El Rey de la Noche: "Le Club"

En Caracas, el nacimiento de los clubes nocturnos privados tuvo una razón muy particular. Hasta fines de los años sesenta, y sobre todo en las décadas anteriores, las celebraciones más emblemáticas e importantes eran los matrimonios, fiestas muy formales, porque tenían el origen en un sacramento, y el propósito era la fundación del hogar. Consistían en brindis con champaña por los nuevos esposos, seguidos de un coctel o de una cena. Pero no había música, que se consideraba fuera de lugar por la seriedad y el significado de la ocasión, de manera que había un dicho: “¡matrimonio bailado, matrimonio llorado!” Los novios, terminaban la fiesta partiendo al unísono la blanca torta con las clásicas cintas que halaban las mejores amigas de la novia, y que una contenía un dije, que quien se lo sacara, era la próxima en casarse. Y luego “se fugaban”. Entonces ¿qué hacían después las jóvenes parejas solteras invitadas? Salir a bailar. Pero en vista de que las niñas eran de buenas familias, y serían las futuras esposas, no a cabarets, como el ”Pasapoga”, en la avenida Urdaneta, o el “Todo París” en la Gran Avenida, asociados con lo que buscan los hombres en la noche… Entonces Tony Grandy, un imaginativo empresario de la diversión, ideó el primer club privado nocturno de la capital que bautizó con su nombre: el “Tony de la llave” o “Key Club” situado en la Plaza Venezuela. Los exclusivos miembros tenían su propia llave, y era el sitio adecuado y seguro, para llevar a sus novias o “conquistas”, después de las bodas.

“El Tony de la llave”, se mudó después para la calle El Recreo, bajando de la Calle Real de Sabana Grande, y desapareció a principio de los años sesenta.

A finales de esa década se construyó lo que se llamó “El corazón de Caracas”: el Centro Comercial Chacaíto, que se inauguró en 1969, y dónde quedaban las tiendas, las galerías de arte y los sitios más de moda en la capital, como el “Drug Store”. Fue entonces que un joven empresario caraqueño, perteneciente a la denominada “jai”, que había sido miembro del “Tony de la llave”, tuvo la idea de fundar un club privado, que dictaría la pauta en sus ahora cuarenta y cinco años de historia, y cuyo nombre se convertiría en todo un símbolo: “Le Club”.

A pesar de su nombre francés, “Le Club” hubiese podido estar en Belgravia o Mayfair, los dos barrios más exclusivos de Londres, porque era totalmente inglés. Ningún aviso señalaba el lugar: solo una puerta negra con un pequeño postigo en bronce, infranqueable para quienes no fueran miembros, símbolo del “understatement”, esa sutileza británica de minimizar lo mejor. (Lo máximo que diría la reina Isabel II del castillo de Windsor es: “no está mal….”) Y ese era el concepto que regía en “Le Club”. Sus alfombras eran escocesas, y había un emblemático mural de la híper-inglesa cacería del zorro, con sus jinetes en uniformes de caza, a caballo, y el zorro tan escondido, que quien lograra descubrirlo tenía derecho a una noche de tragos gratis.

El gran bar de madera quedaba en una mezzanina a la cual se accedía por unos escalones, de manera que desde él, se podía observar todo lo que ocurría abajo. Las mesas redondas y bajas estaban cubiertas de cobre pulido, lo que obviaba los manteles, y como muestra del pragmatismo inglés, eran muy fáciles de limpiar o secar, en caso de que se derramara una bebida. Las butacas y los sofás “Chesterfield”, eran de cuero negro. Una pequeña pista redonda facilitaba la intimidad de las parejas que bailaban debajo de un emblemático globo de espejos, reflejando un arcoíris de luces que les pintaba lunares de colores, contribuyendo a la complicidad…

Uno de los grandes secretos de “Le Club” era la impecabilidad del servicio por un inamovible personal. El barman, el “maître d’hôtel”, y los mesoneros, conocían a todo el mundo, y sabían el trago preferido de cada quien.

