Más allá de la efervescencia

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La toma de posesión en la Asamblea Nacional ha sido un acto muy mediático. Las dos grandes fuerzas políticas del país han aprovechado la oportunidad para, por primera vez tras las elecciones, mostrar músculo de cara a lo que será el futuro del 2016. No es para menos, se trata de un hito histórico para los venezolanos, quienes analizarán como serán las sesiones parlamentarias ahora que la oposición cuenta con una mayoría muy amplia sobre el oficialismo.

A pesar de que los “revolucionarios” intentaron mostrar en la calle un apoyo popular que no consiguieron en las urnas, la jornada se inclinó favorablemente para una nueva apuesta política que, lejos de aplicar las fórmulas de la venganza, ha apostado por un discurso de entendimiento y compenetración, buscando tender puentes que les permitan, a pesar de no necesitarlo por ley, contar con el apoyo de los parlamentarios oficialistas. Sin embargo, la propuesta no ha sido oída por la parte con menor representación, quien ha abogado por el mismo discurso de la separación, alegando incluso la nulidad en el proceso de posesión.

Ahora bien, la efervescencia de la victoria tiene fecha de caducidad, por lo que será necesario que los cambios básicos de la dinámica parlamentaria queden en evidencia lo antes posible, marcando una pauta que delimitará los próximos años y que evitaría que los ciudadanos se sientan desilusionados en su voto. La principal tarea de la oposición es, por lo tanto, demostrar con fuerza que son capaces de cambiar la situación del país con las cuotas de poder que los ciudadanos les han otorgado, a pesar de que el Gobierno hará todo lo posible por bloquearles por cualquier medio, apostando por el voto castigo durante las próximas elecciones.

Aunque la estrategia está clara, hay que precisar los métodos. En las últimas semanas se han conocido algunos planes estatales como el intento de vetar a varios de los diputados electos, así como de establecer una institución paralela o de convencer a algunos de los representantes opositores para que cambien de lado a través de algunos beneficios tanto políticos como económicos. Un listado al que, con toda seguridad, se sumarán otras triquiñuelas que solo tienen por objetivo establecer trabas, robar cuotas de poder y apostar por la continuidad de un Gobierno que solo ha demostrado su capacidad para la destrucción del modelo económico, político y social.

El deseo desesperado de los oficialistas coinciden, además, con la aparición en medios internacionales de casos de corrupción en los que implican a los altos representantes del Gobierno con tráfico de drogas, corrupción e, incluso, con actos terroristas islámicos. Una combinación que solo ha servido para colocar a Venezuela entre las naciones con peor reputación del mundo.