Ladrones de vidas

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Es una mañana de mayo, al igual que millones de personas en una ciudad del centro de Venezuela, no he salido de casa desde hace más de una semana en resguardo de mi vida, en medio del caos de un totalitarismo que instrumentaliza, para la conservación del poder, al desbordamiento del hampa común, y a la represión policial, militar y paramilitar contra los ciudadanos. Me siento presa en casa y mis reservas de alimentos en la despensa comienzan a agotarse, la supervivencia hace perentoria mi búsqueda de los mismos en un entorno con severa escasez de productos de primera necesidad, tales como medicinas. No tengo idea de cuántos establecimientos comerciales sobrevivieron a numerosos saqueos no controlados dolosamente por los cuerpos de seguridad del Estado. La necesidad de alimentos supera al temor de morir debido al alcance de los disparos u otros abusos de poder de policías, militares, paramilitares del régimen o en manos del hampa común. Las restricciones institucionales impuestas a los medios de comunicación, a la libertad de expresión y en general la manipulación estatal de la información impiden a los ciudadanos un conocimiento exacto de los acontecimientos del entorno. Los usuarios de las redes sociales muestran fotografías de graves hechos de violencia, entre los cuales, genera conmoción la presencia de una banda criminal en una de las principales autopistas que conducen a la ciudad. Los rumores previenen del robo de vehículos en esta autopista y de la ausencia de protección de la ciudadanía por parte de los cuerpos de seguridad del Estado. El hampa, sin restricciones estatales como parte de una política pública que comprendió además normas jurídicas de desarme de los servicios de vigilancia privados, ha devenido en un instrumento de dominación de una ciudadanía que debe confrontar este factor desde la indefensión para su supervivencia.
Esta política pública de impunidad frente a hampa y el incremento progresivo de la violencia determinan a su vez la vulnerabilidad de la seguridad de los ciudadanos en sus propios hogares. La sensación de que no existe ningún lugar donde puedas estar a salvo ilustra la destrucción de la patria de millones de personas por parte de un totalitarismo cuya implantación contó con asesorías u otro tipo de contribuciones de intelectuales (académicos universitarios) socialistas, nacionales y extranjeros. Asesorías que persiguieron (a cambio de onerosas remuneraciones) entre otros aspectos, la precisión y aplicación eficiente de estrategias de comunicación de masas y de psicología social en aras del éxito de la propaganda política del régimen totalitario. La promoción del resentimiento y la defensa discursiva del régimen frente a denuncias de violación de derechos humanos formaron parte de la política comunicacional del mismo. Las políticas comunicacionales de los regímenes totalitarios no son intrascendentes en relación a los alcances de los mismos en la vida de los ciudadanos. El “lenguaje crea realidades” (John Austin), su naturaleza performativa deviene en el principal instrumentos de acceso o conservación de poder de los políticos, quienes son “máquinas productoras de discursos” (Karl Popper). Desde esta perspectiva, el poder del lenguaje puede favorecer incluso el surgimiento o consolidación del fenómeno psico-social del hombre-masa (en los términos que Hannah Arendt definió este concepto) el cual, constituye una de las características esenciales del totalitarismo.
De la misma forma, resulta notorio que a pesar de los miles de crímenes de lesa humanidad que son imputados al régimen, cuyos expedientes y pruebas están sometidos a la revisión actual de la Corte Penal Internacional, continúa la prestación de intelectuales de este tipo de asesorías sin ningún tipo de escrúpulos. Contribuciones intelectuales que configuran en determinados casos delitos tipificados en el ordenamiento jurídico nacional, tal como la violación de la forma republicana. Poco parecieran importar la libertad individual y la vida del ser humano cuando se tratan de la persecución de los intereses de los actores de ideologías totalitarias. Por ejemplo, basta recordar las asesorías y defensa pública de intelectuales españoles comunistas en aras de los intereses del Socialismo del siglo XXI en Venezuela. En este ejemplo contrasta la diferencia entre las condiciones de vida de estos intelectuales en un escenario europeo, libre y con garantías de los derechos humanos, y la crisis humanitaria (de conformidad con los pronunciamientos de la Organización de Naciones Unidas) que confronta la población venezolana. Mientras estos intelectuales desayunan en un café de París, o disfrutan de la paz de un campus universitario de Madrid, los venezolanos padecen la angustia de un auténtico infierno que hace imposible el feliz desarrollo de sus proyectos de vida. Seres que han sido víctimas del robo de sus proyectos individuales en un entorno que imposibilita el libre desarrollo de los mismos. Víctimas que ni siquiera imaginan que algunos ladrones de sus vidas sean docentes en alguna universidad de un lugar lejano a sus hogares.
Roselyn Kristen