¿Y quiénes eran “cada quien”? La gente más bella de la ciudad, que no solo poblaba sino que adornaba “Le Club”. Oscar, “Catire”, y Carolina Behrens de Fonseca. Bertil Kalen, uno de los hombre más buenmozos y más simpáticos de Caracas, y su mujer, la espectacular brasilera Silvana Fachini. Luis Teófilo y Antonieta Scannone de Núñez, de una elegancia de bandera con una personalidad arrolladora. Reinaldo y Carolina Herrera, estrellas de primera magnitud, pero que brillaban fugazmente, porque se eclipsaban a las once de la noche, ya que vivían en la hacienda La Vega, de la avenida La Paz en El Paraíso, y Reynaldo tenía que madrugar para estar en el programa “Buenos Días” a las seis de la mañana, por Radio Caracas Televisión, con Sofía Imber y Carlos Rangel. Federico y Margarita Zingg de Blohm, otras estrellas de primera magnitud. Una vez se presentaron Carolina Herrera y Margarita Blohm, vestidas igual por el gurú de la moda de entonces, Guy Meliet. Ambas se murieron de la risa, se retrataron juntas, y dijeron ¡que esa era la prueba de la máxima elegancia de las dos! Carlos y Pilar Colimodio de Siso. Una pareja de Hollywood: Erasmo, y la mujer más bella de Maracaibo: Tiqui (Carmen Eugenia) Atencio de Santiago. Los muy gente, Musiú – Ricardo – y Anabella Vogeler de Gonsalves. La elegantísima Diana Marturet. Alfredo y Veronique de Gruyter de Beracasa. Michel Fuentes. Bela Behrens y el encantador mexicano, Juan González Chávez. Gastón Hernández, y su espectacular mujer, Corina Castro. Luis Eduardo y otra belleza, Marta Canelón de Henríquez. María Antonieta Cámpoli, “Miss Venezuela 1972”, con la sensualidad de Marilyn Monroe, y la voz de contralto de Lauren Bacall. Una decorativa pareja: Otto y la elegante, alta y rubia Marena Fernández de Winckelman. Juan y la Catira Monzón de Delfino, con una melena de oro que le prestaba el nombre. Gustavo, y la animación en tacones, “Guapa” – Elizabeth – Otaola de Rotundo, que bailaba con un vaso de whisky en la cabeza, sin que se le derramara una gota. Hoy la hubiera contratado “Le Cirque du soleil”… Tomasita y Natty de las Casas. Isabel Liscano. Minouche Chauvet, cuyo un nombre era sinónimo de buen gusto, por su tienda de ropa de la última moda en Paris, y el buenmozo de su marido, Karl Ranacher. La bellísima rubia Cherry Núñez. Otro buenmozo y ella muy bella: Eddie y Elenita Álamo de Blaubach. Maruja Beracasa, con el corazón más grande de la ciudad, y su pareja Rudy Tarff. Luis Felipe Herrera, todo un caballero, y otra belleza, Carolina Sánchez de Herrera. Boro – Alfredo – y María Eugenia Benedetti de Behrens, uno de los mejores cuerpos de Caracas. Maríanina Hernández, que era pimienta en granos. Y una estrella fugaz: la bellísima Isabel Oduber, que hubiese sido “Miss Venezuela”, si un poderoso empresario, no la hubiera reclamado, y para cerrar con “broche de oro” su despedida de “Le Club”, lo llenó de globos blancos, y lo inundó de champaña.

¡Y que fiestas! Eran como el “fruto prohibido” porque nadie podía acceder a ellas, y tenían que conformarse con ver las fotos, y leer las crónicas sociales en periódicos y revistas.

El 21 de diciembre 1970, la Nena Parra Sanz, que vivía en Europa, dio la fiesta del año. Solamente había caviar y champaña Cristal. Y todas las luminarias sociales de Caracas asistieron, cubiertas de joyas. (En esa época del “pre-cámbrico” nacional, porque parece tan lejano ¡se podía!) Sin embargo, había detectives de smoking, para acompañar a las señoras desde el carro, cuando llegaban, y hasta el carro, cuando se iban al filo de la madrugada.

¡Pero lo máximo eran las fiestas de disfraces, o de temas!

