mismo momento del escrutinio o en el posterior conteo electrónico de todos los votos.

Quizás, el mayor reto al que se enfrentan los observadores internacionales radica en vencer su miopía y salir de la zona de confort. Es decir, el impacto que pueden tener dentro de los grandes centros electorales de Caracas (y otras ciudades principales de Venezuela) es limitado. En especial, cuando se conoce que más de la mitad de los votos provienen de centros pequeños de una o dos mesas que están ubicados en zonas de difícil acceso y en las que hay una ausencia total de representantes de la oposición.

En este sentido, la capacidad de presión que tienen los observadores internacionales podría ser la solución para garantizar un proceso transparente en las casi 10.000 mesas en las que no hay representación de la oposición o de ninguna organización que permita garantizar la normalidad del proceso. Una situación determinante, ya que los centros electorales con tres o menos mesas representan el 71,3 por ciento del total de mesas existentes en todo el país y, por ende, donde se determina el futuro político de Venezuela.

La presencia de los observadores internacionales es un gran aporte para garantizar el curso normal de los procesos democráticos. Sin embargo, de poco sirven si están al margen del verdadero ‘caldo de cultivo’ de la soberanía venezolana, siendo los garantes de una mínima parte de las elecciones y realizando una labor limitada por las barreras oficialistas y por la propia inseguridad nacional. En este sentido, uno de los grandes retos para los observadores internacionales en las próximas elecciones parlamentarias será el de luchar contra su miopía y ayudar a eliminar sombras en un proceso electoral que, desde hace años, genera grandes dudas en la mayoría de la población.

@JosePuglisi