Parlamento o Autocracia

Rafael Gallegos's picture

En 1933 el canciller Hitler quemó el Congreso de su país. Seguramente su diabólico colaborador Joseph Goebbels - el mismo que aplicó la nefasta receta de repetir las mentiras mil veces hasta convertirlas en verdades - le recomendó que ni de casualidad dijera que el incendio fue provocado por ellos mismos. Hitler montó un teatro típico de los autócratas, culpó a los comunistas y encontró un “culpable” al que aplicó la pena de muerte. Paralelamente presionó al anciano y debilitado Presidente Hindenburg y logró que éste emitiera un decreto que suspendía “hasta nuevo aviso” las libertades de prensa, reunión etc. por la situación de peligro existente. Así, acabó con la democracia alemana y comenzó su dictadura. Para mayor desfachatez el decreto rezaba en su título “para la protección del pueblo”. Y eso que los nazis tenían la primera mayoría en el Congreso. Es que los parlamentos le estorban a las a las dictaduras. Ah! y el “hasta nuevo aviso”, fue doce años después, a la muerte de Hitler.

En Venezuela Juan Vicente Gómez disponía de un Congreso ideal para los dictadores. Lo había electo a dedo. Por ello 1929 cuando en un vergonzoso discurso (para los aplaudidores) le propuso a sus “aguerridos” parlamentarios que no quería ser Presidente de la República, estos gritaban: no, no, no. Y dicen que algunos hacían puchero. Bueno está bien – continuó el dictador- pero me buscan uno que piense igualito “a yo” en todas las cosas. Sí, sí, gritaban ahora los parlamentarios. Seguían los pucheros; pero ahora eran de alegría. Así, les recomendó como presidente de Venezuela a Juan Bautista Pérez y siguió en Maracay como jefe del Ejército. Un Congreso así es el ideal para los dictadores.

Ese mismo año, cuando Rómulo Gallegos escribió Doña Bárbara, se la leyeron al Taita. Le gustó tanto que cuando llegó la noche Gómez hizo prender los faros de un carro para que le finalizaran la lectura. Quedó tan contento que le mandó a ofrecer a Gallegos la senaduría (el propio dedo) por Apure. Dicen que Don Rómulo dubitó y su esposa Teotiste le dijo firmemente: nos vamos… y se fueron de Venezuela hasta la muerte del déspota. Una lección de dignidad.

Congresos como los de Gómez, sumisos, sin garganta e indignos, son los que fascinan a las dictaduras. Porque los parlamentos son lo más cercano a la voz del pueblo en las democracias. En USA sacaron a Nixon sin aviso y sin protesto, en Brasil a Dilma Rousseff. Y en Estados Unidos van por Trump. Y a ninguno de ellos se le ocurrió (o ha ocurrido) por ejemplo mandar a golpear a los diputados con los militares para que no entren al hemiciclo como que si estuvieran en Trucutrulandia.

En 1948, cuando los militares tumbaron al insigne novelista Rómulo Gallegos, el valiente demócrata Valmore Rodríguez, presidente del Congreso Nacional, trató de aplicar la Ley. En Maracay se proclamó Presidente y nombró un gabinete de emergencia. Pero los golpistas no estaban para “leyecitas”. Don Valmore terminó encarcelado y murió en Chile en 1955.

En 1959 cuando Fidel Castro visitó a Venezuela, mi querido e inolvidable padre Rafael Gallegos Ortiz le preguntó al comandante que por qué no hacía elecciones si él arrasaría. La respuesta de Castro fue que bastaba un solo diputado que le echara broma para que él no pudiera lograr lo que quería. Estaba clarito en cómo estorban los parlamentarios dignos a los despotismos. Y una vez al Che – otro héroe de esta “revolución” “bolivariana”, un periodista en medio de una manifestación le preguntó por elecciones y su respuesta fue para qué si el pueblo ya habló ¿no ve la multitud? … clara manera de escurrir el bulto.

Claro, la revolución cubana si hace elecciones, con un solo partido, sin testigos de oposición porque está permitida y sacan el 99% de los votos. Jefes y modelos de nuestros “revolucionarios”. Ya se acercaron con la ANC donde lograron el milagro estadístico de sacar el 100% de los parlamentarios con apenas el 20% de apoyo popular.

CINCO DE ENERO DE 2020

Sin leguleyismo, es decir sin discutir que en Venezuela el 5 de enero de este año el Presidente de la Asamblea Nacional fue electo con acta o sin acta, con quorum o sin quorum, violando el reglamento o no, o que si Guaidó entró o no entró… sin leguleyismo… ¿Puede ser válida una elección donde los militares reprimen a los parlamentarios y no dejan entrar a muchos de ellos?

Este solo hecho hace que ese acto sea digno (más bien indigno) de ocupar un sitial en “La historia universal de la infamia”, de Jorge Luis Borges.

¿Qué opinaría usted si eso sucediera en Suiza, o en Suecia, o en Chile, o Costa Rica? La verdad es que da pena ajena. Tanto que países “panas” de la “revolución”; pero democráticos como Argentina, México y Uruguay, inmediatamente denunciaron el hecho y se desligaron del régimen. Y ya las Academias, la Conferencia Episcopal, la Gente del Petróleo y muchas otras organizaciones de incuestionable talante democrático han rechazado tamaño desaguisado.

Y ahora los voceros del gobierno tratan de explicar lo inexplicable. Pero ni Goebbels, ni sus hijos de la Stasi alemana o sus nietos del G2 cubano podrían justificar como democrático que los militares agredan a los parlamentarios y no los dejen cumplir su trabajo. Te pareces tanto a mí le podrían cantar un grupo de autócratas cantores integrado por Hitler, Fidel, y Gómez entre muchos otros.

No aclaren que oscurecen.

LA CONSTITUCIÓN SIRVE PARA TODO

El 24 de enero de 1848 el Congreso venezolano discutía enjuiciar al presidente José Tadeo Monagas. El ministro Sanabria estaba allí entregando Memoria y Cuenta. Se corrió la voz (¿quién la correría?) que al ministro lo habían asesinado. Aparecieron las turbas liberales (¿quién las mandaría?) y asesinaron a cuatro diputados(¿quién los dejaría?). Al día siguiente, Monagas quería enderezar el entuerto y ofreció soluciones que sus asesores le dijeron que no iban en línea con la Constitución. “La Constitución sirve para todo” fue su respuesta. Digna de los autócratas de todos los tiempos.

Obligaron a los diputados a reunirse nuevamente como si nada. Casi todos fueron, de lo más mansitos. Desde ese día Venezuela tuvo dóciles parlamentos que no parlaban, por muchos años. Hasta que llegó la Democracia.

Sin embargo Fermín Toro, el gran Fermín Toro, no asistió. Los funcionarios del régimen se trasladaron a su casa para reclamarle en tono amenazador. Su respuesta pasa a la historia como una gran lección de dignidad: “Díganle al presidente Monagas que mi cadáver puede ser llevado; pero que Fermín Toro no se prostituye.”

Y Juan Guaidó tampoco, ni los cien diputados.
Rafael Gallegos