El poder del mal

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Han transcurrido pocos días desde la ocurrencia del apagón eléctrico de más de 72 horas que padecimos los venezolanos residentes en el país, rostros de agotamiento y de desánimo pueden verse en una ciudad cuyas actividades productivas permanecen paralizadas. Poca fe en el fin pacífico del totalitarismo pareciera ser la creencia común más expresada por quienes padecen la oscuridad del apocalipsis venezolano y no obtienen beneficios económicos del régimen. A esa creencia se une el padecimiento de parte de la población de trastornos de ansiedad frente a la incertidumbre del futuro. La falta de acceso a las fuentes de información, la absoluta incomunicación telefónica u online con familiares, la caída de las plataformas bancarias, la carencia de suficiente efectivo (crisis de liquidez nacional) en bolívares o dólares para compras de alimentos, la escasez de gasolina, la ausencia de medios públicos de transporte, el agravamiento del sector salud (debido a la falta de electricidad, agua potable, medicinas e insumos clínicos), la permanente y elevada tasa de criminalidad, y la incertidumbre sobre la duración de esa contingencia despertaron mis alertas de supervivencia humana. No obstante, la lectura me proporcionó sosiego para evadir la psicológicamente la realidad, y proteger de esa forma mi salud mental.
Cada noche del apagón me hizo sentir como el pasajero de un barco en sumersión o un personaje de un film sobre supervivencia. Pensé en la naturaleza humana. La soledad fue mi compañera en la lucha por la supervivencia de esos días. Aunque cierta cortesía estuvo presente en mi entorno, estuve consciente de que debía velar sola para proveerme de lo necesario (alimentos, medicinas y agua potable) en medio de semejante anomia. Mis familiares más cercanos ya no residen en el país. La madurez ha implicado un aprendizaje de la auto-suficiencia individual en un entorno auténticamente apocalíptico. La crisis eléctrica me permitió vivir experiencias que jamás hubiese imaginado. Comprendí en determinadas conductas de terceros la relación entre el incremento de la escasez de recursos vitales (tales como el agua potable) y la posibilidad de una confrontación bélica para el acceso a los mismos tarde o temprano. El ser humano es un animal y como tal es salvaje en condiciones extremas de supervivencia, siendo solo la familia la excepción del egoísmo individual (cuando existen lazos de solidaridad intra-familiares).

El apagón eléctrico nacional nos introdujo en una nueva fase de colapso de las condiciones de vida venezolanas con severo impacto en la salud mental y física de la población, y de paralización absoluta de las pocas actividades productivas del país. El incremento de la ansiedad en la población en relación a la repetición de otro apagón de varios días (o de meses) y la falta de esperanzas sobre el pronto fin del totalitarismo incrementó el índice de suicidios (de forma especial, de pacientes psiquiátricos que no accedieron a sus medicamentos debido al alto costo de los mismos o a su ausencia en el mercado nacional) y de depresión de pacientes que no padecieron de esta enfermedad previamente. El incremento progresivo de los males del entorno ha sido una constante de los últimos veinte años de la dinámica política, económica y social venezolana, siendo las fallas del servicio eléctrico un ejemplo claro de ese fenómeno. Un fenómeno que no solo refleja el avance progresivo de la profundización del totalitarismo sino además los alcances de la estatización y de la impunidad de la corrupción de los administradores de los servicios públicos en la vida colectiva. Esta ausencia de escrúpulos en relación al mal que se produce a otros a través de la corrupción constituye sin duda uno de los aspectos más dolorosos para las víctimas de sus consecuencias. La acentuada ausencia de sensibilidad hacia el entorno y la convicción de que no tiene sentido ser honesto (cuando las oportunidades de corrupción se presentan) modelaron un apocalipsis, donde los corruptos resultaron premiados con lujosas vidas en Europa y Estados Unidos, mientras quienes no incurrieron en estos delitos padecen las consecuencias de sus actos (tales como, falta de medicinas o alimentos) dentro del país. Las dificultades de la sociedad de construir las relaciones objetivas necesarias para una dinámica institucional transparente, sumadas a un modelo político de estatización de los servicios públicos y de las millonarias fuentes de ingreso minero estimularon la inclinación depredadora de una sociedad donde la impunidad de la corrupción pareciera su principal pacto social.

La impunidad de la corrupción nos plantea una de las anomias que determinaron sin duda la auto-destrucción de la sociedad venezolano. Es además uno de los temas de menos reflexión en una sociedad con pocos deseos de cambiar las facilidades de enriquecimiento a través del acceso ilícito a la renta minera. Un mal presente de forma profunda en la educación familiar de tantos venezolanos, cuyos alcances sobrepasan cualquier influencia ética de sistema formal de formación. Es imposible la construcción de un entorno civilizado si la familia no cumple satisfactoriamente su rol de formación ciudadana, el cual, presupone una indiscutible dimensión ética.
A lo largo de mi experiencia de vida en Venezuela, he escuchado a familiares de corruptos informándo con alegría y sin ningún tipo de pudor sobre los actos de corrupción de sus parientes. Recuerdo, por ejemplo, al tío de una abogada quien me notificó con algarabía y orgullo que su sobrina había desviado un millonario monto de $ destinado a la compra de vagones de metro a una cuenta personal off-shore en Panamá. Este venezolano celebró el enriquecimiento millonario y la astucia criminal de quien no compró los vagones y lavó este capital en una suntuosa construcción comercial en ciudad de Panamá, lugar donde vive cómodamente junto a todo su núcleo familiar (padre, esposo, hermanos e hijos) actualmente. A la luz de esta forma de pensamiento, no importa el perjuicio que genera la corrupción a los otros en la sociedad ni las transformaciones negativas del entorno como consecuencia de la depredación del erario público. Desde hace dos años, todas las ciudades venezolanas padecen de una grave crisis del transporte público, no existen buses en circulación y los pocos metros del país no poseen suficientes vagones de metro. En este escenario, el régimen autorizó irresponsablemente el traslado de seres humanos en trucks de carga animal (en sustitución de los medios públicos de transporte) exponiendo de esta forma a los pasajeros a infrahumanas e inseguras condiciones de movilidad urbana.
En la sociedad venezolana, fue posible observar cómo padres iniciaron a sus propios hijos en negocios oscuros de contrataciones ilícitas con el Estado e incluso en sus relaciones con capos de droga. “Todos lo hacen, lo hicieron antes y lo haría cualquiera si pudiese” fue la justificación de una de las altas directivas de PDVSA (abogada) de la corrupción en este tipo de posiciones ejecutivas durante la V República. Una convicción personal que coincide con una de las declaraciones más escandalosas pero sinceras de un político venezolano de la IV República: “en Venezuela no existe razón para no ser corrupto” (Gonzalo Barrios).
Depredación, enriquecimiento millonario y huida a otro entorno con mejores condiciones de vida ha sido el sueño de tantos venezolanos en los siglos XX y XXI. La creencia en la pertenencia a todos de la renta minera podría tal vez ser una de las causas del consenso social venezolano en relación a la impunidad de la corrupción. Sin embargo, esto último no explica la ausencia de sensibilidad hacia los otros y el entorno cuando se trata del aprovechamiento de alguna oportunidad de corrupción. Venezuela es un país no amado” es una expresión que puede escucharse comúnmente entre las víctimas del apocalipsis venezolano. ¿Cuáles son las causas profundas de la auto-destrucción venezolana?, ¿cuál es el origen de la mentalidad depredadora predominante (corrupción)?, entre otros, forman parte de las interrogantes de quienes viven las consecuencias del poder destructor del mal en una sociedad.
Roselyn Kristen