¿Por qué los chefs pueden plagiar sin que nadie les haga juicio?

Ley SOPA. Megaupload. Cuevana. Derechos de autor. En los últimos meses, hemos leído noticias sobre empresas multinacionales como Sony o Fox litigando contra sitios de internet que difunden contenidos artísticos. Música, películas, libros: todo está protegido por la ley.

Y mientras la batalla por el uso y reproducción de contenidos está caliente, con sitios como RapidShare, Taringa y Grooveshark en el banquillo de los acusados, en JOY nos preguntamos: ¿qué sucede en la gastronomía? ¿Qué pasa cuando un chef replica un plato exitoso como el Volcán de Chocolate, por ejemplo? ¿Alguien infringe la ley de propiedad intelectual? ¿Nadie cobra regalías en concepto de derechos de autor?

¿QUE ES EL COPYRIGHT?

Ante todo, hay que saber algunos conceptos básicos. Por ejemplo, que para la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (fundada en 1967) el derecho de autor comprende una rama de la Propiedad Intelectual que se aplica a las creaciones artísticas como libros, obras musicales y programas informáticos. Y busca resguardar el derecho que los autores tienen sobre sus obras: a difundirlas, reproducirlas o a no publicarlas. En inglés, el derecho de autor se llama, con algunas variantes, copyright.

Pero entre las cosas que se consideran creaciones del intelecto no figura la gastronomía. De hecho, para las legislaciones del mundo ni siquiera existe la noción de “autor” en la cocina. Platos y recetas no son material de autoría, sino meras ordenaciones de cosas preexistentes. Y argumentan que en la cocina no existe una idea original, o una solución práctica nueva que justifique su protección, sino adaptaciones y copias que no tienen un creador claro y evidente.

¿Pero por qué a Yesterday -que usa notas e instrumentos conocidos- sí se le reconoce una autoría y los Beatles cobran dinero si la pasan por la radio, le hacen un cover o si reproducen la partitura en un libro, mientras que un plato de Paul Bocuse puede ser copiado hasta el hartazgo sin que el pobre cocinero vea un euro? Como dice el jurista norteamericano Christopher J. Buccafusco (Chicago Kent College, 2007), “la gastronomía está en una zona negativa del copyright: es un disciplina puramente creativa que no está contemplada en el derecho. Y no hay razones doctrinales para que así sea”. O sea que la cocina no tiene copyright. Aún así, existen algunas pocas formas de protección para cocineros con hambre de regalías.

PLAGIO ROLL

Juan Martín Ferraro y Alejandro Flores crearon Sushiclub en 2001 cuando en Buenos Aires el sushi comenzaba a masificarse. No sólo introdujeron los New York, California y el Philadelphia Rolls, sino también nuevas variantes de su propia cosecha.

Para el 2003, cuando la cadena daba sus primeros pasos, Ferraro (hoy gerente general), comenzó a observar cómo la competencia copiaba sus creaciones. “No sólo los ingredientes –explica a JOY– sino incluso sus nombres: Futurama, Crazy Roll, Geishas. Los veías en cada restaurante de sushi que abría en la ciudad”, cuenta. Esto lo encaminó hacia los estudios jurídicos que operan en materia de propiedad intelectual.

“Fue frustrante –recuerda–. En cada consulta que hacíamos nos decían lo mismo: no hay herramientas que te permitan accionar legalmente. Si bien nos recomendaban que registráramos los nombres de cada pieza como marcas comerciales (con lo cual otros restaurantes no podrían bautizar sus rolls con los mismos nombres que nosotros), era un engorro: suponía un dineral. Y además todo el tiempo cambiamos nuestra carta”. A esto hay que sumarle que el proceso de registro puede tomar hasta dos años. De modo que, con una mezcla de indignación y resignación, vieron cómo los Placer Real y los Buenos Aires Roll se replicaban en otras cartas.

Pero como la cocina tiene a la copia en su ADN, pronto entenderían que eso era un beneficio. “Cuando se me pasó la bronca, me di cuenta de algo: cada casa que nos copiaba nos reconocía implícitamente como los mentores del sushi. Así que mientras ellos hacían crecer nuestro mercado, también hacían crecer nuestra reputación”. Pero Ferraro aprendió otra cosa más: “Que no pudiéramos proteger nuestras creaciones nos puso en alerta máxima y nos mandó a cocinar más y mejor; nos obligó a no dormirnos en los laureles”.

KETTY VERSUS CHELA

La marca no es el único recurso posible para protegerse. En materia de recetas, si bien no se puede registrar una idea, sí se puede registrar el estilo de su escritura. Es decir que se puede reproducir sin permiso del autor los gramos de azúcar o la cantidad de manteca necesaria para preparar un bizcochuelo, pero no la forma en que está escrita esa receta.

