En busca del liderazgo perdido

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“A veces hay que doblarse para no partirse”. Ninguna frase de nuestra política contemporánea ha sido tan infame y vergonzosa como esa; pero debemos reconocer que ella marcó un cambio importante en el comportamiento social y político del venezolano común, que entendió que la misma evidenciaba y resumía una trama de justificaciones y complicidades de una casta de pseudolíderes del orden político opositor que con su conducta han demostrado que su verdadera y única intención es sacar el mayor provecho personal de la terrible situación que atraviesa nuestro país. A partir de entonces con inmensa preocupación hemos presenciado la desmovilización de la sociedad civil, que hoy siente que parte de su dirigencia no tiene, ni la fuerza moral ni el liderazgo, necesarios para enfrentar con entereza y eficacia política al régimen que oprime a los venezolanos.
Los grandes cambios humanos en el mundo surgidos de la lucha no violenta, siempre han sido impulsados por grandes hombres que mantuvieron un comportamiento ejemplar frente a sus pares. Todos ellos: Gandhi, Mandela, Luther King, por nombrar algunos, compartían características comunes de liderazgo, integridad, honestidad, fidelidad a sus creencias, coherencia entre su ideología y su accionar; así como profundo amor por su país, compromiso y valentía. Por ello fueron dignos de admiración y trascendieron en la historia liderando profundos cambios sociales. Su legado fue mejorar la vida de los grupos sociales y países por los que lucharon.
Si desde la oposición realmente queremos contar con el respaldo colectivo, que la ciudadanía se sacuda esa desesperanza y apatía; que confié, que sacrifique su “comodidad” y venza sus miedos para sumarse de nuevo como nación a una acción colectiva contra la tiranía chavista, estamos obligados a lograr un alto nivel de credibilidad y confianza a fin de construir la fuerza moral capaz de impulsar a esa inmensa mayoría de los venezolanos que se oponen al régimen de Nicolás Maduro, a unirse decididos en una sola causa para llevar a cabo todas las acciones necesarias que produzcan —ahora sí- el cambio real por el que nuestro país clama.
Sobre la corrupción del régimen chavista, incrementada exponencialmente en el periodo de Nicolás Maduro, es mucho lo que se ha escrito, denunciado y demostrado; sin embrago y para vergüenza de todos, las dos últimas semanas los medios de comunicación y redes sociales han estado informando sobre casos de corrupción de connotados líderes de la alternativa democrática. Ante esas noticias que, mucho más que rumores son denuncias concretas, las opiniones y comentarios al respecto se dividían entre un mayoritario grupo de ciudadanos que entiende que este país es responsabilidad de todos; que reconoce a la corrupción como el cáncer de nuestra sociedad y que dando lecciones de madurez política rechazan la descomposición moral y cualquier acto de corrupción independientemente de donde provengan, creando incluso, con ese irremediable humor nuestro para reírnos hasta de lo más serio, la etiqueta #ConMiCorruptoNoTeMetas. Y por otro lado, un pequeño grupo de políticos y de opinadores claramente parcializados, que lamentablemente han intentado defender lo indefendible, de justificar y restarle importancia a tan graves hechos; olvidando la obligación ética con la que debe actuar siempre un dirigente social y político y, mostrando además, esa laxitud moral que ha impedido a la sociedad venezolana extirpar ese terrible flagelo de la corrupción que la carcome.
La profunda decepción que produce en la sociedad este tipo de actos, es lo que hace que no haya empatía entre el ciudadano común y la actual dirigencia opositora. Se percibe que frente a la grave crisis social, económica y de toda índole que atraviesa Venezuela no existe la entereza y fortaleza moral para rescatarla y reconstruirla. Quienes tenemos la oportunidad de conversar a diario con actores de los distintos sectores de nuestra sociedad, escuchamos permanentemente el reclamo y la sentencia: “…es que todos los políticos son iguales” Y definitivamente no lo somos.
Pero hay buenas noticias, Venezuela cuenta con una inmensa reserva moral en hombres y mujeres que se han mantenido en la lucha social y política sin distracciones, coherentes y enfocados en el verdadero objetivo, sin dobles discursos ni negociaciones oscuras; indoblegables ante las pretensiones del régimen y que han sacrificado hasta su libertad por ser fíeles a sus creencias pero, sobre todo, a Venezuela. Los presos políticos son indudablemente un buen ejemplo de ello, dignos de admiración por su compromiso y valentía.
Por ello hago un llamado a los que igualmente siguen convencidos de que la Unidad es la única manera de lograr ese cambio profundo y real, que vaya más allá de simplemente cambiar un gobierno por otro. Que nos permita, en primer lugar, recobrar nuestra libertad para luego enrumbarnos hacia el desarrollo y progreso que nos conduzcan al primer mundo. Los invito a que comencemos por elegir como nuestros dirigentes y líderes, a aquellos hombres y mujeres que hayan demostrado haberse mantenido fieles a sus principios e ideales de libertad, que cuenten con la preparación, capacidad y ética; que representen realmente el país que queremos y que tengan esa fuerza moral necesaria para entusiasmar y movilizar a los venezolanos hacia un mejor destino.
Judith Sukerman