A principio de los ochenta, hacía furor en Caracas, la telenovela “La Sucesora”, adaptación brasilera de la famosa novela inglesa, “Rebecca” de Daphne du Maurier. “La Sucesora” ocurría en el Río de Janeiro de los locos años veinte. Pues todas la mujeres se peinaron corto “à la garçonne”, con faldas arriba de la rodilla, y medias largas de colores, para bailar el “Charleston”; y ellos con las chaquetas blancas del smoking tropical, como Humphrey Bogart en la película “Casablanca”. Y me ocurrió un simpático incidente. Renny Ottolina, distraído, me confundió con un mesonero y me pidió un whisky. Corrí al bar y se lo llevé de inmediato. Me miró sorprendido y me preguntó: ¿y eso que es? Guá, le respondí, ¿tú no me acabas de pedir un whisky? aquí te lo traigo. Chico, me dijo, ¿te volviste loco? ¡Cómo te voy yo haber pedido un trago a ti! exclamó dándome un abrazo.

Hubo una fiesta marroquí, llena de odaliscas en gazas de colores, y de jeques con turbantes. Y los domingos, de seis de la tarde, a once de la noche, “Le Club” se abría para las pavas y pavos, hijos de los miembros.

La joyería Bulgari de Roma, trajo el rescate de un rey en joyas, que desfilaron para lucirlas, las bellezas transformadas en estuches, con monos negros, que los refulgentes, brillantes, rubís, esmeraldas, zafiros y perlas, trataron inútilmente de eclipsar.

Pero llegó el metro, que trastocó la geografía de la ciudad, y los tiempos cambiaron, porque como dijo un filósofo griego: uno no se puede bañar dos veces en el mismo río. Aunque el río siguió fluyendo, y “Le Club” no se terminó, sino que tuvo una transfusión de dinámica sangre nueva y joven.

Y como lo que había sido, ya no era, fue trasplantado de Chacaíto a la Torre Letonia de La Castellana. Y digo trasplantado, porque con él se mudaron sus emblemas: el bar de madera, el mural de la cacería del zorro, siempre muy escondido, las mesas con sus pulidos topes de cobre, sus butacas y sofás de cuero, y el globo de luces, pintando de lunares multicolores a las parejas de la pequeña pista redonda. Y después por varios años, al Centro San Ignacio, dónde como valor agregado, para evitar la aventura del estacionamiento, había servicio de “valet parking”.

Y, nueva sangre, nuevos tiempos, empezó una segunda era de “Le Club”, distinta a la primera, pero igual de buena, con conocidos artistas, orquestas emblemáticas, conjuntos musicales, y presentaciones de humoristas como Laureano Márquez y Emilio Lovera, para hacer reír a mandíbula batiente.

E igual que antes, grandes fiestas, como “Halloween”, el 1º de noviembre, que es el evento del año, para el cual, el entusiasmo empieza desde que se piensa en los disfraces que por auto decreto, tienen que ser distintos, pero mejores que los del año anterior. Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo, Jack el Destripador, la Bruja de Blancanieves y la Madrasta de La Cenicienta amenazan ¡que si no los invitan se colean! Porque además hay rifas de “pintas”, prendas, motos y viajes.

En las “fiestas playeras”, la magia de “Le Club”, lo convierte en Choroní, Camurí, Morrocoy o Los Roques. Y, derrochando físico, ellas, van de bikini y pareos, y ellos de shores o “speedos”, y anteojos de sol.

Ninguna generación es olvidada, así es que los viernes son para los mayores de veintiuno, y los sábados para los de arriba de veinticinco, en que muchas veces se han armado fiestas con la Billo’s, para seguir bailando como antes. Y hasta ha habido matrimonios civiles.

Y ahora, en el Paseo Las Mercedes que es lo que más se parece al sitio de su fundación, en 1969, “Le Club” sigue siendo, como desde hace cuarenta y cinco años, “el sitio”, para estar, ver y dejarse ver. Como siempre, su personal es la clave del excelente servicio, con William Bello, gerente de operaciones, y los veteranos desde Chacaíto, Alfredo Aristeguieta y Miguel Bastidas, que los tres conocen a todo el mundo.

En “Le Club” no se abdican ni la alegría, ni la animación, ni las ganas de vivir. Porque los venezolanos somos insumergibles, y si la situación se opone “¡luchamos contra ella y hacemos que nos obedezca!”. NP/LEOPOLDO FONTANA BRICEÑO/Cronista Social de Caracas

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