La doble vida de Gabriela Montero

Sólo algunos detalles revelan que detrás de la cotidianidad de esta ama de casa que ordena las compras del mercado y cuelga en las paredes de su hogar marcos con los dibujos de sus dos niñas, se esconde otro tipo de existencia. El calendario con nombres de ciudades en algunas de sus casillas, el celular que suena con acelerada frecuencia y el piano de cola que reside en un cuarto de techos traslúcidos son señales de que la mujer que habita una casa de madera en un tranquilo suburbio de 30.355 habitantes en Massachussets, Estados Unidos, es Gabriela Montero.

La pianista caraqueña de 38 años, que es reconocida mundialmente por su talento al improvisar (algo poco usual en el escenario de la música clásica), tocó junto al chelista Yo-Yo Ma, el violinista Itzhak Perlman y el clarinetista Anthony McGill en la toma de posesión del presidente Barack Obama el pasado 20 de enero. Su carrera incluye entre sus más recientes éxitos dos nominaciones a los últimos premios Grammy ­por Baroque, el último de los cuatro álbumes que ha grabado con la disquera Emi­; el premio Echo Preis otorgado por la Academia Fonográfica de Alemania en 2007; conciertos en las salas más importantes del planeta como el Avery Fisher Hall de Lincoln Center en Nueva York y el Royal Albert Hall en Londres, y hasta una aparición en el programa 60 minutes, de la cadena de televisión CBS.

Montero vive desde hace aproximadamente dos años junto a su madre Gilda Osorio y sus dos hijas Isabella (6) y Natalia (12) en Lexington, a media hora de Boston en el estado de Massachussets, en una casa de fachada color pastel. Llegó allí en busca de tranquilidad y buenos colegios para las niñas, y en cuanto vio el cuarto en donde ahora aguarda el piano, un estudio amplio y bien iluminado, decidió comprarla.

"Me dije que tenía que establecerme en un lugar. He vivido en ocho países y me he mudado 34 veces".

Cuando está de gira, su madre se hace cargo de las niñas, pero si está en su casa, Montero es mamá a tiempo completo. "Apenas me monto en un avión, todo cambia, pero cuando estoy aquí me gusta llevar una vida normal". Prepara comida, organiza meriendas, espera a sus hijas en la parada de autobús, las lleva a la terapia que hace poco comenzaron para ayudarlas a entender mejor su carrera de concertista y lidiar con las ausencias constantes, y las acuesta por las noches.

Su calendario copado hasta 2011 y guindado en una pared de la cocina es muestra de esta dualidad: los puntos fucsias son conciertos y compromisos profesionales y los verdes representan reuniones escolares y demás obligaciones de madre. "He tenido que hacer muchos sacrificios, entre ellos separarme de las niñas cada vez que tengo gira. Mi vida es bien complicada. Nunca termino de estar por completo en ningún lado, si estoy de viaje pienso en ellas y si estoy aquí, debo hacer llamadas y practicar".

La decoración de su hogar llama la atención por la acertada mezcla de estilos y lo vivaz de sus colores: en el salón de la televisión hay una alfombra rosa fluorescente de hebras gruesas y largas de esas que parecen que estuvieran despeinadas, y en un mismo espacio hay hasta tres paredes de tonalidades diferentes.

"Me gusta la decoración y tener mi casa arreglada. Hay una broma que dice que yo me mudo, acomodo un espacio y luego, cuando está listo, me vuelvo a ir".

Mientras habla, junta sus manos pequeñas y gruesas cada cierto tiempo, cuelga los dibujos de Natalia e Isabella en la pared, atiende el teléfono, se prepara un té y le da de comer a los dos perros de su mamá. "Las llamadas de trabajo las hago cuando estoy en el carro o esperando. Siempre ando en mil cosas a la vez". Este ritmo, sin embargo, no parece alterar el temperamento más bien tranquilo que conocen quienes la rodean. "Es muy relajada. Ella maneja muy bien este tren en el que está", dice Vanessa Pérez, pianista venezolana y amiga de Montero desde hace 24 años.

En los conciertos, luego de que termina el repertorio previsto, Montero le pide a la orquesta que le den temas para improvisar. Las peticiones pueden ir desde el tema de La Guerra de Las Ga- laxias hasta "Cumpleaños feliz" o cualquier otra ocurrencia. "Al principio, el público no entendía lo que estaba haciendo hasta que alguien me sugirió que le pidiese temas y eso empecé a hacer". Este talento es precisamente el que la diferencia de otros pianistas. "Es el principio de la composición y no suele hacerse en el mundo de la música clásica. Pero es algo que hacían los grandes compositores", explica Montero. Vanessa Pérez es testigo de la capacidad creativa de su amiga. "Tiene música en la mente todo el tiempo. Eso no es común. Yo hablo con ella y me dice `anoche tenía esta melodía en la cabeza’. La pianista compara este aspecto con un radio prendido las 24 horas del día. "A veces es tan fuerte que no me deja dormir".

