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Carlos Blanco: El capital político

Carlos Blanco: El capital político

La obtención de capital político es un proceso complejo. Requiere dedicación a los asuntos públicos, credibilidad basada en la honradez de propósitos y de ejecutorias, compasión y solidaridad con aquellos de quienes se busca apoyo, y en general transparencia. Cuando se estima que los dirigentes son confiables porque dirigen con honradez, sin cartas marcadas, de cara a la gente, se cimienta el capital político para hacer aquello que se ha propuesto hacer, aun cuando en el camino el uso de ese capital pueda desgastarse en momentos de decisiones cruciales de esas que tuercen la historia en una dirección deseable, aunque no sean comprendidas en un determinado momento.

El presidente Carlos Andrés Pérez tuvo un inmenso apoyo popular en 1988 y obtuvo la victoria electoral. Tomó posesión el 2 de febrero de 1989 y veinticinco días después estalló el Caracazo. Combinación de descontento acumulado en la década perdida de los ochenta y de la acción de grupos insurreccionales que causaron destrozos, saqueos y muertes durante 3 días pavorosos, con intentos de restablecimiento del orden por parte de las fuerzas policiales y militares, a veces infructuosos. El saldo de ese levantamiento fue de casi 300 muertos e innumerables heridos. El hecho de que haya habido una deliberada acción insurreccional a caballo del descontento hizo que la violencia espontánea fuese utilizada como chispa para que se incrementara, con violencia dirigida y estimulada por parte de grupos organizados. En solo 25 días el gobierno y el presidente perdieron buena parte de ese capital político que había sido concedido por la larga marcha de CAP hacia su segunda presidencia y el clamoroso apoyo en las elecciones de diciembre de 1988. Con plomo en el ala, el gobierno inició las reformas políticas y económicas que generaron remezones, infartos y reacomodos en el orden establecido. La ausencia de apoyo de Acción Democrática hacia la labor de su compañero de partido y errores de arrogancia dentro del gobierno, determinaron que el resto del capital político del presidente se invirtiera y consumiera en las reformas, agotamiento que permitió el desarrollo de la conspiración –la rebelión de los náufragos– que derrocó al presidente Pérez. Esto le ocurrió a un gigante de la política venezolana.

Reflexiono estos días sobre similar proceso en manos de buena parte de la dirección política opositora actual. A lo largo de 22 años ha habido dirigentes encumbrados y derrotados, inmensas sumas de capital político que se han acumulado y agotado; a veces sustituidos por nuevas oleadas, a veces consumidos para dejar en la mitad de la carretera al camioncito, sin gasolina, humeante y con las empacaduras quemadas. Ha habido intentos formidables como los de 2002, 2003, 2004, 2005, 2007, 2014, 2017, 2018, 2019, con episodios mayores, medianos y menores. Ha habido la emergencia de muchos líderes y su posterior trituración: su capital político ha sido consumido, en unos casos por su uso, en otros por su dilapidación y en otros más por su evaporación.

El más reciente proceso ha sido el encabezado por Guaidó, quien gozó de inmenso apoyo popular e internacional para ponerle fin al régimen de Maduro. Ningún dirigente ha gozado de más apoyo que el presidente de la Asamblea Nacional electa en 2015 a lo largo de todo este período. Ese capital está entre muy menguado o inexistente. ¿Cómo fue posible que tal cosa ocurriera?

Pienso que las razones no son –como en el caso de CAP– por empeñarse en un camino sin el suficiente apoyo de su partido y de las élites del país; en el caso de Guaidó fue bastante diferente. Contó con el apoyo de los partidos y de una alianza internacional sin precedentes, pero torció el mandato que le fue entregado en 2019. Ese equipo de Guaidó, con gran arrojo pero también con gran ignorancia histórica, creyó que no había recibido el compromiso de hacer algo determinado sino una fuerza de la cual podían disponer a su leal saber y entender, distraídos de juramentos y aliados.

Aquel sólido y rocoso “cese de la usurpación” fue sustituido por el vaivén de la ayuda humanitaria “sí o sí”, la mamarrachada del 30 de abril, el tejemaneje de los bonos, los diálogos de Noruega en adelante, la confusa operación Gedeón y por sobre todo, la arrogancia de pensar que con el apoyo de Estados Unidos –que existe sin duda– se podía mangonear a todo el mundo y obligarlo a seguir esa errática conducta.

Este capital político del interinato no se gastó para el logro de unos objetivos sino se malversó por abandonarlos. Lo cual ha llevado a uno de los resultados más estrambóticos que imaginarse puedan, consistente en la creación de una estructura interina con vocación de permanencia. Cuando se observa el presupuesto de más de 53 millones de dólares, todavía no ejecutado, se ve que no es la estructura fugaz de quien se apresta al desembarco pronto en el país, sino el entramado para perpetuarse en el statu quo actual.

Cuando vuelva a generarse ese capital político hoy perdido y encarne en líderes diferentes tal vez esta lección sobre la necesaria consistencia política y ética sea referencia para no cambiar de caballo en la mitad del río. @carlosblancog

Carlos Blanco: Capital Político