La carnicería en Estambul

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No es que critiquemos el derecho que tiene cualquier ciudadano -incluso el jefe de un Estado- de darse un “toque técnico” en Estambul de regreso de un viaje Beijing- Caracas, a paladear uno de sus platos favoritos obra maestra de un chef que al parecer lo carga loco desde hace mucho tiempo, Nusr et-Er, sino que, con toda seguridad, los costos de semejante exquisitez no se cargan al sueldo ni al patrimonio del “degustater” sino a la partida que los contribuyentes venezolanos le asignan para que el hombre que alega ser “su” presidente lo gaste en otros menesteres.

Digamos, en visitar, compartir información de primera mano y solidarizarse con los cientos de miles de venezolanos que quedaron sin hogar por las recientes inundaciones del río Orinoco, o con los jubilados que manifiestan día a día en las calles porque los salarios que les corresponde como trabajadores pensionados les son reducidas con manipulaciones cambiarias y no le alcanzarían ni para comprarse un hueso -un mínimo hueso- del cordero que devoró Maduro en Estambul, o darse una pasada por los hospitales donde decenas de niños mueren diariariamente por desnutrición y miles de enfermos corren el riesgo de perder sus vidas porque no hay medicinas, ni tratamientos, ni equipos, ni salas de hospitalizacición, ni médicos que los atiendan.

Hay hambre, mucha hambre en Venezuela, y enfermedades y muertes por desnutrición, y violencia y caos, y el espectáculo atroz de tres o más millones de venezolanos huyendo y cruzando la frontera como buscando alivio de la peste negra, o de una catástrofe natural inimaginable e inenarrable y prenden el celular, o se acercan a las imágenes que rastrean en PC, radios o televisoras y tropiezan con que el autor de tanta tragedia, muerte y destrucción se encuentra en tierras tan lejanas como las de Turquía y en una de sus diversiones favoritas: comer.

Pero no son reflexiones, ni problemas, ni asuntos que interesen a Maduro, el dictador de Venezuela, exclusivamente disponible para dar discursos en cadena nacional cada vez que se le ocurre parlotear, chacharear, desvariar, o desde La Habana le dan órdenes para anunciar políticas que no son tales porque siempre terminan siendo lo contrario, o decir chistes malos que normalmente barniza de frases huecas y gestos repelentes.

Un impresentable, sin ninguna clase de dudas, que ocurre como vergüenza del género humano, o disparate de la naturaleza, consciente de lo que es y definitivamente será, pero que está orgulloso de ello, como un esperpento o adefesio que acepta satisfecho que alguna malignidad lo eligió para dar cuenta de su realidad, de su espantosa realidad.

No se crea, sin embargo, que es un improvisado, o que actúa de puro aburrido, o por dárseles de divertido. No. Maduro es un actor de algunos kilates, un caradura automático y maquinal que sigue un guión, elaborado por los que auténticamente gobiernan a Venezuela, una pandilla de ingenieros sociales que, desde los tiempos de Chávez, tomó al país como un laboratorio para experimentar con la reinstauración del viejo modelo socialista stalinista y castrista vapuleado por la caída del Muro de Berlín y el colapso del Imperio Soviético, pero adaptándolo a las condiciones del siglo XXI.

Por eso, desde algún momento de la segunda década de los 90, se le puso un nombre, no se sabe si por algún teórico del “Foro de Sao Paulo”, o del filósofo mexicano de origen alemán, Heinz Dieterich, o del propio Chávez, “Socialismo del Siglo XXI”, con el que, con alguna propiedad, rodó hasta que Maduro asumió el poder en abril del 2013, para enseñar las garras y los dientes del socialismo de siempre, el del siglo XX, el de Lenin. Stalin, Mao, Pol Pot y los hermanos Castro.

Porque no debe olvidarse que esta aventura o cruzada dura 20 años, o quizá más, unos 25, cuando el chavismo golpista y militar fue convencido por los cubanos y el “Foro de Sao de Paulo” de reconvertirse en democrático y electorero para imponerse en las elecciones presidenciales venezolanas de diciembre de 1998.

Dicho de otra manera que, a partir de su ascenso al poder en febrero del 99, se inicia en el país de Bolívar un modelo híbrido que reúne, vía constitucional, un fuerte presidencialismo pero entretejido con pluralismo democrático, defensa de los derechos humanos, independencia de los poderes y estado derecho, que no son sino el marcarón de proa con el cual se va mutiliando la democracia constitucional, el poder civil y las garantías ciudadanas que, a la postre, conducen a un estado totalitario, militarista y colectivista puro simple.

Es el Leviatán cuya primera autoridad ejecutiva, que tambiém se hace llamar “presidente”, Nicolás Maduro, estuvo el lunes dándose el atracón de cordero en Estambul, en el restaurant de un chef famoso, en una performance para que los millones de internautas que lo seguían por las redes, más el resto que se engancharon en los horarios estelares de las cableras, se enteraran, que ahí estaba Maduro en unas de sus aficiones favoritas, comer, y, como lo revela su peso, sin que nada ni nadie se lo pueda impedir, pues es el dictador de un país cuya democracia devino en república bananera y todo porque, después de un golpe de suerte, un militar fracasado y de mediana graduación, le puso la mano al poder, a través de unas elecciones y ahora tiene a los suyos, a sus sequidores, deshuesando un territorio de casi un millón de kms2 y las vidas de 28 millones de sus habitantes.

Personajes de una nueva forma de mandonería, cuyos orígenes habría que buscarlos entre los caudillos y jefes de montoneras que se adueñaban del poder en el siglo antepasado, cuando la economía era agraz y la política salía de los fusiles, y no en un mundo postmoderno y global cuando a la emergencia de los populismo de derecha y de izquierda se le pide al menos que cuiden las formas.
Pero no son minucias que puedan perturbar a Maduro, absolutamente volcado a un ejercicio exhibicionista y farandulero del poder y que le exige escenarios cada día más amplios, escandalosos y abigarrados según aumenta de peso.

Venía de China donde, sin duda, hizo lo imposible para ser agasajado por el presidente, Xi Jimping, en brindis y banquetes palaciegos, pero como lo que encontró fueron reclamos, notas y cobros por facturas que ya se acercan a los 100 mil millones dólares, fue como una salida inconsciente, o “madurada” para decirle a los chinos que si no había celebraciones en Beijing por su cuarta o quinta visita, si las encontraba en Estambul donde su amigo el dictador Erdogan seguía siendo el mismo de siempre.

Último destino en Occidente donde podía darse ese lujo, pues ya se sabe que no hay un solo país en la Europa o la América democráticas en la cual no pueda un juez mandarlo a detener por la comisión de Crímenes de Lesa Humanidad.

Una bestia perseguida, acosada y acorralada por gobiernos, multilaterles y tribunales que, si bien son lerdos en la aplicación de políticas que concluyan en el derrocamiento de tan abominales tiranías, si pueden activarse contra sus mandamases cuando la ley y la justicia internacional los persiguen. Caso Pinochet rebember.

Y no se trata solo de Maduro, sino que tanto como 50 de sus más altos funcionarios integran listas de individuos sancionados que, pueden violar la ley en el país que han tomado como guarida, pero conscientes que traspasar sus fronteras podría equivalerles a una condena de cadena perpetua.
Son, entonces, condenados que tiene por cárcel el país que literalmente han convertido en su escondite y sin las libertades que se tomó su jefe en Estambul. @MMalaverM
Manuel Malaver