El futuro incierto de la Unión

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No hay dudas que las consecuencias de la pandemia sanitaria provocada por el COVID-19 se van a reflejar en cambios sustanciales que van a acelerar las notables transformaciones que ya estábamos sintiendo en los ámbitos económico, social y político por la revolución científica y tecnológica, iniciada con la aparición de Internet y su aplicación en diversos ámbitos del quehacer humano. Y ese impacto de cambios, aún difíciles de ponderar en sus justas dimensiones, ya está empezando a sentirse en procesos como los de integración económica que se han adelantado desde mediados del siglo pasado.

Como es sabido, tanto en Europa como en América Latina los procesos de integración comenzaron a gestarse desde la década de 1950. En ambos casos dichos procesos se impulsaron con objetivos de resolver problemas económicos, políticos y sociales, aunque con diferentes finalidades según la región, así en el proceso de integración europeo privó fundamentalmente el empeño de preservar la paz luego de la triste y dramática experiencia vivida durante la guerra. Mientras que el primer objetivo de los intentos integracionistas en América Latina se centró en la búsqueda de condiciones, especialmente económicas y sociales para superar el subdesarrollo de la región.

Cabe observar que de todos los esfuerzos integracionistas en América Latina el único que está activo es el Mercado Común Centroamericano, pero con algunas restricciones operativas. En síntesis podemos señalar que esos intentos de integración en la región, los cuales llegaron a superar más de 15 durante casi siete décadas, registran un complejo proceso histórico de altibajos que no ha llegado a la fecha al logro de un proyecto integracionistas único, en gran medida por causa de la inestabilidad política, la fragilidad de las instituciones democráticas, la recurrencia de corrientes estatistas y populistas y los variados modelos de exportación de los países de la región. En los últimos tiempos se han producidas cambios sustanciales en el MERCOSUR y la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) ya para 2019 había llegado a su final.

En el caso de la Unión Europea (UE) el proceso que dio origen a esta realidad de integración se inició con el convenio para acordar la comunidad de producción de carbón y acero entre Francia y Alemania y superar así la rivalidad histórica que prevalecía entre estos dos países. Con el llamado Plan Schuman se firmó el Tratado de Paris de 1951 y el convenio se extendió a otros países para conformar la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). En marzo de 1957 Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos acordaron el Tratado de Roma para integrar la Comunidad Europea de la Energía Atómica (CEEA) y la Comunidad Económica Europea (CEE), con fines de promover progresivamente un mercado común y facilitar que los ciudadanos, las mercancías y los servicios pudieran circular sin restricciones fronterizas entre los países firmantes. El referido Tratado entró en vigencia en enero de 1958 y empezó a operar en Bruselas con la mayoría de actividades y las instituciones financieras y legales. En Luxemburgo se estableció el Tribunal de Cuentas y el ámbito económico se fortaleció con la creación en 1979 del Sistema Monetario Europeo que dio origen al euro como moneda común. Luego se acuerda en 1986 la llamada Acta Única Europea para otorgar mayores competencias a las instituciones de la Unión y acelerar la concreción del mercado común. Con la firma del Tratado de Masstricht, en febrero de 1992 los 12 países que para la fecha integraban la organización formalizaron la constitución de la Unión Europea (UE), incorporando acuerdos adicionales en los ámbitos de política exterior, seguridad común, justicia y asuntos interiores.

En la actualidad el modelo de integración de la UE está conformado por 28 países que configuran una de las regiones más prósperas y pacíficas del planeta. El euro como moneda común rige para 19 de los países miembros, lo que ha permitido el establecimiento de una política monetaria ejercida por un Banco Central Europeo con sede en Frankfurt como importante elemento de estabilidad económica que condiciona a los países miembros a mantener equilibro en sus cuentas fiscales, con un déficit presupuestario que no debe superar el 3 por ciento y una deuda que ha de estar dentro de parámetros controlables. Mediante el Parlamento Europeo, cuyos integrantes son electos libremente por los ciudadanos de los países miembros, la UE está especialmente comprometida con la promoción y preservación de la democracia como sistema político que deben mantener los miembros de la Unión.

En las ultimas dos décadas la UE ha confrontado varias dificultades que han podido ser superadas, gracias a facilidades democráticas que hasta la fecha han permitido a esta organización abordar exitosamente temas complejos. Así este proceso de integración sufrió un primer revés en 2005, cuando por la oposición de los gobiernos de Holanda y de Francia no se pudo concretar la idea de un texto constitucional común; sin embargo en 2007, con el llamado Tratado de Lisboa se pudo reforzar el papel exterior de la UE, incorporando algunas disposiciones contenidas en el texto del proyecto constitucional rechazado en 2005. Luego del inicio de la crisis financiera de 2008 se pudo resolver favorablemente la controversia presentada en 2015 por el intento de salida de Grecia de la zona del euro para retornar al dracma, en ocasión de la grave crisis financiera y de endeudamiento externo que vivió ese país. Fue lo que se denominó el GREXIT para identificar una primera crisis en la que se impuso el criterio de los tecnócratas de la Unión Europea por encima de la voluntad del gobierno griego de entonces que se resistía a un plan de ajuste económico que al final se aplicó para evitar que el país ocurriera en suspensión de pagos de sus compromisos externos, lo que podía haber provocado graves consecuencias para las otras economías de la región. Igualmente la UE pudo resolver la confrontación provocada por el llamado BREXIT que identifica la salida del Reino Unido como miembro de esa organización por desacuerdos con el modelo regulatorio de la misma y la presión para rescatar la soberanía y reconstruir los vínculos con los países del Commonwealth.

Otros complejos temas están surgiendo como retos que configuran un futuro impredecible para la UE. Esta organización está empezando a confrontar nuevas realidades y cambios notables que tienden a desestabilizarla, como son el surgimiento de regímenes autoritarios y populismos de derecha e izquierda en algunos de los países miembros. Los gobiernos de Victor Urban en Hungría y Andrzej Duda en Polonia son casos relevantes. Este último ha expresado serias reservas frente a la UE a la cual califica como un “Club imaginario”. Igualmente el notable sesgo neoliberal con el que operan los tecnócratas de la UE imponiendo sus criterios de política económica sobre los estados miembros, con el respaldo de los importantes centros financieros de los países del norte integrantes de la organización y con poca atención a las consecuencias sociales de dichas políticas se está perfilando como otra amenaza desestabilizadora, sobre todo cuando, como en el caso de España, se está configurando una tendencia de gobierno socialcomunista en el contexto de una profunda crisis económica y política. En este país las tendencias separatistas especialmente Vasca y Catalana representan otro elemento que conspira contra la estabilidad de la UE.

No hay dudas que todas las preocupantes realidades señaladas se complican aún más con los perversos efectos que está generando la pandemia del COVID-19 agravando peligros previamente existentes, tales como el auge de los nacionalismos, temores frente a las crecientes oleadas de inmigrantes africanos que transportados por mafias bien organizadas han venido ingresando ilegalmente a países del sur de la UE, la aceleración de los procesos de automatización y del comercio digital, posibles realineamientos geopolíticos y cambios paradigmáticos en el orden económico. Es obvio que se trata de un proceso impredecible de grandes cambios, frente a lo cual Jean-Pierre Lehmann, académico del IMD de Lausanne (Suiza) ha afirmado que “No hay un nuevo orden mundial, solo una transición caótica a la incertidumbre”. Y en estas complejas e inciertas circunstancias la Unión Europea confronta igualmente un futuro incierto.

José Ignacio Moreno León