El Estado lambucio

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María Cristina es ingeniero químico. Quiso el destino que le tocara la inmigración de su natal Valencia en Venezuela y terminara precisamente en la ciudad del mismo nombre en España, trabajando para una compañía de higiene industrial. Nunca se imaginó que debía dejar a su madre y a su hermano menor, aun estudiando sus primeros años de universidad.

Pero María Cristina es una chica con suerte. Consiguió trabajo casi de inmediato por ser “española de papeles”, suerte que no tuvo su esposo y también ingeniero mecánico Gustavo, que se las tiene que apañar en una tienda de ropa mientras le sale la certificación de un matrimonio hecho a la carrera. Carlos su padre y mi amigo, cuya trasnacional en la que trabajaba fue arrasada, tuvo que cambiar de trabajo tras veinte años a otra que terminó cerrando sus puertas y es profesor. Su madre y también mi amiga, hace tortas y es hoy sostén de hogar, porque con el trabajo digno de profesor no se puede vivir.

Víctor, el padrino de Gustavo trabajaba con el papá y emigró a Chile teniendo que trabajar como empleado en una pequeña librería de bolivianos. Desde allí tiene que sostener a su “viejita” como le dice a Amelia y que recibe el equivalente a un euro mensual de pensión: “lo único que quiero ya, es morir en mi casa” porque a fin de cuentas “lo único que me quedan son los recuerdos”, dice.
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Son historias reales, apenas dos de las millones de historias que se repiten a lo largo y ancho de Venezuela. Sus hijos en España son “mileuristas” porque María Cristina gana mil doscientos euros pero tiene que trabajar muchas mas horas que sus pares españolas y enfrentar una rudeza de condiciones increíbles, Gustavo gana ochocientos “en negro” con un par de trabajos y entre los dos se las apañan para vivir “bien” como dicen muchos de los que anhelan sencillamente vivir decentemente.

Ellos tienen más suerte que muchos de sus amigos venezolanos que viven de trabajo en trabajo, pagas “en negro” de seis o setecientos euros en pueblitos porque vivir en la costosa ciudad, es un lujo inimaginable, como Miguel un administrador que también es “chef” y de trabajar en una buena oficina de Caracas, ahora pela papas y enfrenta el menosprecio todos los días de su vida por ser “americano”, durante 16 horas de trabajo en un hostal de Murcia.
No hay excesos, ni lujos en la vida de ninguno. Cuesta el alquiler, cuestan los servicios, cuesta tratar de comprar la silla más barata en Ikea, ropa para el invierno, la deducción del seguro, la comida; el día a día y el sobrecito, ese donde acumulan algo que no es ahorro, unos euritos para cualquier contingencia. En fin que les cuesta subsistir igual que a todo español que comienza y por eso viven con una libreta ajustándose a esa nueva vida de emigrante.

Y lo hacen con mucho esfuerzo, más del que la gente cree, María Cristina y Gustavo envían a Venezuela unos 100 euros entre los dos, a veces unos 50 mas cuando las cuentas les sonríen, a veces 20 menos, cuando no encuentran comprador que no les quite euros por las transferencias. Miguel sudando aun mas, les deposita 30 mensuales para hacerlo todo juntos. Otras veces, con lagrimas en los ojos, porque hicieron un mal calculo y se quedaron sin pagar algo, o aumentaron la deuda, sencillamente porque están aprendiendo a vivir. Para todos llegar a final de mes, significa que su saldo en el banco siempre termina en negativo.

Por eso hay que sacarse de la cabeza el pensamiento lambucio que reza: “aquí con mandar solo 100 dólares de remesa se vive bien” o que “cien euros no es nada para alguien en España”. No amigos, eso no es así, no son “solo cien”; se trata del trabajo ajeno del que estamos hablando, se trata del esfuerzo de otro que esta comenzando su vida, se trata de las lágrimas, de las privaciones de los jóvenes, esos cien dólares no sobran y representan mucho más que un monto. “Cien” para el venezolano de la era Cadivi no es nada, pero un billete de cien dólares o euros son muy pocos los que los ven, porque en esos países casi no se puede ahorrar. “Cien”, son una barbaridad que hay que sudar.
“Cien”, son el esfuerzo de María Cristina o de Gustavo que ahora no solo deben ser sostén de hogar propio, sino el ajeno. “Cien”, representan atrasar las ganas de tener un hijo, porque en Europa no “nacen con el pan debajo del brazo”, frase infeliz capaz de aniquilar países enteros, porque para darle la misma educación que recibieron ellos, para que puedan emerger en Europa, van a necesitar ahorrar eso y más. “Cien” son una cena de aniversario, un lujo que no pueden darse o unas cañitas de varias semanas para hacer un nuevo entorno de amistades, cien es la ropa necesaria para ir al trabajo y que no te miren pensando que vistes “cutre”, en un país donde a todos menosprecian a quien no se viste bien.

Y estamos hablando de los profesionales emigrantes, porque al obrero le va peor. El que piense que “cien” no es nada para quien lo manda, sencillamente no ha trabajado en su vida. No sabe lo que es el valor de las cosas, Cadivi y las gratuidades venezolanas le hicieron más daño que el comunismo.

