El mito del Plan Marshall y Venezuela

Thays Peñalver's picture

Hace apenas semanas, todos los vuelos en la ciudad de Londres fueron cancelados por amenaza de bomba. El peligro no provenía de un sinestro terrorista sino del descubrimiento de una bomba, del tamaño de un Volkswagen, de la Segunda Guerra que no había explotado en más de setenta años (The Guardian), de inmediato fue ordenada la evacuación y todos los ciudadanos en un radio de trescientos metros salieron ordenadamente de sus casas.

“Esta no es tan grande”, decía una señora que se disponía a abandonar su casa, habituada ya a las quince mil bombas sin explotar que han sido removidas en apenas tres años (The Sun). Lo mismo o peor, puede ocurrir también en Hamburgo o Berlín. Para tener una idea, si la bomba de la Segunda Guerra hubiera sido encontrada en cualquier esquina del Centro de Caracas, habrían tenido que evacuar prácticamente doce cuadras a la redonda.

Pero salvo estos “pequeños detalles”, cuando Usted camina por la ciudad de Londres, poco o nada puede percibir de la devastación que hicieron los bombardeos alemanes en Inglaterra durante la segunda guerra mundial. Para visualizar el desastre es necesario imaginar que todos los edificios que existen en Caracas, absolutamente todos fueron completamente destruidos hasta sus cimientos, mientras que otro millón y medio de viviendas fueron alcanzadas por el fuego o las bombas siendo severamente dañadas. A las ciudades industriales como Sheffield, Bristol, Portsmouth o Coventry (puertos o fábricas de armamento) no les fue mejor y a los complejos industriales en Manchester les cayeron en apenas semanas, treinta mil bombas incendiarias.

En el año 1946 Inglaterra recibió, ajustados a la inflación, dieciocho millardos de dólares. Al año siguiente recibió cerca de trece mil millones más y el ultimo año de aplicación del Plan, recibió unos once mil millones de dólares, para un total de cuarenta mil millones de dólares de los de hoy. Es necesario ser bien específico con esto porque Venezuela ha recibido sesenta y siete veces el monto que le dieron a Inglaterra o más de diecinueve veces, la cantidad que le dieron a toda Europa para su reconstrucción. De hecho el Fondo Chino fue el equivalente al Plan Marshall para toda Europa y el peor año de petróleo en Venezuela equivale al doble de lo que recibió Inglaterra.

He aquí la realidad venezolana. Desde el año 2000, cuando Venezuela recibió casi tres veces el dinero de Inglaterra, hasta que la burbuja de materias primas permitió recibir en promedio siete veces lo que recibían Inglaterra, Francia y Alemania juntas para su reconstrucción, anualmente Venezuela recibió unas cifras francamente sorprendentes.

Pero es necesario entender el mito en profundidad. En ese libro que marcó la vida de cuanto retrasado comunista del tercer mundo existe, titulado Las Venas Abiertas de América Latina, fue cuando se difundió con mucha fuerza algo que Arturo Uslar y varios destacados pensadores de este país venían diciendo: “Los taladros han extraído, en medio siglo, una renta petrolera tan fabulosa que duplica los recursos del Plan Marshall para la reconstrucción de Europa”. Es necesario decir todo esto para determinar este mito que muchas veces esgrimimos pero que no es cierto. Algo que algunos de nuestros políticos e influenciadores repitieron durante décadas y que es necesario terminar de enterrar.

Lo primero es analizar las diferencias. Los británicos gastaron el 25% en medicinas, alimentos y fertilizantes, ya que la gigantesca mayoría de los recursos, los aplicaron a la industria y el campo para volver a producir. Pero he aquí quienes somos y para esto vamos a suponer que veníamos de una desventura donde la gente comía alimentos de animales, permitámonos esa suposición para empeorar aún más nuestra verdadera tragedia, para hacer una radiografía muy necesaria de nuestra idiosincrasia:

* Nos gastamos un Plan Marshall en armas y municiones.
* Dos planes Marshall en tarjetas de crédito y líneas aéreas para visitar Disney.
* Un Plan Marshall en electrodomésticos, televisores y demás cosas “útiles”.
* Un Plan Marshall en comida importada que antes producíamos.
* Otro plan lo gastamos en importar petróleo, que también producíamos.
* Invertimos un Plan Marshall en electricidad, agua y servicios que no tenemos.
* Pagamos un Plan Marshall a Odebrecht y a varias empresas más, incluidas las de maletín, las fantasmas y las creadas por los testaferros de los ladrones, para hoy no contar con la mayoría de esas obras.
* Gastamos otro Plan Marshall más en fabricas e industrias que nunca abrieron.
* Otra Plan Marshall más en médicos extranjeros y ayuda, expulsando a nuestros médicos al exterior por no poder recibir un salario digno.
* Un Plan Marshall completo terminaría en los paraísos fiscales, en las cuentas de quienes firmaron los contratos.
* El monto de varios planes Marshall serían despilfarrados en gratuidades indebidas, como si de dinero propio se tratara.

Y buena parte de ese dinero, monto con el que se construyeron otros países, se diluyó por la estupidez de haber tenido a vagos y maleantes a cargo de una gestión económica calificada como la peor que se registre en los últimos tiempos,

De esta manera, terminamos sin poder comer siquiera alimentos de animales. ¿Recuerdan? La famosa perrarina.

