Los mitos latinoamericanos de la crisis española

España, solidaria con sus ciudadanos, ha asumido un conjunto de medidas que, en una primera fase, agravarían la crisis pero que lograrían reinvertir la tendencia negativa en un menor plazo de tiempo. Lo que los economistas llaman una salida en ‘V’. Para lograrlo, el gobierno ha tomado medidas procíclicas en cuatro principales áreas: sistema bancario, fiscal, presupuestario y laboral. A la vez que se busca tajar el déficit público y encontrar estabilidad fiscal.

Los principales puntos a atacar por el Gobierno han sido la caída del PIB durante los últimos cuatro años, a excepción de 2011 (-1,37 en 2012; +0,42 en 2011; -0,32 en 2010; y -3,74 en 2009); así como una tasa de desempleo que supera los seis millones de habitantes. Elementos que se han desencadenado de la famosa crisis del ladrillo, esa que ha dejado a un elevado número de ciudadanos sin viviendas.

Contrario a lo que se piensa, esta situación no ha logrado menguar del todo la calidad de vida del español medio. Un breve paseo por la capital revela que los restaurantes siguen llenos, que cada noche los clubes se llenan de fiestas, que las universidades privadas no han reducido drásticamente sus inscripciones; así como que tampoco cesa el nacimiento de nuevas empresas y que los productos de lujo registran un crecimiento constante en los últimos años. Esto no significa que una parte de la población no esté sufriendo las terribles consecuencias de la crisis económica, pero tampoco es un escenario tan hostil como el que quieren hacer creer los portavoces del Gobierno de Venezuela.

A través de una estudiada política económica, el presidente español, Mariano Rajoy, ha apostado por la internacionalización de la empresa nacional, la implementación de la colaboración público privada, ajustes fiscales, recortes en algunos sectores (algunos de interés social como la salud y sanidad, pero donde se ha garantizado la misma calidad de servicios que equivalen al estándar europeo). Sin embargo, la pesadilla de los españoles sigue siendo el desempleo.

Con más de seis millones de parados, el Gobierno se ha arremangado y ofrece una solución a corto plazo. Un pago mensual a quienes no encuentran una plaza laboral. Sin retrasos ni excusas, los más indefensos ante la economía encuentran una ayuda suficiente para abarcar sus gastos y sus necesidades. Una medida que resulta impensable en la “revolucionaria” economía venezolana. Además, España ha apostado por la implementación de una moderna reforma laboral. Una medida que, tras dos huelgas generales, apuesta por la flexibilidad de las empresas, nuevos modelos de contratación y una fuente de construcción de empleo cuando el PIB crezca por encima del 1% (cifra que podría alcanzar para el cierre de 2014, según las previsiones económicas).

Las medidas sociales se expanden a quienes no pueden pagar sus casas. Conscientes de que la situación inmobiliaria es compleja y que los activos tóxicos no aportarán ningún beneficio al sistema, el Gobierno ha dictado una normativa que impide la realización de desahucios durante los próximos dos años en aquellas viviendas donde estén alojadas familias con situación de especial necesidad. Esto ofrece un plazo de tiempo para que los grupos familiares reorganicen sus finanzas y para que el Banco Malo comience la salida al mercado de los actuales activos inmobiliarios encerrados en la banca.

¿Y en Venezuela?

Mientras España está reorganizando su sistema económico para alcanzar, a corto plazo, un crecimiento sostenible y sólido, en Venezuela se han dormido en los laureles de una economía que sólo florece por los elevados precios del crudo. En este sueño de cristal, sólo es necesario que la demanda de petróleo decrezca para que los ingresos nacionales decaigan y las financias internas tambaleen ante el elevado gasto público y la escasa diversificación de la producción nacional.
La idea de una economía fuerte que crece un 5,2% anual sólo es real en las tablas publicadas por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), ya que la población sigue peleándose en los supermercados para poder comprar un pollo o un poco de harina, con unos precios constantemente en alza y la lenta muerte de la producción nacional.

Sin una crisis económica encima, Venezuela cuenta con una de las inflaciones más altas del mundo. El índice, que siempre alcanza los dos dígitos, sólo es comparable con el registrado en las naciones más pobres de África. Según expertos, esta tasa podría alcanzar el 30% durante 2013 por los efectos directos de la devaluación, lo que reduciría aún más el poder adquisitivo de los ciudadanos. Sólo para comprender el margen de diferencia, en España se prevé que el año cierre con una inflación máxima de 1,8%. ¿Dónde está el famoso Bolívar Fuerte?

También resulta importante destacar que, mientras España ha logrado paliar su crisis gracias a la sólida producción nacional y aumento de la competitividad empresarial ―que permite que los ciudadanos encuentren una amplia gama de productos locales a un bajo precio, así como a las empresas mejorar su margen de calidad-precio para impulsar su exportación―, en Venezuela la situación es, exactamente, la contraria. La destrucción, en los últimos 14 años, del sistema productivo nacional ha sido el principal detonante de que el país no cuente con una soberanía alimentaria y dependa plenamente de las importaciones. De esta manera, la población se ha acostumbrado a comprar lo que encuentra y no lo que desea, pagando el precio que sea por productos básicos, ya que el desabastecimiento se sitúa por encima del 3% según datos oficiales (pero que se duplica en los estudios privados).