Por eso insisto en que hay que quitarse ese pensamiento venezolano que cree que “cien dólares no son nada” porque si es mucho, cuando se trabajan afuera. Porque hay que sudar en Estados Unidos o la Unión Europea para obtenerlos y al menos la oposición y nuestros “influencers” deben entender las remesas con la misma humildad y la vergüenza propia de Carlos o Amelia cuando las reciben. Porque saben que sus hijos y familiares están haciendo un esfuerzo tremendo por enviarlas y al recibirlas, no son “cien dólares con los que se vive bien”.

Carlos y Amelia gastan ese dinero con dolor, cada vez que desembolsan un monto piensan en el esfuerzo de sus hijos mileuristas, cada vez que ponen el código de sus tarjetas de debito, aguantan las ganas de llorar y tratan de alargar la compra para pedir menos la próxima vez. Cada vez que Carlos compra Harina Pan, piensa en el vestido de novia de María Cristina, un vestido que no tuvo. Cada vez que Amelia recibe sus remesas, piensa que su hijo no podrá jamás cumplir los sueños que tuvo desde niño.

No hay día en el que Gabriel, el hermano menor de María Cristina no sueñe con devolverle la plata que su hermana envía y poder emigrar para ayudar a su madre y rebajar la carga. “¡No hijito, estoy bien!, no me mandes más, yo te aviso” dice Amelia estirando unos bolívares que semanalmente sirven menos. “Es que compre demasiado y se me va a podrir” miente Carlos con una hidalguía propia, de quien quiere lo mejor para sus hijos y sabe lo que significan esos “cien”. “Gracias hermanita- dice Gabriel aguantando la vergüenza- al recibir el tratamiento de un par de meses para la hipertensión de mamá”.

Y todos tienen una angustia en común. ¿Qué pasa si necesitan un caucho, o un repuesto del carrito viejo y tienen que ir a la universidad o a repartir tortas en una perrera?, ¿Qué pasa si Carlos tiene que ingresar en una clínica?, ¿qué pasa si Amelia necesita otra operación?. No amigos, esos cien con mucho esfuerzo son solo ayuda humanitaria mínima.

Por eso las remesas no son el deber ser, esos “Cien” representan una debacle. La repercusión temporal de una guerra o de una catástrofe, como las remesas de los italianos tras la segunda guerra, como las de los españoles después de la Guerra Civil y las penurias posteriores. Son y deben ser incidentales, temporales como lo han sido siempre, a menos que también representen una derrota política, como la cubana.

Y allí es donde los Estados Socialistas pretenden convertir a Venezuela en un Estado lambucio, en un Estado parásito del capitalismo. Habiendo despilfarrado una fortuna producida por muy pocos y pagados por los estados capitalistas, ahora pretenden nada menos que vivir del esfuerzo ajeno, de quienes con mucho esfuerzo se parten el lomo trabajando en el capitalismo. “Son tres mil millones” piensan unos, “son seis mil millones” piensan otros, “vamos a meterle el guante como lo hicieron los cubanos”.

No amigos, Cuba no es un “modelo” sino las repercusiones de un fracaso, las ideas de un Fidel sobreviviente, un estado que pretende vivir del dinero de los turistas capitalistas, en especial y más contradictorio aún del “proletario” del capitalismo, de esa clase trabajadora de “cuello azul”, lo más bajo en la jerarquía industrial que necesitan la mayor cantidad de días por el menor precio posible, en fin del servicio de los que más trabajan y menos dinero tienen en el capitalismo.

El Fidel sobreviviente terminó viviendo de las remesas de aquellos connacionales a los que expulsó y no paró de insultarlos llamándolos traidores y quienes trabajan en el capitalismo, o vivir de los médicos a los que hay que chantajear y amenazar en los países capitalistas, para que sostengan a un socialismo y más aun un aparato de vagos incapaces de producir y sin poder pagar siquiera el combustible que también hay que regalarles para sostener al último “gomecismo” o “somocismo” del Caribe, que es a fin de cuentas la verdad, porque esa forma de vida, es la prueba más clara y eficaz de su derrota.

¿Quién habría sospechado que el marxismo terminaría convertido en un parasito del capitalismo?.

Unos parásitos que además se victimizan permanentemente y llaman “bloqueo” al hecho de que su “enemigo” no quiere negociar con la Isla, que aquellos a quienes insultan permanentemente no les vendan productos de calidad que no les abra su mercado y tengan que buscarlo en otros países capitalistas más caros o que los bancos imperialistas y Wall Street no financien al socialismo, -esa es la queja central del bloqueo- tampoco es un “modelo”, es la prueba viviente de una mentalidad parasitaria, en el que se ha convertido la gesta libertadora del marxismo tercermundista. Es la organización del rancho, de la favela que tienen en la cabeza, esa misma de quien pone a los hijos a pedir limosna para sostenerse, en vez de trabajar.

Cuba y ahora Venezuela no son “modelos” son una contradicción de tal nivel, que termina siendo hasta ridícula. Es una imagen del perfecto vivo latinoamericano. Pensar así ya es malo, creer que eso puede ser usado como una economía en pro del bienestar de la nación, no es un pensamiento político, ni económico es esa misma mentalidad de rancho que cree que pedir limosna, es trabajar.

Venezuela, lamentablemente se parece cada día más a una favela enclavada, en un Estado fracasado y lambucio. @thayspenalver
Thays Peñalver