
De la forma como termine de resolverse la invasión a Ucrania y alcanzarse la paz, dependerá la manera como se resuelvan agresiones similares en el futuro cercano.
Ucrania fue atacada por Vladímir Putin, quien para justificar el asalto elaboró primero una leyenda negra: los sectores prorrusos que viven en la zona del Dombás, al este de Ucrania, estaban siendo atacados y diezmados por los agentes el Gobierno nazi. Por lo tanto, la
responsabilidad del Kremlin consistía en defender esos compatriotas acorralados y desprotegidos. En esta fase, Putin nunca habló de sus verdaderas intenciones: expandir las zonas de influencia y las fronteras rusas para que se parecieran a las existentes durante la era soviética; convertir Ucrania en una nación satélite, como algunas de las exrepúblicas de la URSS; y desconocer la voluntad soberana de la mayoría de los ucranianos, especialmente los jóvenes, quienes en su inmensa mayoría decidieron, en unas elecciones populares,
acercarse a Europa, donde vislumbraban un futuro más promisorio que el ofrecido por Rusia.
El autócrata del Kremlin –que ha aplastado toda forma de oposición y expresión pública de protesta o denuncia interna de la incursión en ucrania- copió la fórmula utilizada por Hitler cuando justificó la invasión de Checoslovaquia, antecedente de la Segunda Guerra Mundial, por el supuesto sufrimiento que padecía la minoría alemana que habitaba la región de los Sudetes.
Luego de la invasión, Putin encontró una férrea resistencia tanto en Ucrania como en Europa y Estados Unidos, bajo la presidencia de Joe Biden. La alianza transatlántica, expresada en la OTAN, funcionó para evitar que el dictador impusiera su ley.
Ahora esa unidad se ha visto fracturada. El nuevo Gobierno de Donald Trump se ha convertido en aliado de Putin. El documento presentado en la Asamblea General de la ONU, al cumplirse el tercer aniversario de la agresión rusa, en el que se le exigía a Rusia abandonar
el territorio ucraniano y se hablaba de invasión, no fue suscrito por el presidente norteamericano. Trump se alineó con Rusia, China, Nicaragua y Corea del Norte, que tampoco lo firmaron. Me imagino que Trump piensa que los 250.000 soldados rusos desplegados inicialmente en suelo ucraniano lo hicieron como una visita de cortesía al país vecino.
El precedente que están creando Putin y Trump podría ser el modelo para justificar y aprobar futuros ataques a otros países. Estoy pensando en Panamá y Canadá. Pareciera que la obsesión con esas naciones se ha atemperado. Pero, como el personaje resulta impredecible, no puede descartarse que en el futuro cercano decida "recuperar" la Zona del Canal por razones de seguridad; o anexarse Canadá, para extender un poco más el territorio por la frontera norte. La capacidad militar panameña y canadiense resultan insignificantes frente al enorme poderío norteamericano. Por descabellados que parezcan esos proyectos, con Trump cualquier plan extravagante es posible.
Para cualquier atropello que se le ocurra al magnate norteamericano, la mesa está servida. Su alianza con Putin podría permitirle actuar con plena impunidad. Bastaría lograr la neutralidad de la pragmática China y la inhibición, por su ostensible debilidad y fragmentación interna, de Europa, para que los designios de Trump se cumplan.
Al pacto de no agresión entre Trump y Putin hay que agregar las condiciones que el mandatario estadounidense está imponiéndole a Ucrania. Con Biden, la ayuda norteamericana a ese país estaba asentada en los principios que rigen a la OTAN, pues, aunque Ucrania no forma parte de esa organización, su cercanía a Europa presagiaba que la
embestida pronto podría extenderse a los países orientales más cerca de Rusia, como Polonia o Rumania. Por esa razón, convenía actuar de forma conjunta y contundente para transmitirle a Putin una inequívoca señal de fortaleza y unidad. Se trataba de defender los valores ligados al respeto a la integridad territorial, a la soberanía de los pueblos y, en un
plano más general, a los valores democráticos de Occidente.
Ahora, resulta que para Trump el apoyo norteamericano a Ucrania se trató de un préstamo con intereses de agiotista. Su propuesta para favorecer un acuerdo de paz en el que participe Estados Unidos, hasta donde se sabe, consiste en que la destruida Ucrania le devuelva –con 50% de lo que produzca la explotación de las tierras negras- hasta el último centavo de lo gastado en esa guerra injustificada e infame desatada por Vladímir Putin, el nuevo mejor amigo de Trump. Nada de pedir que Rusia indemnice a Ucrania y contribuya con su reconstrucción. Terminó por imponerse la visión del empresario. El mismo que quiere convertir la Franja de Gaza en la Riviera del Medio Oriente, ignorando el sufrimiento del pueblo palestino.
En el reordenamiento de la geopolítica mundial que está produciéndose con el ascenso de Trump y la permanencia eterna de Putin, pareciera que los países débiles están quedando a merced de las grandes potencias dirigidas por autócratas y megalómanos a los que no les interesa la convivencia pacífica ni la tolerancia democrática, sino el uso de la amenaza para intimidar y de la fuerza para someter. Vamos a ver qué hace Europa, aún bastión de Occidente.
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