Muy bien, dirá Usted. Entonces, si me has dicho esto, estás convalidando el hecho del despilfarro y el robo de planes Marshall. ¿dónde esta el mito?

Simple, no es lo mismo reconstruir algo que construirlo. Para entender el “milagro japonés” o el “milagro europeo”, lo primero que tenemos que aprender es que Japón hacía portaaviones en 1930, así como miles de aviones. No fue difícil reconstruir la industria alemana que hacía gigantescos buques, aviones y la tecnología, porque no es lo mismo que inventarla de cero. De allí la primera parte del mito, los europeos solo necesitaban comida y medicinas, así como unos pocos pero importantes insumos para reconstruir una gigantesca industria como la que tenían tras cien años de esfuerzos. Cien años de profesionalización y cien años de know how

Pero en Venezuela, si bien es cierto que hay gente de todos los niveles que trabaja de sol a sol y se revienta dignamente, la mayoría vive de la nada, son los dependientes y no hay manera de construir algo nuevo, como por ejemplo un país, si no cambiamos ese modo de pensar, pero de raíz. De otro modo, jamás lo lograremos. ¿Qué cómo? Pues con algo que muchos, tal vez demasiados, no quieran escuchar: sembrando en cada venezolano el hábito del estudio, del trabajo y del esfuerzo individual. En esta semana un lector me comentó que sintió muy fuerte que dijera en mi articulo anterior: “No comeremos ni petróleo”, la palabra lambucio. Pero si hay una palabra venezolana genial es esa, que en el Oriente del país, de donde proviene, la usamos para definir al pícaro de poca monta, a ese personaje capaz de arrastrarse por cualquier pequeñez, un holgazán que siempre busca alguna ventaja, por pequeña que sea sin mayor esfuerzo y que en estas casi dos décadas de chavismo se ha incrementado y dejado atrás al pobre diablo, ahora se encuentra en todos los niveles. Usted los ve.

Cuando un venezolano llama a otro “perfecto lambucio” es porque el sujeto no puede ser mejor ejemplo de su estirpe, es el tipo que disfruta como reza la letra de la canción, durmiendo siempre en chinchorro ajeno, el autoinvitado permanente que se come la comida de otro y la comida de la fiesta, el que nunca pone algo para colaborar y pide prestado a todos, sin ánimo alguno de pagar la deuda. Y allí se ha creado un circulo vicioso, porque las clases políticas lo han cultivado siempre, necesitan al lambucio para asegurarse los votos y hasta han llegado a proponer que el nuevo líder debe ser como él: un vivo de siete suelas. Lamentable recomendación, por cierto.

Tan lambucio es el que pide prestamos para pagar gasto corriente, como el que después no quiere pagar, ni honrar los compromisos. En eso no importa si es el gobierno o la oposición. Vaya manera de educar que tienen algunos políticos economistas, el que no quiere pagar porque asume que fue “explotado” (izquierda) y el que quiere “reestructurar” la deuda por que es “demasiado pesada” (derecha) en fin, que somos siempre soberanos para endeudarnos y unos lambucios a la hora de hacernos responsables, algo así como unos “soberanos pendejos” cuando les aplaudimos de lado y lado.

Por eso no importa cuantos planes Marshall inyecte usted a lo poco que queda de Venezuela, porque aquí ganará quien ofrezca más chinchorros ajenos y mucha comida gratis en las fiestas.

Un civilista de nuestra historia, Fermín Toro, desconocido para muchos y sacado de los libros por la izquierda decimonónica que tergiversó la Historia de Venezuela, pero uno de nuestros mejores políticos y Presidente de la Convención Constituyente por allá en el siglo XIX, cuando un periodista le preguntó cuál Constitución le parecía mejor, ¿la recién redactada o la anterior? Respondió: “Ninguna”, dejando al periodista tieso. “Cuando vea moralidad en las costumbres, hábito de estudio y amor por el trabajo, Venezuela será poderosa y feliz con cualquier Constitución.” Sentenció.

Como es natural, aquellos que proponían trabajo y estudio fueron arrasados por los que prometían la nefasta “justa repartición de las riquezas”. Entonces, aquel pueblo saltó a las calles para protagonizar una guerra civil infame y se fueron como siempre, tras un Robín Hood que prometía lo que para el lambucio es el paraíso, hacerse del producto del trabajo que con esfuerzo y constancia han conquistado los demás.

Ciento sesenta años se acaban de cumplir de aquella potente frase que tenía que haber abierto los ojos de los hombres y las mujeres de Venezuela, que debió limpiar los caminos para que transitaran quienes quisieran construir una gran Nación con el esfuerzo y sacrificio de los que trabajan y se esfuerzan, pero al día de hoy no hemos sido capaces de colocar la primera piedra para el cambio. Estas palabras no resonaron en nuestro país, porque aquí los políticos más bien parecen vendedores de lotería o misioneros catequistas y pasamos del “con AD se vive mejor” porque regalaba todo, hasta el “ahora PDVSA es de todos”. Cero riesgo, nada de compromiso.

Para mi el mito radica allí, porque muy seguramente si ese modo de pensar cambia, me atrevería a decir que Venezuela no necesitará de un Plan Marshall para ser construida, por primera vez. @thayspenalver
Thays Peñalver