Tormenta de ideas

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Pensar en voz alta sobre la extraña y compleja situación venezolana es un recurso útil en este momento, de manera que otros puedan oír, en este caso leer, efectuar las observaciones que crean procedentes y contribuir en la construcción de una hipótesis, sobre el devenir del país. Nada de lo que afirmo tiene entonces carácter definitivo, por lo que las reacciones a su contenido serán más mesuradas y por lo tanto de mayor utilidad. Desde ya le digo a quienes se la saben todas, quienes ya tiene claro lo que hay que hacer y quienes sufren convulsiones con relajación de esfínteres, si leen u oyen una cosa distinta del 1, 2, 3, de la hoja de ruta, que lleva ya 2 meses de instrumentación “victoriosa”, ni se molesten en continuar la lectura más allá de esta línea. Tampoco lo deben hacer quienes piensan que se la están comiendo, que tienen al imperio contra la pared y que harán perder las elecciones a Trump, lo que llevará todo a la normalidad anormal anterior. Me dirijo a quienes aún consideran posible una salida nacional, soberana, pacífica y constitucional, de la crisis.
Desde que la MUD decidió no firmar el acuerdo de Santo Domingo, el manejo de las acciones de la oposición pasó a ser un asunto de expertos al servicio de la Casa Blanca: profesionales conocedores profundos de nuestra realidad y expertos en desestabilizar gobiernos. Salió de las manos de quienes, con su inmediatismo, oportunismo y pugnas, habían demostrado absoluta incapacidad para derrotar a un gobierno tan malo como el de Nicolás Maduro. Desde ese momento la estrategia llevada adelante ha sido totalmente coherente y efectiva, además de apoyada por una propaganda de ámbito planetario, capaz de convencer al más irredento de cualquier cosa. Luego, las discusiones y conversaciones se están dando no entre venezolanos, sino entre el gobierno y EEUU, e incluso para algunos ni siquiera es el gobierno quien decide, sino son los rusos, a través de la relación Putín-Trump. De ser esto cierto, la labor de traer de nuevo a casa la potestad de decidir se ha hecho muy cuesta arriba, lo que no significa que no deba intentarse con tenacidad.
El gobierno debería estar interesado en una salida negociada, que se genere nacionalmente y disipe el peligro de invasión militar extranjera. La política del sí o sí, en relación al ingreso de lo que llamaron “ayuda humanitaria”, fue un revés para Guaidó y la Asamblea Nacional, pues la supuesta ayuda no entró. Esto no significa que el gobierno haya salido indemne; de hecho, salió muy mal dadas las acciones violentas de sus paramilitares y las muertes ocurridas principalmente en Guayana. Pero se anotó el round. De igual forma, el regreso de Guaidó por Maiquetía, con negociación o sin ella, luego de Maduro haber dicho que se las vería con la justicia, constituyó un revés para el gobierno, que si bien demostró inteligencia al no caer en la provocación, no pudo cumplir lo que había dicho. Ese round fue para Guaidó y la Asamblea Nacional.
El gobierno piensa que dándole largas a la situación, la presión, como en otros momentos se desinflará, lo que lo hará entonces dueño de la situación. Piensan que pueden, con ayuda de Rusia, “guaralear” a los negociadores gringos y dar tiempo para que avance en EEUU el llamado “impeachment”, iniciado contra Trump en 2017. Otra posibilidad es que Trump pierda las elecciones presidenciales. Pero esas posibilidades también podrían significar que el lapso de resolución del conflicto es corto, pues al mismo Trump le interesaría mostrar resultados positivos sobre Venezuela en su campaña electoral. Se ha involucrado demasiado en el problema venezolano y ha comprometido su palabra, lo que debería significar que está dispuesto a utilizar todas las opciones posibles. Esto, sin embargo, no quiere decir que internacionalmente las tenga todas consigo en este momento, ni que sean todopoderosos, pero sí que están dispuestos a llevar adelante su política. Esto también lo indica el tipo de funcionarios designados para el asunto: gente con gran experiencia en este tipo de situaciones.
El liderazgo “aluvional” de Guaidó, el mesianismo creado alrededor suyo, es fuerte y extenso en este momento, además de ser un líder joven, no comprometido con el pasado, que luce fresco y humilde, de clara extracción popular y de haberse logrado imponer en la Asamblea Nacional por encima del resto de sus colegas. Pero esto no significa que haya una unidad real sólida, alrededor de todo lo actuado o por actuar. Además, así como apareció puede desaparecer, si no se ven resultados tangibles en el corto o mediano plazo, sobre todo en unos seguidores caracterizados por la impaciencia, la emotividad, la esperanza generada y la visceralidad en todas sus acciones. La realidad y las presiones de quienes lo apoyan, para no decir lo dirigen, pueden obligarlo a decidirse por la negociación y tener que abandonar su hoja de ruta inicial.
El gobierno ha presentado sus propuestas para una negociación, en la cual el punto concreto es el que se refiere a la búsqueda de un mecanismo para dirimir las diferencias entre ellos y la oposición. Y esta búsqueda debería basarse en una consulta popular constitucional, en la que el pueblo decida la hoja de ruta a seguir. No sería Guaidó, ni Maduro, ni Trump, ni Putin, ni Duque ni los cubanos, quienes decidirían esa hoja de ruta, serían los venezolanos, pero no a través de encuestas ni concentraciones o marchas, que están muy lejos de incorporar a la mayoría del país y que además no son mecanismos constitucionales de decisión. Un referendo consultivo, con nuevo CNE, imparcial, apartidista, independiente, y unos comicios con supervisión de la ONU. Este CNE lo designaría la Asamblea Nacional de acuerdo con la Constitución, luego de restituirle todas sus atribuciones y reincorporarse los diputados del PSUV.
¿Acepta el gobierno esta proposición? ¿La acepta la oposición liderada por la Asamblea Nacional? ¿La asumiría la ONU, la Unión Europea, México y Uruguay? Sería lo más democrático, constitucional, pacífico y soberano.
Luis Fuenmayor Toro