Un demonio llamado talento. Su abuela materna insistió en que le pusieran un pianito de juguete en su corral cuando apenas tenía siete meses. Así hicieron, y al año de vida, su madre empezó a grabarla porque se dio cuenta de que Gabriela estaba empezando a sacar por oído el himno nacional que ella le cantaba todas las noches. "Nos dimos cuenta de que tenía un talento especial", explica su mamá, Gilda Osorio. En su tercer cumpleaños la abuela le regaló un piano vertical con el que dio su primer concierto, frente a amigos y familiares, en el que interpretó además del himno, baladas infantiles.

A los cuatro años comenzó su educación formal con Lyl Tiempo, profesora infantil y con ella estuvo hasta los ocho, edad en la que dio su primer concierto con la Orquesta Juvenil Simón Bolívar. Cuando su profesora se marchó de Venezuela, la familia se mudó a Miami, en busca de una nueva profesora para Montero. "Nosotros girábamos alrededor de las actividades de Gabriela", dice Osorio.

La experiencia resultó traumática pues su talento para improvisar fue despreciado: a los 18 años volvió a Caracas y abandonó el piano por más de un año. "Yo lo he dejado varias veces. Siempre estuvo claro que la música es una extensión de mis ser, pero a veces no me gustaba que estuviese tan sobreentendido", explica Montero. Su madre coincide: "Gabriela se rebelaba ante el hecho de no tener más opciones en su vida. Su talento era tan abrumador que sentía que no le quedaba otro camino para desarrollarse". Al retomar el instrumento, decidió mandar una cinta con su música a la Royal Academy of Arts. Fue aceptada, y empezó a estudiar allí con una beca.

Vivía en Canadá y estaba a punto de dejar de nuevo el piano para estudiar psicología cuando audicionó para la pianista argentina Martha Argerich. "Había ido para pedirle consejo con respecto a mi vida pues ella también es madre y artista, pero en su lugar me dijo que quería verme tocar. Cuando me oyó improvisar, se sorprendió y empezó a recomendarme a sus conocidos".

El momento en que Montero volcó su existencia hacia el piano fue, no obstante, hace seis años, luego de un rompimiento sentimental. "Vivía en Ámsterdam, tenía el corazón roto y decidí que debía volver a Venezuela con mis dos niñas para sanarme". Vanessa Pérez da fe de la voluntad de su amiga. "Ella es muy fuerte, es como el ave Fénix que renace de las cenizas".

Después de pasar tres años en Caracas decidió mudarse a Nueva York y posteriormente a la casa de Lexington, pues cumplir con sus giras se hace más sencillo desde Estados Unidos. Luego de dos matrimonios fallidos explica que el motivo de su soltería no es el ritmo de vida.

"No he conocido a la persona ideal. Yo deseo enamorarme y encontrar al compañero para el resto de la vida".

Una llamada muy importante. Gilda Osorio, madre de Montero, intentaba estacionar su auto una tarde de diciembre cuando recibió una llamada de su hija que la dejó perpleja. "Me dijo: `Es 99% seguro que voy a tocar en la juramentación de Barack Obama.

Ahí me repetí que los sacrificios habían valido la pena. Que ella haya tocado en la toma de posesión más histórica del mundo es lo más importante que ha hecho". La concertista tenía planeado irse a Nueva Zelanda de vacaciones y desconectarse de todo. Lo primero lo pudo hacer, lo segundo no. "Cuando me enteré, supe que no podía irme sin un piano pues no sabía cuándo me iban a mandar las partituras así que me fui a una tienda y me compré un teclado de 88 teclas".

No sintió miedo pero sí una gran emoción. "No hay nada que me intimide al punto de paralizarme. Me sentí sumamente honrada". Cuatro días antes le enviaron la partitura, una pieza de John Williams, el compositor de la banda sonora de la saga La Guerra de las Galaxias. El lunes antes, en el ensayo general, ella, al igual que los otros músicos y el comité productor de la inauguración, tomó una decisión que luego fue criticada: grabar una pista. "A menos de cuatro grados, que era la temperatura que estaba haciendo ese día, los instrumentos se congelan y no íbamos a correr el riesgo de estar tocando y que alguno no funcionara", explica Montero.

La idea de abandonar el piano todavía pasa por su cabeza en los momentos difíciles, pero ella sabe que retirarse no es una opción. "Primero soy la proveedora de mis hijas y ésta es mi forma de ingreso. Y después, no he llegado a ese momento de evolución artística. Ahora que mi carrera está establecida, llegó la parte más sabrosa que es cuando puedo empezar a experimentar con la composición". De hecho, aunque la primera pieza compuesta por Gabriela Montero no está escrita, ya tiene fecha: marzo de 2010. La pieza que creará para la Kremerata Baltica es el proyecto que por estos días la tiene más emocionada y que coincide con una etapa importante en su vida personal: la adolescencia de su hija Natalia. Allí deberá también hacer malabares para combinar sus dos existencias: la de madre y pianista.