Blanca Rodríguez de Pérez y la consolidación de un trabajo incansable

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Duro es el exilio, y más el forzoso, el político. Y más todavía aquel que no es dorado, sino exilio de trabajo, de quehacer contra el jerarca atrabilioso, invasor de bienes y conciencias e ideas. Duro es el exilio, pero también temple para la voluntad y el abandono para el crecimiento del coraje.

Ese de la expatriación obligada fue el ámbito donde Blanca Rodríguez de Pérez enriqueció su definida personalidad con insustituibles experiencias, asumidas integralmente -incalculables riesgos, práctica de fe democrática, tenacidad y firmeza- junto al esposo y compañero de batalla, Carlos Andrés Pérez. Nacida el 1 de enero de 1926, en Rubio, estado Táchira, no gratuitamente se ganó el respeto y la admiración de quienes cerca de ella estaban participando de la misma obligación de patria.

Casados muy jóvenes, en el año 1948, desde entonces, a Blanquita, como así le decían, le toca conocer en dos oportunidades la prisión de su esposo en esa época, el político que luchaba por recuperar la democracia, luego compañeros de ese duro y largo exilio de 10 años donde les toca la crianza de los hijos, hasta que en el 58 pueden regresar a su país.

Lo más sabio de la conducta humana es extraer el mejor aprendizaje en cada circunstancia a la que la dinámica de la vida nos someta: restablecida la democracia en Venezuela, reintegrados al solar patrio los aventados por la política, Blanca Rodríguez de Pérez asume, en el relativo descanso tras la batalla del exilio, la no menos formativa práctica de madre de familia; de allí sale reforzado su vivo sentido del hogar venezolano.

Por añadidura, sus incansables recorridos con Carlos Andrés, como candidato a la presidencia, por los más recónditos lugares, barrios, caseríos y pueblos, le incrementan, con testimonio inmediato, el conocimiento de las necesidades de un conglomerado nacional que no tarda en reconocer en Blanca Rodríguez de Pérez, la preocupación por sus problemas: la obtención de la primera presidencia por su esposo le permitirá consolidar sus aspiraciones en trascendentes obras sociales fuera y dentro de Venezuela.

En efecto, destaca su actuación como presidenta nacional de la Fundación del Niño, institución que estaba a cargo de las esposas de los presidentes, al crear el programa “Hogares de Cuidado diario”, reconocido luego por Unicef como modelo de atención integral al niño, y desarrollado con éxito en otros países como Colombia y Ecuador.

Durante todo el período siguiente a los cinco años de la primera presidencia de su esposo, Carlos Andrés Pérez, continúa frecuentando sus visitas a barrios y sus pobladores, a los hospitales y sus enfermos, a todo hogar donde se requiera su presencia, su ayuda material, su afecto, su dolido compartir de mujer y madre a quien conmueve cualquier carencia en cualquier hogar del país.

Por ello, se la tiene en mente y corazón, no sólo, ni principalmente, como esposa del ex Presidente, sino además como la mujer esencial que es, de peso específico, de identidad precisa, de virtudes individualizadas, altamente cooperadora con y para toda empresa digna.

Y como respuesta a la esperanza de la familia venezolana, continúa su labor social, esmerada, responsable y dedicada, en obras como, entre otras, el Banco de Sillas de Ruedas (Bandesir) institucionalizado por ella en todos los estados de la nación y complementada su gestión de entrega de sillas de ruedas y aparatos ortopédicos con servicios médicos, en la actualidad programa de autogestión que preside, al cabo de los años, cuando Carlos Andrés Pérez asume la presidencia por segunda vez, y al término de este mandato.

No es sorprendente que esta segunda presidencia de su esposo, la encuentre sólidamente preparada para desempeñar su papel oficial, que no es sino la continuación de su actividad de ciudadana común, sobradamente apta para responder al desafío de una Venezuela moderna, distinta, exigente de respuestas concretas y justas. Durante esta segunda ocasión como Primera Dama (1989-1993), realiza cotidianamente un notable trabajo de amplias repercusiones sociales: su presencia junto a Carlos Andrés Pérez en su nuevo lapso como mandatario de nuestro país da al período una característica de alta densidad humana.

En las fechas patrias, en los recibimientos a mandatarios de países amigos que nos visitaron, en la toma de posesión de Gobernadores de Estado, en el trabajo conjunto para enfrentar la pobreza y programas sociales, como la masificación del programa de hogares de cuidado diario. Forman los mencionados, parte de su actividad junto a su esposo, actitud demostrativa de su preocupación por el quehacer de Venezuela.

