El futuro del sexo virtual, tan cerca y tan lejos

Los robots sexuales actualmente disponibles en el mercado pueden reaccionar apropiadamente a los movimientos y la voz del usuario. Uno de estos ejemplares, RoxxxyGold, una modelo de silicona y metal de 1,74 metros de altura y medidas 96-76-94, está a la venta en Estados Unidos por US$6.995. Tiene sensores en su piel, puede responder a la voz humana y hasta mantener una conversación elemental con una persona, pero no puede mover sus miembros o su cara. Quienes tengan un presupuesto ajustado y no estén buscando romance pueden conseguir por US$995 una versión escabrosa de Roxxxy, sin brazos ni piernas y que sólo puede escuchar o hablar explícitamente sobre el acto sexual. También hay una versión masculina, Rocky, que está en oferta por US$1.495, que puede conseguirse con la piel rasurada o con barba de tres días.

Estos robots sexuales son tan rudimentarios que, esencialmente, son inservibles. Pero como afirman los entusiastas de estos aparatos, los teléfonos celulares del tamaño de una caja de zapatos de los años 70 también eran poco menos que inservibles, pero fueron los prototipos de los ubicuos teléfonos inteligentes de hoy día. A la larga, los robots sexuales tendrán expresiones razonablemente humanas y podrán reproducir movimientos, sonidos y hasta olores humanos. El futurólogo Stowe Boyd ha dicho que para 2025 “los amantes robóticos serán (…) un lugar común, aunque también la fuente de desdén y debates”.

Yo soy escéptico. Me parece improbable que dentro de diez años los robots sexuales despierten mucho interés en personas de ambos sexos. La razón es que muy complejo simular la interacción humana que se produce en una experiencia multisensorial como es el sexo. Nuestros cerebros han evolucionado hasta ser muy buenos para reconocer pequeñas claves sociales, como la dirección de una mirada, la intención de un breve contacto físico o los matices de una voz. La actividad sexual es un dominio interpersonal, en el que el cerebro no puede ser engañado fácilmente.

Aunque los desafíos de programación son grandes, no son imposibles de resolver. El sexo sin sentimientos puede resultar poco atractivo y aún repugnante a mucha gente, pero en el algún momento del futuro los robots sexuales serán un producto viable. El problema central es si ese desarrollo no será superado por una tecnología completamente distinta: la realidad virtual neuronal.

Más que activar los sentidos corporales del usuario como lo haría un robot, la realidad virtual neuronal simula la experiencia sexual activando artificialmente las células nerviosas. Hasta hace poco, la manera más común de hacer esto era metiendo un electrodo con la forma de una fina aguja de metal en el tejido y pasando corriente eléctrica a través de él para activar las neuronas. Así, por ejemplo, insertando un electrodo en el nervio correspondiente, uno puede sentir una vibración en la palma de la mano.

Recientemente, los científicos han desarrollado un nuevo y más efectivo método para activar neuronas. En primer lugar crearon un virus que solo infecta ciertos tipos de células nerviosas, como las que responden al estímulo de las caricias. Cuando el virus infecta la célula, le ordena que produzca una proteína que manda una señal eléctrica que se activa solo cuando es iluminada por una luz azul. Luego, si alguien emite un haz de luz azul sobre la piel de la persona con la célula infectada, la persona sentirá una caricia. Esa caricia puede ser modificada al pasar la luz por otras partes del cuerpo. El robot sexual del futuro puede muy bien ser un traje ajustado que trasmita haces de LED hacia la piel de la persona enfundada en el traje, conectado vía Bluetooth a una aplicación de su teléfono celular. La utilización sexual de esta técnica, denominada optogenética, podría estar a sólo unas décadas de distancia.

El Santo Grial de la realidad virtual neural —para sexo simulado o para cualquier otra experiencia— reside en controlar la actividad eléctrica de las neuronas mediante un dispositivo ubicado fuera del cráneo. Aún si actualmente contáramos con esta tecnología, no podríamos generar sensaciones muy definidas. Nadie sabe todavía cuál es el grupo de neuronas que haría falta estimular para hacer ver a alguien la cara de otro ser humano que le sonría y le guiñe un ojo, o que lo abrace con calidez.

Cuando este dispositivo de realidad virtual neuronal esté a disposición del público, será la experiencia suprema de retroalimentación. Gracias a la lectura detallada de la actividad cerebral, dicho dispositivo podrá conocer la intención del sujeto de dar un beso antes de que éste sea consciente de ese deseo. Más importante aún: la realidad virtual neuronal no consistirá meramente en evocar sensaciones. Mediante la activación de los circuitos motivacionales y emocionales del cerebro, esta tecnología permitirá sentirse relajado, temeroso, confiado, ansioso, excitado, hambriento o con sueño mientras uno tiene relaciones sexuales con su estrella de cine favorita.

La realidad virtual neuronal plantea profundos problemas éticos, más profundos aún que los planteados por los robots sexuales. Nos lleva a un territorio conocido hasta ahora solo a través de films como The Matrix, y abre la puerta a posibilidades que están más allá de las sensaciones en sentido convencional.

Pero, por ahora, es solo una fantasía especulativa, y el mejor aparato para la intimidad física sigue siendo el mismo que ha sido durante miles de años: el toque humano.

Fuente: WSJ

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