El caso Dudamel

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“Hay que saber elegir los enemigos porque tarde o temprano terminamos pareciéndonos a ellos”... Jorge Luis Borges. He pensado y repensado esa frase de Borges desde el momento en que se conoció la enfermedad presidencial, gracias a la revelación televisada desde La Habana. He oído y seguramente he dicho cosas que jamás pensé podrían salir de los labios de personas con un mínimo de piedad por el sufrimiento ajeno. Y no me extraña porque ese no concederle ni una pizca de lástima a un enfermo de cáncer es algo que hemos respirado, oído, y aprendido de su propio discurso durante casi trece años. Lo primero que me vino a la mente después de la confesión, fue cuando el escatológico Mario Silva y el vomitivo ex alcalde metropolitano Juan Barreto, se burlaban en el programa predilecto del presidente Chávez, de la muerte por cáncer del joven hijo del periodista Leopoldo Castillo. Algo aún peor, culparon al padre en medio de risotadas, de haber matado al hijo.

La crueldad desatada contra la jueza Afiuni, también enferma de cáncer y contra los funcionarios policiales Arube Pérez, Erasmo Bolívar, Lázaro Forero, Iván Simonovis y Henry Vivas, que sufren trastornos de salud en la cárcel sin recibir atención medica, vino después. Antes tuve ante mis ojos la imagen de Tony López Acosta y de su esposa Haydee Castillo, ambos destrozados por el asesinato reciente de su hijo a manos de policías del régimen, mientras eran trasladados -con esposas- como delincuentes comunes, a un recinto policial. Entonces uno concluye que es verdad, que aunque no fuimos nosotros quienes elegimos esa clase de enemigos, ellos nos eligieron a nosotros como tales y al final llegamos a parecernos.

Lo que ocurre con Gustavo Dudamel el prodigioso director de orquesta venezolano, pertenece a la misma categoría de sentimientos en que el odio lleva la batuta. Cada vez que sus compromisos internacionales lo permiten y viene a dirigir a Venezuela, saltan los tapones de la tolerancia y del respeto democrático a las personas. De este lado del país, del excluido, atropellado y ninguneado por Chávez y su pandilla, no se le perdona que haya dirigido el Himno Nacional en el Panteón ya no recuerdo con cuál motivo, ni que tocara para el pueblo de Caracas en el Parque de Los Caobos, bajo los auspicios del alcalde Jorge Rodríguez “…. Y hasta le dio la mano y se abrazaron”. Ni que en la película de Alberto Arvelo que lleva el nombre del joven maestro larense, el concierto en la parroquia La Vega también haya sido auspiciado por la Alcaldía de Caracas en manos del chavismo más duro.

Pero lo que derramó la copa fue su actuación como director de la Orquesta Nacional Juvenil Simón Bolívar y del Coro Sinfónico Juvenil de Venezuela, en total unos 1500 músicos, en el acto de reinauguración de la Plaza Diego Ibarra de Caracas, el día del Bicentenario de la Independencia. Estaba el canciller Maduro que subió al escenario para estrechar la mano de Dudamel y Chávez que estará enfermo pero no se queda un minuto en silencio, twitteó que Dudamel era maravilloso, la orquesta maravillosa, el concierto maravilloso y la juventud maravillosa. Pareciera que los adjetivos grandilocuentes se agotaron en el desfile militar. Suficiente todo esto para descargar epítetos de toda índole contra el músico que pasea su genio por el mundo y nos hace sentir orgullosos de ser venezolanos.

Me parece necesario que nos preguntemos ¿Y si Dudamel fuera chavista? No sería el único: entre los que se declaran abiertamente como tales y los Ni-Ni esta más o menos la mitad de los venezolanos. ¿Es democrático juzgar, anatematizar, despotricar, odiar a alguien por el solo hecho de que sea chavista? ¿Qué piensan los despellejadores de Dudamel que debe hacerse con esos millones de venezolanos que han votado por Chávez y siguen queriéndolo pero que nunca tuvieron acceso a decisiones de poder ni robaron ni torturaron ni encarcelaron. ¿Les aplicamos la solución final?

Gustavo Dudamel, más allá de cuál sea su posición ideológica o política, jamás ha hecho -hasta ahora- apología del régimen, jamás ha justificado sus desmanes, nunca lo hemos visto con una camiseta roja en algún acto proselitista del PSUV. Si el gobierno chavista se aprovecha de lo único que nos realza como venezolanos en el mundo, lo comprendo porque pobrecitos ¿de qué otra cosa podrían vanagloriarse si son el epítome del mal gusto y de la mediocridad? Al menos han mantenido los subsidios para que el Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles continúe produciendo músicos de la talla de Gustavo Dudamel, de Diego Matheuz, de Christian Vásquez y la ilusión de millares de niños y jóvenes de la más pobre extracción, al saber que tienen oportunidades.

Fuente: http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/7415667.asp