Nostalgia tricolor

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Nací en una generación que soñaba con un futuro en Venezuela. Una que creció con la idea de que sus amigos les acompañarían a lo largo de los años y, cuando fuera el momento, sus hijos compartirían las navidades e, incluso, las aulas de clases. Creíamos ser la punta de la lanza que traería un cambio y que seríamos recordados por comenzar una recuperación que nos podrían a la cima de Latinoamérica y del mundo. No era una utopía, pero también nací en una generación que vio aplastados sus oportunidades por una “revolución” que ha vuelto nuestra tierra en un campo minado de incertidumbres e inseguridades que sólo dejan abierta la puerta de la inmigración.

Con el corazón en un puño, nos vimos embarcando en aviones que se distribuían hacia los destinos más lejanos. Atrás, entre el murmullo taciturno del Caribe, quedaron despedazados los planes originales, sostenidos a la distancia por las manos temblorosas de familiares que esperan con anhelo un regreso, pero que desean con todas sus fuerzas que los más jóvenes encuentren el futuro que su país fue incapaz de ofrecerles. Quizás para algunos se trate de la salida más sencilla. Para otros, representa el sacrificio inhumano de abandonar lo más amado en la búsqueda desesperada del progreso personal, profesional y familiar. Eso sí, sin nunca olvidar esas raíces que tienen la frescura de nuestras playas, el sabor de los platos y el espíritu indomable que vibra con la fuerza del Orinoco.

La nostalgia es inevitable. Aunque se piense, la distancia no equivale al olvido. Cada uno de quienes ha tenido que dejar atrás su vida para comenzar otra conoce lo difícil que es iniciar de cero. En especial, cuando hay que luchar contra una mayoría que, guiada por los estereotipos, considera que la cultura venezolana se limita a simples “pajaritos que hablan” o a las “bellas mujeres y paisajes naturales”. En este sentido, cada venezolano se convierte en el portavoz de todo un país e intenta demostrar sus aspectos más especiales y único que la distancia hace menos perceptibles, como el talento de nuestros profesionales o esa capacidad agridulce que tenemos para sonreír hasta en las situaciones más adversas.

Los kilómetros queman nuestra piel cada vez que nos acordamos del olor de El Ávila, de la brisa que acaricia el Lago de Maracaibo, del fresquito que rodea Los Andes, del sonido de las gaitas en Navidad y los consejos de nuestras madres que aún permanecen latentes dentro de nuestros recuerdos. Y, aunque todo está rodeado en medio de una hermosa belleza que es capaz de palpitar por sí sola, es imposible no sucumbir ante la nostalgia de un futuro que no ocurrió y que se desvaneció entre los dedos por la desafortunada aventura de entregar el país a una supuesta “revolución”.

Ahora son otras las generaciones que están naciendo. Lamentablemente, no han conocido el potencial que se ha desperdiciado, por lo que sus sueños más que sembrarse dentro de sus ciudades está migrando en lejanas esperanzas de forjar un futuro mejor en algún punto del mapamundi. Sumando, de esta manera, un corazón más que late con una nostalgia tricolor.

@JosePuglisi