Política entre balas

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Una motocicleta se detiene al lado de un carro. Piloto y parrillero miran hacia la misma ventanilla y el destino está sellado. Un arma de fuego, impactos de bala atravesando el cristal y una nueva muerte llega a Venezuela. Una secuencia de manual que, durante los últimos 14 años, se ha afianzado en la idiosincrasia nacional y moldeado el escenario político. Así como ocurrió esta misma semana en el municipio zuliano de Baralt, una localidad en la que la violencia contó más que los votos y tuvo por precio la vida del candidato de la Mesa de la Unidad, José “Cheo” Chirinos.

Los altos índices delictivos hacen que la población dude entre ajusticiamiento político o un nuevo caso de delincuencia, pero desde el exterior parecen tener una visión mucho más clara. “Sigo con preocupación los sucesos que tienen lugar en Venezuela en los últimos días”, ha asegurado José Miguel Insulza, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), quien ha mostrado su preocupación por “el ánimo de confrontación que impera en la sociedad venezolana”.

No es para menos. El mismo día que José Chirinos perdía la vida a pocos minutos de haber participado en una entrevista de radio, el equipo de Henrique Capriles Radoski quedaba rodeado por un manto de fuego en Maracay. Una lluvia de bombas molotov inundó de intolerancia ardiente la camioneta donde estaba el líder de la oposición, así como la tarima en la que estaba prevista la realización de su discurso.

Los graves acontecimientos ocurridos en menos de 24 horas en el país obligan a considerar el consejo de Insulza: “Lo que necesitan los venezolanos (es) que todos los sectores, de gobierno y de oposición, hagan un esfuerzo para dialogar, con espíritu democrático y con apego a sus leyes a fin de encontrar puntos de acercamiento”. Una solución que el secretario general de la OEA ha considerado vital para “frenar la dinámica de polarización social, que nada bueno puede traer a un pueblo que quiere vivir en paz”.

Es importante hacer un ejercicio de memoria y recordar que no son casos aislados. En el mes de octubre, el candidato de la Mesa de la Unidad del municipio Mario Briceño Iragorry en Aragua, Delson Guárate, ha tenido que padecer dos importantes pérdidas en manos de sicarios. El primero, su propio hermano Daniel de Jesús Guárate, a quien le asesinaron con cuatro disparos en el rostro; el segundo, José Luis Pineda, quien era candidato a concejal y miembro del equipo de Delson Guárate. Un solo ejemplo de los tantos que han ocurrido en Venezuela durante los 14 años del régimen “revolucionario”.

A pesar de que resulta evidente que el discurso violento propiciado desde el Gobierno es uno de los principales motores de la intolerancia política, los representantes oficialistas prefieren acusar a otros de promover actos vandálicos. Con toda la capacidad de tirar la piedra y ocultar la mano, la ministra para la Comunicación e Información, Delcy Rodríguez, ha asegurado que la “prensa escrita confunde libertad de expresión con apología del delito”, una acusación curiosa cuando el saqueo de Daka ocurrió, justamente, tras las polémicas declaraciones de Nicolás Maduro.

En este peligroso juego político, la población ha sido la principal víctima. Lejos de la senda democrática, los ciudadanos han tenido que ser testigos de calles llenas de sangre, de confrontaciones ilógicas, de la persecución, de los prisioneros políticos, así como de las amenazas y las represiones que dejan tatuados en el cuerpo la incertidumbre y el miedo. De ahí, que los venezolanos sientan que están constantemente en una guerra, ya sea política, económica o contra el imperio.

Ahora, cuando el escenario parece estar alcanzando su clímax más oscuro, resulta necesario que los venezolanos rectifiquen sobre sus acciones y, comprometidos por el bienestar del país, decidan engavetar las armas y el sufrimiento para poder comenzar a desempolvar el diálogo y la tolerancia. Sólo así se pondrá punto final a las trágicas páginas de la política entre balas.

@JosePuglisi