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Carlos Blanco: La reconstrucción del liderazgo

Carlos Blanco: La reconstrucción del liderazgo

El corsé intelectual de la mayor parte de la dirección opositora le impide observar que su propia crisis no se resuelve mediante las prácticas que la han llevado a su “bajón”, como Leopoldo López designa la incómoda situación de Guaidó. De allí que las ocurrencias reparadoras se dan en dos vías empleadas una y otra vez: ampliar el G4 con varios partidos más e incorporar la representación de “la sociedad civil”. Ambos recursos empleados en cada crisis y ambos fracasados.

La incorporación de más partidos no resuelve sino que agrava los problemas de dirección y representación. Los que ya están, están divididos o fragmentados. Se podrá decir que el régimen compró o conquistó a unos cuantos; el problema es que esos cuantos eran figuras relevantes de los partidos y su salida, por las razones que fueren, debilitan sus casas matrices. Aun si no fuera por ellos, la ausencia del oxígeno indispensable para el ejercicio libre de la política, hace de las organizaciones políticas cuerpos vegetativos, con escasas funciones y limitados movimientos.

Añadir partidos anémicos a una asociación anémica potencia su raquitismo; más todavía si los fundadores quieren la regalía de tener más voz y voto que los “nuevos”. De allí que entonces comience la discusión filosófica de los pesos relativos de cada cual, lo que a veces es comparar la valía del vacío versus la nada, dada la estrangulación política aludida. Como se observa, la incorporación de “los nuevos” mangoneada por los dueños del corral lo que hace es ampliar la comparsa sin ampliar la representatividad ni la eficacia.

Al mismo tiempo el G4 no puede hacer otra cosa –y es su tragedia– porque no puede admitir su irrelevancia. Al comienzo su energía y fuerza le vino de las masas populares; de los eventos que concitaron la unidad política y que los partidos más aventajados de la Asamblea Nacional de 2015 llegaron a dirigir por la representatividad que adquirieron. Desde esa fecha en adelante trazaron rutas que ellos tiraron al abandono; las más significativas fueron las promesas de la AN en la campaña electoral de 2015, la consulta popular del 16 de julio de 2017, y los juramentos de Guaidó de 2019 (¿se acuerdan del “cese de la usurpación”?).

Fragmentados y lanzados a la irrelevancia su representatividad ahora les viene de “afuera”, en sentido figurado y real. Hay una narrativa sostenida por opinadores, académicos y periodistas afines al G4 que sopla ese caucho pinchado, sin sacarle el clavo que lo desinfla; desde luego que en ese proceso de respiración artificial le insuflan oxígeno pero con mucho gas carbónico de alta toxicidad porque recubre de victorias lo que son sostenidas derrotas. El otro factor, nada despreciable por cierto, es el inusitado papel del embajador de los Estados Unidos, James Story, que eleva con su indesmentible poder a un sector opositor pero que, al hacerlo, recubre sus pifias. Ya el poder de ese grupo de partidos y dirigentes no viene de “adentro” del apoyo popular sino de “afuera”, divorciado de su propio valor político.

No hay rectificación porque no se trata solo de cambiar esta o aquella orientación; hacer un acto en Caracas o en Barcelona; hacer un G5, un G+ o un G25; cambiar de voceros o rotarlos. El asunto es otro: es el sujeto de esa acción. En su momento, la CTV, Fedecámaras y la Gente del Petróleo fueron el faro de la lucha, con los valientes Carlos Ortega, Carlos Fernández y Juan Fernández al frente; la Coordinadora Democrática en su desorden magnífico dirigió y representó a la sociedad; la MUD dirigida por Chuo Torrealba engarzó con la situación política y el ánimo de la ciudadanía; los dirigentes de La Salida hicieron lo propio por un breve período de 2014. Momentos diferentes, características diversas, pero con dirección y representatividad.

En todas las situaciones descritas hubo diferentes dirigentes que representaron frescas maneras de abordar los problemas aunque todos los partidos y grupos, más o menos, estuvieran cobijados dentro de esos movimientos. Hubo un cambio de visiones, maneras de hacer, alianzas y estilos. Los de esta hora son incapaces de moverse de su atalaya derruida y toman este debate como un intento de destruirlos. Menos van a lograr nada con incorporar a “su” sociedad civil, a las organizaciones y dirigentes que forman parte del coro de alabanzas, a su propia inutilidad.

Por estas razones, esta dirección política opositora no puede moverse. Ni puede conducir a las masas “al cese de la usurpación”, objetivo tirado en el barranco donde yacen las promesas, ni siquiera pueden conducir a una negociación exitosa con el régimen. No pueden hacerlo porque no tienen conciencia siquiera que negociar es una tarea exigentísima, para la cual hay gente entrenada; se creen negociadores así como se creen estadistas. No pueden moverse ni para pelear ni para conciliar; terminan por esta razón en el terreno de Maduro.

Las élites recombinadas –una parte de las viejas y otras germinadas en la podredumbre del régimen– buscan el acomodo mediante negocios en el área financiera o en otras requeridas de buenas conexiones con el funcionariado; los sectores populares en modo sobrevivencia; un sector intermedio, pequeño, que observa mejorías incidentales y autorizadas. Mientras, toda la oposición democrática está metida en el desbarajuste de la búsqueda, la confusión y el intento de desbrozar caminos. Sin embargo, contra lo que esto refleja y anuncia es un momento estelar para levantar la mirada e intentar construir el camino. Puede no lograrse, pero es la única ruta que lo hace posible. @carlosblancog

Carlos Blanco: La reconstrucción de liderazgo