Pandemia: entre la salud y la política

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Si algo ha puesto en claro el coronavirus durante estos meses de reclusión ciudadana, en caso de que hubiese dudas, es que los intereses políticos y económicos están por encima de cualquier otro, incluso de los concernientes a la salud de las personas.

Para recordárnoslo, quedan las declaraciones aun frescas de algunos mandatarios, expresando ideas tales como “no se puede hacer nada y que todos se contagien, es inevitable; hay que dejar que la población se infecte para lograr una inmunidad de rebaño; no hay que exagerar, pues se trata de una pequeña gripe; o, los ancianos tendrán que cuidarse a sí mismos y sacrificarse, para que los más jóvenes trabajen y salven la economía país”. Una muestra, si quiere, de la arrogancia y de la insensibilidad que caracteriza a muchos de los políticos con responsabilidades de gobierno, actualmente, además de explicativa de la imprevisión con que algunos atendieron la pandemia, no obstante, las alertas dadas por la Organización Mundial de la Salud, desde comienzos de año, y la grave realidad que se vivía en la siempre aparente, lejanía de China.

Pero, aunque el coronavirus19 ha sido un problema adicional con el que lidiar para todos los gobiernos del mundo, hay excepciones. En países con gobiernos autocráticos como el de Venezuela o con coyunturas muy particulares como el de Chile, cayó como anillo al dedo. Maduro, por ejemplo, ha aprovechado la pandemia al máximo para decretar estados de excepcionalidad que han aislado al país y obligado a los venezolanos a quedarse en sus casas, sin la posibilidad de salir a la calle para manifestar su rechazo al gobierno por la falta de gasolina, de alimentos, de electricidad y demás calamidades por las que protestaban anteriormente. Piñera, por su parte, encontró en la pandemia un aliado inesperado para detener, además del virus, la constante ola de manifestaciones y pillaje callejero, así como para calmar la conflictividad político-social en el país.

Otros, por el contrario, han visto como la crisis del virus les ha explotado en las narices de manera inoportuna. Es el caso del presidente Trump, precisamente cuando había salvado un “impeachment”, y el camino a la reelección no lucia tan complicado gracias a que la economía estaba en su mejor momento. Pero la pandemia y las titubeantes, a veces contradictorias medidas, tomadas además con retraso, junto a su actitud inicial de poner en duda la existencia del virus, han empañado esa situación, razón por lo cual si las acciones tomadas, precipitadas según los expertos en salud, para reactivar la economía, con más de cincuenta millones de personas cobrando ya la contraprestación de desempleo, no tienen un efecto positivo en este verano que se aproxima o la pandemia recrudece aumentando los impresionantes números que ahora mismo presenta, la caída del presidente norteamericano el 3 de noviembre próximo, parece indefectible.

Pandemia ante la cual también Boris Johnson mantuvo una actitud, desde el principio, de despreocupación similar a la de su colega norteamericano, motivada igualmente por el temor al terrible impacto que tendría la paralización, en este caso, de la economía británica, si se tomaran medidas de confinamiento parecidas a las de otros países, en momentos en los cuales la negociación para cerrar el Brexit aún está pendiente. Una conducción de la crisis que ha colocado al Reino Unido como el país europeo con más defunciones por causa del coronavirus, a pesar de que allí arribó después que en países como Italia y España.
Bolsonaro, en Brasil, es otro de los mandatarios que, igualmente, se ha venido hundiendo en estas arenas movedizas, pero con la suerte, hasta ahora, para su gobierno de que las fatalidades causadas por la pandemia, por cada cien mil habitantes, son más bajas que las de Estados Unidos o Reino Unido.

Al gobierno de Pedro Sánchez, con una de las gestiones de la epidemia más fustigadas por la opinión pública, la crisis del coronavirus le llegó cuando andaba en pleno devaneo con sus socios separatistas y viendo, desde hacía ya unas semanas, como las barbas de la vecina Italia ardían de arriba abajo, por lo que dispuso de tiempo como para tomar acciones preventivas de corto y mediano plazo; sin embargo, no puso las de España en remojo y prefirió correr el riesgo politico de postergar, como en efecto lo hizo, cualquier medida de protección individual o confinamiento social para después del ocho de marzo, fecha en la que estaba programada la gigantesca manifestación feminista de la capital, aupada por la izquierda y varios organismos gubernamentales entre ellos el ministerio de igualdad. Una conducción equivocada de la crisis que Macron ha venido tratando de revertir en Francia, después de haber cometido varios errores políticos en su manejo inicial, entre ellos, el haber permitido el desarrollo de las elecciones municipales a mediados del mes de marzo en plena pandemia, que creyó podía ganar y perdió en esa primera vuelta, lo que dejó un contagio masivo por su efecto multiplicador en el país, semejante al que una semana antes se produjo en España con la manifestación de Madrid, además de una ratio de mortalidad, al igual que la española, entre las más altas del mundo.

Recientemente, el expresidente Obama hizo una referencia al tema, que, si bien, fue dirigida contra Trump, lo resume en cierta forma, afirmando que “Esta pandemia finalmente ha levantado el velo de la idea de que quienes están al mando saben lo que hacen. Muchos de ellos ni siquiera están haciendo como que están al mando”. Una opinión cuyo contenido en términos generales compartimos, pero con la única salvedad de que habría que distinguir entre aquellos mandatarios que no saben bien lo que hacen o han estado haciendo, de aquellos otros que lo han venido haciendo mal, a sabiendas, es decir, politizando la pandemia, y aún continúan haciéndolo, sin importarles verdaderamente la salud de los ciudadanos. @xlmlf

José Luís Méndez