España: Agotamiento y “franqueza” para la transición

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AGOTAMIENTO: El franquismo estaba agotado en los albores de los años setenta. Los españoles sabían que la muerte del líder, más temprano que tarde debido a su avanzada edad, sería un hito de cambios, de nuevos tiempos. Una parte de la sociedad, simpatizante del gobierno, temía grandes desequilibrios. El resto, no soportaba la dictadura y deseaba que el país se enrumbara hacia la democracia. Todos coincidían en que luego de la desaparición del caudillo nada sería igual. Que habría un reacomodo, de dimensiones impredecibles.

Los sistemas se agotan cuando se evidencian pésimos resultados, o cuando el modelo ha sido superado por las nuevas concepciones de los ciudadanos, independientemente de los deseos de los líderes. El agotamiento de los regímenes genera vacíos y la política es como la física, no los soporta, tiende a llenarlos, a sustituir un sistema por otro, y para ello se adelanta la transición.

Por ejemplo, en Venezuela a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez en 1935, su sucesor el general López Contreras se convirtió en el eje de la transición al interpretar el agotamiento del gomecismo y comenzar a abrir los caminos de la democracia. No hacerlo de esa manera, lo hubiera hecho parte del epílogo de lo viejo, en lugar de convertirlo en prólogo de lo nuevo. El Generalísimo Francisco Franco, al igual que Gómez, murió ejerciendo el poder y dejó tras de sí un país sediento de cambios.

Franco estaba consciente de lo que se avecinaba luego de su desaparición física. Por ello, pensó y repensó el posfranquismo. Y hasta presumió de ello. Sus frases “todo está atado y bien atado”, o su mandato “obedezcan al Rey como me obedecen a mí”, son prueba de ello. En lugar de pensar “después de mí el diluvio”, aceptó que luego de él, la Transición.

La duda está en el tipo de Transición que quería Franco. Si pensó que el Rey Juan Carlos encabezara una monarquía democrática tipo Gran Bretaña, o si deseaba que se convirtiera en otro Generalísimo Francisco Franco, que adaptara el franquismo a las nuevas realidades; pero sin sacrificar lo fundamental. De todas maneras, el Caudillo debió estar claro en que al destaparse tamaña caja de Pandora, pondría a volar deseos, frustraciones, resentimientos, odios, amores, paradigmas y ambiciones, cuya mezcla generaría un coctel de impredecibles sabor y consecuencias.

LA IMPERIOSA NECESIDAD DE RECORDAR EL PASADO

La tendencia general en los procesos de cambio es pregonar el “olvido de lo pasado”, pero es posible que en España la situación hubiera sido a la inversa. Que más bien los españoles quisieran recordar el pasado, tenerlo presente a cada paso, para no repetirlo. Entre la Guerra Civil y la muerte de Franco, 39 años, habían vivido unas tres generaciones.

Los abuelos, que habían sufrido la guerra y la dictadura en forma de violencia, privaciones, cárceles, exilios, muerte o alejamiento de padres, hijos, cónyuges, familiares y amigos. Los hijos, que se habían criado en un sistema represivo dentro de España, o exiliados con el cuerpo en el extranjero y el corazón en la patria, o simplemente bajo la sombra de la guerra civil y como víctimas de la polarización. Y los nietos, que seguramente sentían lo absurdo de los enfrentamientos, que ya no compartían las causales de la guerra y de la dictadura, y que biológicamente eran los llamados a hacer sustentables los cambios para lograr una España vivible y próspera.

Ni los abuelos, ni los hijos, ni los nietos querían repetir el pasado. El olvido no era una opción, porque la guerra había dejado secuelas en lo más hondo del alma española. Seguramente los españoles tomaron al vívido recuerdo de la guerra, como un antídoto para evitar repetir incongruencias.

OTREDAD Y DIÁLOGO

La necesidad obliga. A pesar de ser tan diferentes, los españoles sintieron la necesidad de convivir. Para ello tenían que reconocer y respetar la existencia del otro, independientemente de lo distinto que éste pudiera ser. Hasta debían colocarse en los zapatos del otro. O se reconocían en su diversidad, o sobrevendría otra guerra, u otra dictadura.

