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Carlos Blanco: Maduro solo quiere una cosa, una sola

Carlos Blanco: Maduro solo quiere una cosa, una sola

El propósito del régimen es uno solo: permanecer en el poder. Puede hacer concesiones para lograr ese propósito; pero concesiones que no pongan en riesgo ese objetivo central. La idea de que se les puede convencer con razonamientos diversos sobre la conveniencia de su salida de Miraflores significa no entender sus propósitos y su lógica. Aunque sean ladrones, no hay dinero que compre a sus jefes y testaferros por dos razones: tienen más plata de la que nadie puede ofrecerles; y, segundo, porque en sus propósitos la plata es un medio y no un fin. No; no es Al Capone o Pablo Escobar en el poder, es Stalin o Fidel que usan convenientemente a sus Al Capone o Escobar.

Es un régimen que combina la política y el crimen en las proporciones adecuadas para presentar un rostro político en el exterior y ante el cuerpo diplomático, incluido el nuncio de Su Santidad, mientras le caen a garrotazos a sus enemigos, los aprisionan, torturan, persiguen, exilian o matan, según las necesidades. El asunto es que el régimen cambió de naturaleza frente a nuestros propios ojos y ha habido cierta lentitud en entenderlo. Chávez instauró una tiranía bajo la dirección cubana, bajo su comando y el de su heredero evolucionó hacia una corporación que integra a los dirigentes cubanos, rusos, chinos, la Segunda Marquetalia, el ELN, la representación de Hamás, de otros narcos, traficantes del Arco Minero y colectivos.

Esa amplia coalición, a la cual concurren como parientes cercanos Daniel Ortega, Evo Morales y otros de similar talante, ha logrado algo que muchos ni en sus más enfebrecidos momentos llegaron a soñar: un territorio amplísimo, dotado de inmensa cantidad de recursos naturales, ubicado en una zona estratégica con proyección hacia el Caribe, el Atlántico y Suramérica, que se podría abrir al Pacífico si conquistan Colombia. Es un territorio custodiado por las unidades militares, policiales y paramilitares que Maduro, Padrino López y su Alto Mando controlan.

Han entendido estos asaltantes que para dominar el territorio sine die necesitan expandirse; no solo necesitan más recursos sino que precisan proyectar un poder que tenga vocación de ilimitado e invencible. Por eso, cada victoria de la izquierda, aunque no sea la suya, la fagocitan como si fuera propia. Su relato es el de un poder que se expande como requerimiento de la historia y con el territorio que controlan actúan como si fuese eterno; esa es su actitud, la de una vocación de poder irresistible. A Hitler su Reich de los mil años le subsistió doce; pero su relato, mientras no se machucó, proyectaba lo duradero e inexorable; así obtuvo todas las concesiones de las democracias occidentales que se tragaron esos sapos, con ligeros atragantes, hasta que Churchill, De Gaulle y luego Roosevelt, truncaron la continuidad de ese menú asqueroso.

Del mismo modo actúa el régimen de Maduro. Su gran activo es el territorio controlado por la confederación de perversos. Desde esta perspectiva es que hay que analizar lo que el régimen está dispuesto a conceder. Las dictaduras tradicionales tenían el límite de sus apoyos internos, especialmente de los militares, y de hasta dónde estaba Estados Unidos dispuesto a apoyarlas. A un régimen como el de Maduro ya no le importa ningún apoyo interno, ha descontado esa falta de soporte doméstico y solo se mantiene rodando en sus rines, constituidos por los gobiernos y las mafias internacionales conocidos. No es que las sanciones no le importan; le importan y mucho, pero no lo suficiente como para entregar Miraflores; no es que los recursos confiscados no le importen, pero no lo suficiente como para irse al exilio.

Por supuesto que las presiones sobre el régimen pueden arrancar concesiones –hacer la jaula más grande–, pero no está dispuesto a considerar siquiera la posibilidad de irse como resultado de amables conversaciones, aunque tenga como telón de fondo esas sanciones y medidas. Es más, Maduro ha estado en el proceso de construir su propia oposición a lo largo de los años y, progresivamente, lo ha logrado. No es solamente, como se suele decir, gente comprada –que también hay–, sino que incluye a dirigentes que estiman que el régimen llegó para quedarse y que no hay más remedio que convivir con él.

Por esta razón es que es inconducente la oferta de comer sapos que ha hecho el alto funcionario de Estados Unidos, Juan González, a la oposición, porque no solo se han comido bastantes, sino porque el sapo que no se va a comer Maduro sin que lo fuercen es el de admitir su reemplazo por la vía electoral; a menos que la propuesta sea la de convivir con el régimen hasta que el cuerpo aguante.

La idea de que allí está Maduro y no hay nada que hacer, es el pensamiento de la derrota. Por supuesto, la lucha por la libertad siempre se plantea porque hay alguien en el poder que la cercena. Eso es lo que hay siempre que alguien lucha por la libertad, porque si la hubiese otros serían los objetivos. Y porque Maduro está allí es por lo que hay que plantearse no lo que él admite sino, precisamente, lo que no admite, lo que no es posible dentro del cuadro del “realismo” político, lo desafiante: la libertad. @carlosblancog

Carlos Blanco: Nicolás Maduro solo quiere una cosa

(Foto: Pixabay)