Con el tiempo se suman sucesos imborrables: el secuestro del hermano de doña Blanca al comienzo de la segunda gestión, fue uno de ellos. Los mantuvo en tensión indescriptible por más de un año hasta que fue liberado, o cuando el golpe de estado del 4 de febrero de 1992. La Residencia Presidencial La Casona atacada vilmente, mientras Blanca Rodríguez de Pérez, se encontraba con su hija Carolina, su hermana Chavita, de edad avanzada, nietos pequeños y algunos allegados. El presidente que había llegado a la residencia tras regresar de un viaje al exterior, tuvo que salir a Miraflores a defender la democracia en una actitud que sólo la valentía personal concede, se sumaba su preocupación por la vida de los suyos. Ella con innegable valor se mantuvo firme.

Al matrimonio también le corresponde compartir los eventos del también golpe de estado, el 27 de noviembre del mismo año. Y, otro hecho definitivamente, producto del odio revanchista de numerosas figuras públicas derrotadas en alguna de las muchas victorias de su esposo y de la alcahuetería con los criminales del golpe: el enjuiciamiento político de Carlos Andrés Pérez en el año 1993 que lo retiraron de la presidencia de la república para ser confinado en el Retén Judicial de El Junquito.

De allí, por disposiciones legales con motivo de su edad, se le otorgó casa por cárcel, en la residencia que compartían en Oripoto, Quinta La Ahumada. Testigos de excepción acudimos a la casa de los Pérez Rodríguez en busca de una declaración por parte del ex presidente o para brindarle apoyo. Mientras, doña Blanca siempre atenta con todos. Para 1994, la muerte de su hija Thaís, los sume en gran dolor, y la pareja en unión familiar recibió las condolencias de los amigos, de todos aquellos que quisimos estar presentes con una palabra de consuelo.

Carlos Andrés Pérez al lograr su libertad en el año 1998, comienza una activa participación en el acontecer político venezolano pero en el 1999, la persecución de la que es objeto, a pesar de haber encarado de forma responsable ante las instancias competentes las acusaciones en su contra, le obliga nuevamente a pasar sus últimos años en el exilio en Miami.

Aunque no se divorcia legalmente de Blanca Rodríguez de Pérez, el nexo matrimonial se mantuvo sin disolverse hasta su muerte a los 88 años el 25 de diciembre de 2010.

La falta de un testamento o disposiciones jurídicas por parte del ex presidente sobre su sepelio originó una dolorosa disputa con la que fuera su secretaria y las hijas habidas fuera del matrimonio, al negarse a la repatriación de sus restos. Al país donde residen sus hijos Sonia, Carlos Manuel, Martha, Marielos, Carolina, los nietos, yernos, nuera, hermanos, sobrinos, primos, sus demás familiares, amigos, y esa mayoría de venezolanos de buena voluntad que queremos su sepelio, el de Carlos Andrés Pérez, en la patria que le vio nacer. El 6 de octubre de 2011 los restos son enterrados en Caracas, luego de varios homenajes póstumos prestados por antiguos militantes de Acción Democrática y seguidores de su gestión.

La Primera Dama venezolana será recordada por su coraje cuando el golpe del 4 de febrero, y así está inserta en la historia. Puede decirse además, que Blanca Rodríguez de Pérez, fundamentalmente cristiana, hizo llegar a la gente su mensaje de ayuda, de participación, de fuerza en la búsqueda decidida de una sociedad justa, anhelada por todos.

Un resumen de hechos relevantes que marcaron la presencia de esta gran mujer al lado del hombre elegido dos veces presidente y de sus múltiples actividades, la consolidación de un trabajo incansable.

Tuve la suerte de haberla conocido, de formar parte de su equipo como Directora de Información en La Residencia Presidencial La Casona cuando fue Primera Dama por segunda vez. De aprender a conocer las causas nobles de mi país. Conservo con esmero muchas fotografías, posar a su lado refleja el digno orgullo que me invade, orgullo, por el trabajo realizado.

Tristemente, falleció a los 94 años el miércoles 5 de agosto de 2020, a las 8 y 45 pm, de una embolia pulmonar. Que Dios le dé el eterno descanso. Su vida y su obra, ese trabajo incansable, queda para la historia y en el recuerdo de todos aquellos que la conocimos.

Martha Colmenares