Este fenómeno es muy humano. Se trata de la sobrevivencia. En entenderlo, radicó la grandeza de Nelson Mandela y de su antípoda Frederik de Klerk, primer ministro sudafricano que comenzó a desmontar el apartheid. Se dieron cuenta que o dialogaban o se mataban. Conversaron y lograron una de las más bellas historias del siglo XX. Pura otredad.

El preso Mandela, hombre maduro recordado por el pueblo con la cara de un muchacho, recorrió sin ser reconocido y con la venia del Primer Ministro, las ciudades y el campo de Suráfrica, estando legalmente privado de libertad, a objeto de familiarizarse con la realidad del momento.

También los vietnamitas, del norte y del sur, se sentaron a conversar en Viet Nam luego de una espantosa guerra. Ya ninguna facción podía con tanta matanza. Difícil, pero entre tanta diferencia, comenzaron a comunicarse por las coincidencias.

En España, Adolfo Suárez, había desarrollado una amistad con el futuro Rey, Don Juan Carlos de Borbón, basada en la visión compartida de un post franquismo democrático. El mismo Suárez, ya presidente, estableció diálogos secretos con el otrora archienemigo Santiago Carrillo, que dieron como resultado importantes concesiones ideológicas de lado y lado. De allí salió la legalización del Partido Comunista Español, que sorprendió e irritó a unos cuantos.

En el año 1976, cuando la Transición daba sus primeros pininos y todavía no se habían legalizado los partidos políticos, el presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, a su regreso de un Congreso en Suiza, pasó por España y fue recibido en Barajas, por el Rey.

Le traigo “un contrabando” metido en un avión - y que le dijo CAP a Juan Carlos de Borbón. Y era nada menos que el ilegal Felipe González. Éste se bajó del avión por la puerta de atrás para evitar ser visto por los periodistas y conversó con el Rey en el aeropuerto por un buen rato. Cosas de los nuevos tiempos y de los nuevos líderes. Era imperativo dialogar y transigir si se querían lograr resultados diferentes.

LAS CRISIS PRODUCEN SUS LÍDERES

El Generalísimo Francisco Franco falleció el 20 de noviembre de 1975, tras treinta y seis años de dictadura. Su gobierno, originado por su triunfo como jefe del bando ganador en la Guerra Civil, constituyó un régimen militarista, represivo, sin libertades y sin elecciones. Además, fue visceralmente anti comunista y tuvo gran apoyo de la iglesia católica.

En sus comienzos, a pesar de no integrar a España al bloque de los países del denominado eje durante la Segunda Guerra Mundial, simpatizó ampliamente con la Alemania nazi y con el fascismo de Mussolini, quienes lo apoyaron espiritual y materialmente durante la Guerra Civil. Por ejemplo, aviones de Hitler bombardearon y destruyeron la población de Guernica, quedando una inmortal obra de Picasso como fe de ello.

A los dos días de la muerte de Franco, el sucesor designado seis años atrás en calidad de Rey, fue proclamado como Rey Juan Carlos I de Borbón. Era nieto de Alfonso XIII e hijo de Don Juan de Borbón. Luego de siete meses de reinado y debido a que no lograba acuerdos con el presidente del Consejo de Gobierno del franquismo, Juan Carlos Fraga, acerca de la visión de la nueva España y la estrategia para implantarla, procedió a destituirlo. El Rey sorprendió con la escogencia del sustituto, un joven político que “sacó de la manga”, Adolfo Suárez, colaborador leal de Francisco Franco y jefe de la Televisión Española durante años.

Abogado, provinciano, falangista, miembro de la Acción Católica, Suárez había comenzado su carrera política como botones en la sede del movimiento. Sus críticos para fastidiar le decían “el botones ascendido”. El mundo político había esperado que se encargara de esa posición al niño prodigio del franquismo, Manuel Fraga, un joven brillante, líder, escritor, fogueado y sobre todo muy franquista.

Nadie creía que el joven político Suarez, sin mucho brillo y con poco liderazgo, estuviera capacitado para encabezar el proceso de Transición.
Continuará…
Rafael Gallegos