El lujo no descansa

Para romper con los mitos de la crisis española se debe analizar uno de los sectores que más debería estar sufriendo los efectos de la contracción económica: el mercado del lujo. En la calle Serrano, reconocida por ser una de las más costosas de Madrid, se ha registrado el cierre de varias tiendas por los altos costes de los alquileres y la caída en el consumo doméstico. Sin embargo, estos locales han estado vacíos por sólo algunas horas y grandes firmas como Ferrari, Armani, Michael Kors, Zara, entre otros, se han posicionado en la prestigiosa vía. Una demostración de confianza en el mercado nacional.

Si una firma internacional como Ferrari invierte grandes cantidades de dinero para tener su propia tienda en el centro de Madrid, es porque la empresa considera que existe un volumen aceptable de españoles con el poder adquisitivo suficiente para comprar uno de sus lujosos vehículos o aquellos productos relacionados a su vistosa marca. La apuesta de otras grandes compañías internacionales y nacionales demuestra que el lujo no descansa en una España en crisis, siendo el único de Europa en no decrecer y hasta en alcanzar un volumen de 5.000 millones de euros al año.

Por el contrario, en Venezuela las empresas se preocupan más por cómo cambiar de país que en seguir invirtiendo en la nación. La inversión privada está desapareciendo como ya demostró, en mayo del año pasado, la reconocida marca del sector juguetero, Mattel. La empresa norteamericana ha decido que sus productos sólo llegarían al país por la importación desde su sede en México.

En este sentido, mientras Ferrari considera que sus productos de lujo y no masificados generarán ganancias en una nación en crisis; una empresa de productos de primera necesidad como Procter & Gamble afirma que recibirá pérdidas en el presente ejercicio dentro de una economía “blindada”, como afirmó el presidente Hugo Chávez. El mundo al revés.

Como se puede observar, sí existe una crisis económica que afecta a España y la región europea, pero esto no se traduce (aunque muchos lo quisieran) en la muerte del modelo capitalista, ni en la caída del nivel de vida español y, mucho menos, en una victoria de la economía venezolana. Si están tan seguros de la fuerza de la economía nacional y regional, ¿por qué la nación ibérica recibió 34.182 extranjeros latinoamericanos en 2011, de los cuales el 23% eran venezolanos?
Los venezolanos siguen considerando que España, incluso sumergida en la crisis, ofrece mejores oportunidades que Venezuela. En principio, porque la economía nacional sólo está sustentada por los elevados precios del crudo en los mercados internacionales y los ciudadanos son conscientes que un pequeño revés en la demanda podría ser suficiente para que el sistema colapse; en especial, por el elevado gasto público del Gobierno.

Mientras Venezuela sigue apostando por este sistema monoproductor, en España (y el resto de Europa) se está reajustando un modelo económico integral que promueve el desarrollo, expansión y comercialización de todos los sectores productivos. Tardará un poco más, pero con los nuevos vientos la nación ibérica podrá navegar una vez más entre las economías más sólidas del mundo, junto con Estados Unidos y las naciones emergentes que sepan aprovechar su acelerado crecimiento, como podrían ser Rusia, China y Brasil.

Lamentablemente, Venezuela no aparece en ninguna de las proyecciones de nuevos líderes económicos. Un hecho crítico cuando se observa que otras naciones de la región latinoamericana estiman un crecimiento estable para los próximos años y dejan atrás a la economía nacional. Una situación que es percibida por las empresas y que, por ende, alejan a los inversores privados. En especial, por la inseguridad jurídica que existe en el país.

Los venezolanos, que viven su propia crisis tácita y constante, están prefiriendo mirar hacia otro lado y sentir que “no estamos tan mal si nos comparamos con España”. Una afirmación que, además de falsa, les genera pasividad ante elementos como la inflación, devaluación, escases, desactivación del sistema productivo nacional, dependencia a las importaciones, etc.

Si la nación caribeña desea estar al mismo nivel de sus vecinos del sur, necesita cambiar su mentalidad y dejar de pensar en mitos. Esos que, desde la Colonia, han destinado a la cultura latinoamericana al fracaso, como afirma Carlos Rangel en su obra Del buen salvaje al buen revolucionario: “Eso explica que la América triunfadora, los EE.UU, haya hecho un uso muy moderado del mito del Buen Salvaje, y tenga una resistencia sana (mayor que la de Europa) al mito del Buen Revolucionario. Y explica también que la América fracasada, la América Latina, sea especialmente vulnerable a ambos mitos”.

Al parecer, Venezuela no ha aprendido de sus errores pasados. Más allá de que, ahora más que nunca, siguen vivos los mitos del buen salvaje y del buen revolucionario, la población sigue sumando nuevos mitos. De esta manera, malgastan el tiempo sintiendo que están mejor que las naciones europeas, cuando en realidad están parados en una economía tan estable como un castillo de naipes. Si recapacitan, habría que trabajar para crear bases financieras sólidas y expandidas a diversos sectores. Así como está haciendo España por medio de las medidas de estímulos financieros, recientemente aprobada. De lo contrario, sólo una brisa en contra bastará para que el actual sueño económico desaparezca de nuevo. @josepuglisi

EA

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