Un nuevo 23 de enero

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La historia de Venezuela cambió, radicalmente, hace 56 años. Un día como hoy se puso punto final a la dictadura del General Marco Pérez Jiménez y la democracia despertó de su letargo, al menos durante 40 años. Esta imagen de libertad y lucha por los derechos ha quedado grabada en el recuerdo de la población y, por eso, se ha convertido en una fecha estratégica que busca conquistar el Gobierno y la oposición.

El Gobierno ha sido quien lo ha intentado con más fuerza y utilizando todos los recursos que están a su disposición. Largos discursos, cadenas nacionales, fiestas populares y otras parafernalias han sido utilizadas para vincular a la “revolución” con el movimiento que en 1958 alzó la voz contra la dictadura. Además, no por casualidad, el cuerpo de Hugo Chávez reposa en la parroquia 23 de Enero, específicamente dentro del Cuartel de la Montaña (también conocido como Museo Histórico Militar).

Con este tipo de acciones, el Gobierno busca ser asociado popularmente con los ideales democráticos y la lucha por la libertad del 23 de Enero. Sin embargo, cuando se analiza se encuentran más semejanzas entre los “revolucionarios” con Pérez Jiménez que con la Junta Cívico-Militar. Para comenzar, tanto el General como Hugo Chávez eran figuras militares que buscaron promover un cambio político con un golpe de estado y que, una vez asumida la presidencia, intentaron desmantelar a cualquier precio todas las fuerzas políticas que pudiesen atentar contra su poder. Asimismo, ambos intentaron extender su presencia en la presidencia y disfrutaron de importantes ingresos por la subida de los precios petroleros (los cuales, en el caso de Pérez Jiménez, al menos se vieron reflejados en grandes obras de infraestructura y urbanismo).

La oposición, por su parte, sería la otra cara de la moneda. La Mesa de la Unidad sería una versión moderna de la Junta Patriótica, consolidándose como una potencia política y civil por unir esfuerzos en la lucha por la recuperación de la democracia y los derechos en el país. Así como ocurrió en los años cincuenta, los principales partidos políticos de la oposición deciden aplazar sus intereses individuales por alcanzar una meta común. Un acuerdo que les ofrece una mayor fuerza para hacer frente al leviatán, pero que al parecer ha estado flaqueando durante los últimos meses.

A pesar de dichas similitudes o diferencias puntuales, Venezuela no está en 1958 y su clase política está conformada por hombres y mujeres con pensamientos, ideologías y tácticas políticas diferentes. Del reconocido 23 de Enero sólo debe quedar el aprendizaje atemporal sobre la importancia de la libertad y de la democracia; así como valorar el esfuerzo realizado hace 56 años para brindarnos el sueño de un país mejor. Ahora bien, esto no deberá ser utilizado, como en la actualidad, como un arma política para ganar empatía popular, sino como un recordatorio a todos nuestros políticos de que los venezolanos no soportarán por mucho tiempo vivir atados en las cadenas de la opresión y que, un día cualquiera, se levantarán para respirar un nuevo aire y promover el cambio que por tanto tiempo han estado esperando.

Este año los venezolanos deberán conmemorar con orgullo el 23 de Enero, pero también deberían valorar si el sueño democrático construido hace 56 años aún sigue vigente en el país, si la población disfruta de la libertad para circular tranquilos por la calle, con el derecho de comprar lo que desee, así como a opinar o denunciar sin consecuencias. Los ciudadanos deben pensar si, en realidad, están tan orgullosos de su presente como de su pasado; ya que quizás descubran que, desde hace tiempo, están anhelando la llegada de un nuevo 23 de Enero.

@JosePuglisi