En este sentido, nuestras cocinas también dieron ejemplos nutridos de “plagio”. El caso de Ketty de Pirolo y Chela Negri aún resuena en los tribunales. Estas dos eximias cocineras llegaron a enfrentarse judicialmente por la autoría de unas recetas light… justo ellas, que desfilaron por la TV y que, como ecónomas, formaron a toda una generación de amas de casa y hasta editaron cada una sus libros. Precisamente uno de ellos, lanzado por de Pirolo en 1993 con el título de Cocina Light, hizo explotar la relación. Ese año, luego de publicar varias solicitadas en los diarios y de una mediación infructuosa, Chela denunció penalmente a Ketty por plagio, al asegurar que 34 de las recetas del libro editado por Ateneo eran suyas. Entre ellas, un exquisito matambrito dietético, un paté de dos colores y una tarta de zapallitos.

El caso alcanzó proporciones de escándalo en poco tiempo. Si bien Ketty fue absuelta del delito de plagio en primera instancia, demandó a Chela en 1996 por difamación. En este segundo juicio, el tribunal se expidió a favor de Chela, diciendo que no había incurrido en el delito del que se le acusaba. Ketty apeló y el fallo subió a la mismísima Corte Suprema de Justicia: “Ketty vs. Chela” era un caso tan complejo que suponía la interpretación de tratados internacionales sobre propiedad intelectual y derecho de autor –como el de Berna, 1886-, a los que la Argentina está adscripta. En su fallo, el máximo tribunal dejó entrever que Ketty no era la autora de las recetas y ordenó que hubiera una nueva sentencia sobre el expediente civil 33.466/1996.

ESTA TODO INVENTADO

“Si tomás un libro de cocina de hace 150 años te vas a dar cuenta que las recetas que hoy parecen creativas, ya existían en ese entonces”, dice a JOY Rodrigo Castilla, chef y propietario de Las Pizarras, innovador bistró palermitano. “Cada vez que un colega me dice que le robaron una receta o un producto con el que trabaja, lo mando al Larousse de la cocina para que vea que en 1610 ya preparaban la sopa por la que tanto llora”, sentencia.

La verdadera inventiva, sin embargo, también existe. Tomemos el caso de las propuestas moleculares, que han sido copiadas hasta el hartazgo por los acólitos de Ferran Adrià o Heston Blumenthal –sus dos pioneros- que no por eso dejaron de ser reconocidos como creadores. Y eso, sin mencionar que entre ellos existe un litigio de honor: mientas que el primero pasó a la posteridad como el Messi de las esferificaciones, Blumenthal sostiene que dos años antes que Adriá ya ofrecía molecularidad en su cocina. ¿Quién robó a quién? ¿Alguien robó?

Y si de paternidad se trata, en 1987 se dio el caso paradigmático. Corrían los años en que la Nouvelle Cuisine era fotocopiada en los restaurantes del mundo, y las recetas de Paul Bocuse, Michel Guerard y Pierre Troigros deslumbraban desde Buenos Aires a Estocolmo. Entonces un restaurante, La Gastroteca de Madrid, haciendo gala de una nobleza poco frecuente, decidió pagar regalías a cada uno de estos grandes por el uso de sus recetas. Así, por un puñado de meses remitieron cheques a los cracks al otro lado de los Pirineos, equivalente al 10% sobre la ganancia bruta de cada plato servido.

La sorpresa fue enorme y los diarios de la época se hicieron eco del fenómeno. Pero lo verdaderamente curioso fue qué hicieron los chefs con el dinero. Como si se tratara de una afrenta, más que un reconocimiento, la mayoría lo devolvió agradeciendo el gesto y olvidándose del asunto, o lo sorteó entre los empleados afirmando una vez más que las creaciones en cocina son colectivas. Ningún chef se hizo cargo de la parte que aparentemente le correspondía. En materia de reconocimiento, su vanidad quedaba satisfecha con una buena copia.

LOS CHEFS SE REGULAN SOLOS

Estudiosos del derecho de autor como Emmanuelle Fauchart y Eric von Hippel (Organization Science, 2008), se dedicaron a estudiar las lógicas que rigen en la cocina francesa. En su investigación acerca de cómo y por qué los más renombrados chefs establecen una serie de normas no escritas que les permiten crear y copiarse, los especialistas ven una forma no litigante de respetar la paternidad de las obras. Según ellos, el hecho de que la gastronomía pueda copiarse, citando a los creadores -los famosos platos “a la manera de”- es un signo de buena salud. De hecho, aseguran que si la gastronomía está en auge se debe precisamente a ello, ya que las normas implícitas resultan más efectivas -y baratas- que los tribunales.

Fuente: Planetajoy

EA

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